lunes, 28 de noviembre de 2016

Augusto, o cómo convertirse en "Padre de la Patria"

El oficio de dictador es un trabajo extremo: te ofrece las máximas recompensas si ganas, pero es un trabajo que no admite errores, un sólo error y estás acabado. Triunfa y reescribirás la historia, o dicho de otro modo, la historia te absolverá de todos tus pecados, tu versión será la única que lea la posteridad y tus estatuas te sobrevivirán, tu muerte será llorada por miles, cientos de miles y, tras unas honras fúnebres soleminísimas, descansarás en un grandioso monumento. Fracasa y acabarás tus días en el cadalso, la cabeza separada de los hombros (eso si tus adversarios no han diseñado para ti una muerte más cruel e imaginativa), la historia hablará de ti como "el traidor", "el tirano" o epítetos similares, en tanto que tus imágenes serán cuidadosamente borradas o derribadas.

Todo joven aspirante a dictador debe aprender en primer lugar a sobrevivir, luego a obtener el poder y, sobre todo, a conservarlo, que no es poco. Pero además debe, si quiere triunfar de verdad, crearse un aura de respetabilidad, de legitimidad, debe tener un discurso, un relato, que dicen hoy en día. Esto segundo es todavía más difícil si cabe que lo anterior.

El emperador Augusto, a mi parecer el más taimado y sibilino de todos los dictadores habidos y por haber, no es que haya sido el primero (los faraones, me temo, se le adelantaron), pero sí ha sido y es el paradigma perfecto para aprender a ser un dictador de éxito. No sé qué consejos le daría el Augusto real a un aspirante a dictador, seguramente, como buen artista, sería refractario a compartir los secretos de su arte, pero si hubiera una "Academia Augusto para dictadores noveles" seguramente enseñarían en ella estos diez consejos sobre cómo conquistar el poder, y no morir en el intento.

De paso les invito a una adivinanza: cuando escribía este artículo pensaba en estos 10 consejos como diez paralelismos que asemejaban a Augusto con otro personaje histórico español, estoy seguro de que lo adivinarán enseguida. Del cambio de tercio en el enfoque tiene la culpa la muerte de Fidel Castro, otro "Padre de la Patria" que debió leer en sus años jóvenes (e inspirarse en ella), la vida de Augusto que escribió el bibliotecario Suetonio.

N.B. Siempre que no se diga otra cosa, las citas que aparecen en los textos en números romanos pertenecen a la "Vida de Augusto" de Suetonio.




 Denario de plata. "Imperator Caesar Divi F. Augustus". Acuñado en Lugdunum. Año 11 A. de C.


I. En una guerra civil no puedes mostrar misericordia si quieres ganar. 

Tuvo que sostener cinco guerras civiles, las de Módena, Filipos, Perusa, Sicília y Aecio; la primera y la última contra Marco Antonio; la segunda contra Bruto y Casio; la tercera contra Antonio, hermano del triunviro; la cuarta contra Sexto Pompeyo, hijo de Cneo. La causa y principio de todas estas guerras fue la obligación que se impuso de vengar la muerte de su tío y sostener la validez de sus actos. IX

Durante diez años fue miembro del triunvirato establecido para organizar la República, y resistió por algún tiempo a sus colegas, no queriendo que hubiese proscripciones; pero después desplegó más crueldad que ninguno de ellos. Éstos, al menos, se dejaron ablandar algunas veces por las súplicas de la amistad; solamente él desplegó toda su autoridad para que no se perdonase a nadie. XXVII 




 Estatua de Augusto como Júpiter. Hallada en Herculano, Augusteum. Museo Arqueológico de Nápoles


II. Sobrevive a todos tus competidores para ser el líder supremo.

Después de la huida de Pompeyo. M. Lépido, el segundo de sus colegas, a quien había llamado del África en su socorro, orgulloso con el apoyo de sus veinte legiones, reclamaba por temor y amenaza, tomando aires soberbios, la primera jerarquía en el Estado. Octavio le quitó el ejército, y perdonándole la vida, que pedía de rodillas, le relegó por vida a la isla Circeya. XVI

Al fin rompió su alianza con M. Antonio, alianza siempre incierta y dudosa, mal conservada con frecuentes reconciliaciones; y para demostrar cuánto se separaba su rival de las costumbres de su patria hizo abrir y leer, delante del pueblo reunido el testamento que había dejado en Roma, en el que colocaba en el número de los herederos a los hijos que había tenido de Cleopatra. Sin embargo, después de hacerle declarar enemigo de la República, le mandó todos sus parientes y amigos,  […] Poco después lo venció en una batalla naval cerca de Actium; […] Antonio quiso hablar de paz, pero ya no era tiempo: Octavio le obligó a morir, y fue a ver su cadáver. XVII



 Cabeza Forbes, retrato de Augusto. Museum of Fine Arts, Boston.


III. Serás llamado "el pacificador". 

Después de haber halagado a los soldados con donativos, al pueblo con la abundancia y a todos con la dulzura de la paz, comenzó a levantarse poco a poco, llevando a sí lo que solía estar a cargo del Senado, de los magistrados y de las leyes, sin que nadie le contradijese. Habiendo faltado a causa de las guerras y proscripciones los más valerosos ciudadanos, y los otros nobles cayendo en que cuanto más prontos se mostraban a la servidumbre tanto más presto llegaban a las riquezas y a los honores; viéndose engrandecidos por este medio, quisieron más el Estado presente seguro que el pasado peligroso. Tácito, Annales I, 2



Augusto de Prima Porta. Hallado en 1863 en la Villa de Livia. Museos Vaticanos


IV. Cultiva tu carisma: La imagen del líder debe ser gloriosa, ubicua, inevitable.

Se le confirió el título de Padre de la patria por consentimiento unánime; en primer lugar por la plebe, que a este efecto le mandó una diputación a Aucio y que, a pesar de su negativa, se lo dio por segunda vez en Roma, saliendo a su encuentro, con ramos de laurel en la mano, un día en que iba al teatro; después, en el Senado, no por decreto o aclamación, sino por voz de Valerio Mesala, quien le dijo, en nombre de todos sus colegas: Te deseamos, César Augusto, todo lo que pueda contribuir a tu felicidad y a la de tu familia; esto es desear al mismo tiempo la eterna felicidad de la República y la prosperidad del Senado, que, de acuerdo con el pueblo romano, te saluda Padre de la patria. Augusto, con lágrimas en los ojos, contestó en estos términos que refiero textualmente como los de Mesala: Llegado al colmo de mis deseos, padres conscriptos, ¿qué podía pedir ya a los dioses inmortales, sino que prolonguen hasta el fin de mi Vida este acuerdo de vuestros sentimientos hacia mí? LVIII




 Retrato de Augusto. Walters Museum, Baltimore.


V. Haz callar a tus críticos gracias a la censura. 

Los injuriosos libelos repartidos contra él en el Senado no le inspiraron preocupación, pero tuvo gran cuidado de refutarlos; sin embargo, ni buscó a los autores, y se contentó con mandar para lo sucesivo que se persiguiera a los que publicasen bajo nombre supuesto libelos o versos difamatorios contra cualquiera. LIV

Augusto fue el primero que, con capa de esta ley (lex laesae maiestatis), comenzó a conocer por ella de los libelos infamatorios, enojado por la insolencia de Casio Severo, el cual, con sus deshonestos escritos, iba infamando muchos hombres y mujeres ilustres. Tácito. Annales I, 72



 Retrato de Augusto en mármol. Museo Etrusco Guarnacci, Volterra.


VI. Restaura el orden, en lo moral…

Revisó todas las leyes y restableció absolutamente algunas, como la suntuaria y las que existían contra el adulterio, contra la inmoralidad, contra la intriga y contra el celibato. En cuanto a ésta, que hizo más severa aún que las otras, la violencia de las reclamaciones le impidió mantenerla, obligándolo a suprimir o dulcificar una parte de las penas, a conceder un plazo de tres años y hasta a aumentar las recompensas. […] Observando más adelante que se eludían las disposiciones de la ley, eligiendo prometidas que en mucho tiempo no podían casarse, y cambiando frecuentemente de esposas, restringió la duración de los esponsales y reglamentó los divorcios. XXXIV



Cabeza de bronce de Meroe. Hallada en la antigua Meroe (Sudán) en 1910. British Museum, Londres.


VII. … y en lo social.

Como creía que era muy importante conservar al pueblo romano puro de toda mezcla de sangre extraña o servil, no concedió el derecho de ciudadanía sino con extraordinaria reserva, y restringió el número de las manumisiones. […] prohibió también que el esclavo que hubiese llevado cadenas o sufrido el tormento pudiera, de cualquier manera que fuese, obtener los derechos de ciudadano. Quiso también restablecer el antiguo traje propio de los romanos. Viendo un día en una asamblea del pueblo multitud de mantos obscuros, exclamó, indignado: Romanos, rerum dominos, gentemque togatam!”, y encargó a los ediles que velasen para que nadie se presentase en adelante en el Foro ni en sus alrededores con manto y sin la toga romana. XL

Inmensa confusión reinaba entre los espectadores, que se sentaban por todas partes indistintamente; Augusto corrigió este abuso; movido por la injuria que recibió en Puzol, en unos juegos muy concurridos, un senador, a quien nadie quiso dejar asiento encontrándose lleno el teatro. Mandó, pues, por decreto del Senado, que siempre que se diesen espectáculos públicos, la primera fila de asientos quedase reservada para los senadores. […] Separó al pueblo de los soldados, y señaló asientos especiales para los plebeyos casados; a los que aún vestían la pretexta señaló ciertas gradas, en las que tenían a su lado sus maestros, y prohibió la entrada a los que iban vestidos con manto. En cuanto a las mujeres, que antes estaban confundidas con los hombres, quiso que tuviesen asientos separados, y que no asistiesen a los combates de gladiadores sino solas y en las gradas más altas. Señaló sitio especial a las vestales en el teatro, junto a la tribuna del pretor. XIV



Busto Bevilacqua. Imagen oficial conmemorativa de la concesión por el senado en el 27 A. de C. del título de "Augusto". Procedente del Palazzo Bevilacqua en Verona, comprada por Ludwig I de Baviera en 1811. Glyptothek, Munich


VIII. Propaganda, propaganda, propaganda: Circenses e inauguraciones.

Sobrepujó a todos los que le habían precedido en el número, variedad y esplendor de los espectáculos. Según su propio testimonio, dio cuatro veces juegos en su nombre, y veintitrés por magistrados ausentes o que no podían sufragar el gasto. No era cosa rara que diese espectáculos en diferentes barrios a la vez, en varios teatros, y que hiciese representar a actores de todos los países. Sus juegos se celebraron no solamente en el Foro y en el anfiteatro, sino que también en el circo y en los recintos de las elecciones. Algunas veces se limitaba a combates de fieras. También combatieron atletas en el campo de Marte, que hacía rodear de gradas para este espectáculo; dio un combate naval cerca del Tíber. XLIII

Roma no tenía aspecto digno de la majestad del Imperio y estaba además sujeta a inundaciones e incendios, pero supo embellecerla de tal suerte, que con razón pudo alabarse de dejarla de mármol habiéndola recibido de ladrillos. XXVIII

Entre el gran número de monumentos públicos cuya construcción se le debe, se cuentan principalmente el Foro y el templo de Marte Vengador, el de Apolo en el Palatino y el de Júpiter Tonante en el Capitolio. Construyó un Foro, porque el creciente número de litigantes y de los negocios, haciendo insuficientes los dos primeros, exigían otro. Así, pues, sin esperar a que el templo de Marte estuviese concluido, se apresuró a mandar que se dedicase especialmente el Foro nuevo a los procesos públicos y a la elección de jueces. En cuanto al templo de Marte, había hecho voto de construirlo durante la guerra de Filipos, emprendida para vengar a su padre. XXIX



Estatua de Augusto "capite velato" como Pontifex Maximus. Museo Nazionale Romano (Palazzo Massimo alle Terme), Roma.


IX. La religión da un aire de respetabilidad. Por la Gracia de Dios.

El templo de Apolo se construyó en una parte de su casa, en el Palatino, derruida por el rayo, y donde habían declarado los arúspices que este dios pedía morada. XXIX

Reconstruyó los templos que el tiempo o el incendio habían destruido, y los adornó, como a los otros, con riquísimos presentes, llevando en una sola vez al santuario de Júpiter Capitolino dieciséis mil libras de oro y piedras preciosas y perlas por cincuenta millones de sestercios. XXX

Restableció también muchas ceremonias antiguas caídas en desuso, como el augurio de Salud, la dignidad de flamen dial, las ceremonias de las lupercales, los juegos seculares y compitales. XXXI



Estatua equestre de Augusto. Hallada en el Mar Egeo. 12-10 A. de C. Museo Arqueológico de Atenas.


X. 40 años es mucho tiempo, asegúrate de morir en tu lecho.

Entretanto que se hacen estos y semejantes discursos, se le agrava la enfermedad a Augusto, no sin sospechas de alguna maldad en su mujer; […] Sea como fuere, llegado apenas al Ilírico Tiberio, fue con diligencia llamado por cartas de su madre. No se sabe bien si halló todavía vivo a Augusto en la ciudad de Nola, o acabado ya de morir, porque Livia había hecho poner guardias alrededor de palacio y por los caminos, dejando tal vez correr algunas alegres nuevas, hasta que, acomodadas las cosas necesarias al tiempo, se publicó a un mismo punto que Augusto era muerto y que quedaba todo el poder en Tiberio Nerón. Tácito, Annales I, 5

El día de su muerte preguntó muchas veces si su estado producía algún tumulto en la ciudad; y habiendo pedido un espejo, se hizo arreglar el cabello para disimular el enflaquecimiento de su rostro. Cuando entraron sus amigos, les dijo: ¿Os parece que he representado bien la farsa de la vida? Y añadió en griego la conclusión tradicional: Si la pieza os ha gustado, aplaudidla y manifestad todos juntos vuestra alegría. En seguida mandó retirarse a todos; preguntó todavía acerca de la enfermedad de la hija de Druso a algunos que llegaban de Roma, y expiró repentinamente entre los brazos de Livia, diciéndole: Livia, vive y recuerda nuestra unión; adiós. Su muerte fue tranquila y como siempre la había deseado; C

Murió en la misma habitación que su padre Octavio, bajo el consulado de Sexto Pompeyo y de Sexto Apu1eyo, el día 14 antes de las calendas de setiembre, en la novena hora del día, a los setenta y seis años menos treinta y cinco días. […] Sobre sus restos se pronunciaron dos elogios fúnebres; uno por Tiberio, delante del templo de Julio César, y otro por Druso, hijo de Tiberio, cerca de la antigua tribuna de las arengas; los senadores le llevaron en hombros hasta el campo de Marte, donde le colocaron sobre la pira. Hay todavía un antiguo pretor que jura haber visto elevarse de entre las llamas hasta el cielo la imagen de Augusto. Los más distinguidos del orden ecuestre, descalzos y vistiendo túnicas sin ceñir, recogieron sus cenizas y las depositaron en el mausoleo que Augusto hizo construir durante su sexto consulado entre el Tíber y la vía Flaminia. CI



Cabeza erosionada de Augusto. Museo de Delos



Al final ¿qué queda? Sólo un reflexión a modo de despedida: del mismo modo que el surfista aprende el equilibrio necesario para mantenerse sobre la superficie del agua, y a utilizar el impulso de la ola en su favor, el dictador debe aprender a obtener, conservar y utilizar el favor de la gente para tomar impulso. Es la gente, como la ola al surfista, la que promueve, soporta e impulsa a todos los dictadores.






viernes, 18 de noviembre de 2016

Pater Aeneas

Estoy en estos días explicando a mis alumnos el surgimiento de la épica romana, y, cómo no, si se habla de épica romana hay que hablar de la Eneida. Ni qué decir tiene que a mis alumnos las aventuras o desventuras del padre Eneas no les dan ni frío ni calor, les parece un tema polvoriento y vetusto que nada tiene que ver con sus vidas, la guerra por suerte no forma parte de su experiencia cotidiana, ninguno de ellos ha tenido que salir huyendo con lo puesto de su casa, gracias a Dios. 

Y sin embargo no estamos, como pensamos, ni tan lejos ni tan libres de esas realidades, la guerra es la vida cotidiana aquí enfrente, en nuestro querido Mediterráneo, nuestros hermanos sirios o iraquíes huyen de sus hogares a miles para que sus hijos no sean aplastados por los bombardeos, para que no maten de hambre a sus ancianos, para que no violen a sus mujeres o les obliguen, a ellos o a sus hijos a luchar en una guerra importada en la que nada tienen que ganar si no es una bala en la cabeza. 

Viendo estos días fotografías de estos desdichados refugiados, un poco distraídamente, debo confesar, como nos pasa a todos, que nos acostumbramos hasta cierto punto al horror servido a diario por los medios, de repente tuve un sobresalto: entre unas fotos de refugiados sirios que huyen hacia la frontera turca, lo ví a él, a Eneas, sí, y desde la fotografía me miraba con esa mirada de abatimiento y desesperación que debió tener aquella noche fatídica, la noche en que cayó Troya. Allí estaba ante mis ojos Eneas con su padre Anquises sobre los hombros, penosamente huyendo sin saber qué sería de ambos, pero cumpliendo con su piadoso deber. 



Fotografía tomada en la frontera turca con Siria. 20-Septiembre-2014. Bulent Kilic, AFP, Getty Images



Todas las guerras tienen su Aquiles feroz que mata y mata y encuentra su gloria en la carnicería, todas tienen un artero Ulises que hace lo preciso para salir vivo porque lo que quiere es volver a su casa, todas tienen su Agamenón, que manda a otros a morir mientras con los dedos grasientos hace cómputo de las ganancias, y todas, todas tienen también un padre Eneas, un hombre que, en medio de la muerte y el horror, intenta cuidar de los suyos, cuya gloria no es matar enemigos, su lucha es preservar a los que están bajo su cuidado, debe renunciar a todo, incluso al valor, y huir para que los suyos no mueran, y se echa a su padre, a sus hijos a hombros y sale con ellos al polvo de los caminos del mundo. 

Piadoso Eneas, más sufriente que nunca, ojalá llegues a puerto con toda tu carga a salvo, ojalá tú, o tus hijos, podáis hallar refugio en una nueva tierra prometida, ojalá al otro lado del mar personas también piadosas os acojan, la vida sigue y hay que luchar por ella. ¡Buena suerte, que tus dioses te amparen!




Grupo de Eneas con Anquises y Ascanio, terracota, S. I D. C. Museo Archeologico Nazionale di Napoli



           “Vamos entonces, padre querido, súbete a mis hombros,
           que yo te llevaré sobre mi espalda y no me pesará esta carga;
           pase lo que pase, uno y común será el peligro,
           para ambos una será la salvación. Venga conmigo
           el pequeño Julo y siga detrás nuestros pasos mi esposa.
           Y vosotros, mis siervos, prestad atención a cuanto diga.
           A la salida de la ciudad hay un túmulo y un viejísimo templo
           abandonado de Ceres y a su lado un antiguo ciprés
           que la piedad de nuestros padres guardó muchos años.
           Cada uno por su lado llegaremos todos a ese mismo lugar.
           Tú toma, padre, los objetos de culto y los patrios Penates;
           yo no puedo tocarlos saliendo de guerra tan grande
           y de la reciente matanza, hasta que me purifique
           el agua viva de un río.”
           Dicho esto, me pongo una tela sobre mis anchos hombros
           y el cuello agachado y encima la piel de un rubio león,
           y tomo mi carga; de mi diestra se coge
           el pequeño Julo y sigue a su padre con pasos no iguales;
           detrás viene mi esposa. Avanzamos por ocultos caminos
           y hasta el aire me asusta ahora a mí, a quien todos los griegos
           juntos enfrente ni todas sus flechas podían dar miedo,
           cualquier ruido me alerta de igual modo
           temiendo a la vez por mi compañero y por mi carga.
           Y ya estaba cerca de la puerta y parecía todo el camino
           haber salvado cuando de repente el sonido repetido
           de unos pasos llega hasta mis oídos, y mi padre mirando
           entre las sombras: “Hijo —exclama—, huye, hijo mío, se acercan.
           Puedo ver sus escudos ardientes y sus brillantes bronces.”
           En ese momento no sé qué numen nada favorable
           se apoderó de mi confundida y asustada razón. Pues mientras sigo
           corriendo caminos apartados tras salir de las calles conocidas,
           pobre de mí, Creúsa mi esposa quedó atrás, no sé si por el hado
 si se equivocó de camino o si cansada se sentó.
           Nunca después volvieron a verla mis ojos.

       
        Virgilio, Eneida II, 707-737. Traducción de Rafael Fontán Barreiro 







           Así por fin, consumida la noche, vuelvo con mis compañeros.
           »Y encuentro allí asombrado que una gran muchedumbre
           de nuevos amigos había acudido, mujeres y hombres,
           la juventud reunida para la marcha, una gente digna de lástima.
           De todas partes acudieron preparados de ánimo y recursos
           para partir hacia la tierra que yo eligiera allende el mar.
           Surgía ya Lucifer en lo alto de las cumbres del Ida
           y nos traía el día, y los dánaos tenían ocupados
           los umbrales de las puertas y no quedaba ya esperanza de ayuda.
           Me puse en marcha y los montes busqué con mi padre a la espalda.

                        Virgilio, Eneida II, 795-804.Traducción de Rafael Fontán Barreiro