martes, 14 de agosto de 2012

Avigdor Arikha

Avigdor Arikha (Rădăuţi, Rumanía 1929, París, Francia 2010)

 


Nace este pintor en el seno de una familia judía germanoparlante en la bukovina rumana (hoy Ucrania). La conquista por los nazis de Ucrania le privará de su padre, muerto de una paliza. El resto de la familia será deportada a un campo de concentración, donde permanecerá desde 1941 hasta 1944, cuando unos delegados de la cruz roja, impresionados por sus dibujos, consiguen que él y su familia sean liberados y conducidos a Israel, entonces bajo el dominio británico.
Allí vivirá en un kibutz cercano a Jerusalén. Participa en la guerra de independencia de 1948 donde es gravemente herido y está a las puertas de la muerte por segunda vez. Una vez recuperado, reanuda sus estudios artísticos en Jerusalén y después en París, donde vive una intensa relación con las vanguardias artísticas del momento, conoce a intelectuales como Sammuel Beckett y se hace una reputación como pintor abstracto. En 1961 se casa con la poetisa americana Anne Atik.
En 1965 sufre, como San Pablo, su particular caída del caballo en el camino de Damasco. Tras contemplar en una exposición dedicada a los maestros del siglo XVII la obra de Caravaggio "la resurrección de Lázaro" cae en la cuenta de que el arte abstracto contemporáneo, con su aparato intelectual, sus reglas y sus -ismos se ha convertido en un manierismo, en un repertorio de formas vacío, decorativo, y se ha alejado de la autenticidad artística.
Al día siguiente, según confesará después en una entrevista, se despertó "con un hambre violenta en los ojos" y comenzó a dibujar lo que tenía más a mano, a su mujer, los primeros intentos fueron muy insatisfactorios, pero siguió dibujando sin parar. Poco a poco gracias al dibujo fue depurando su visión y su técnica. Estos años sólo se ocupa en técnicas gráficas, dibujo, plumilla, grabado. Hasta 1973 no retoma la pintura al óleo, urgido por la necesidad de volver al color.
Avigdor Arikha reencuentra su particular verdad artística enfatizando en rescatar el momento que huye a cada instante y pintar lo que ve, no lo que sabe. Para ello se vale de algunas reglas que sigue a rajatabla: no usar más de cuatro o cinco colores; trabajar sin bocetos; empezar y terminar una obra en el mismo día; retratar solo lo que tenía delante y podía ver y tocar.
El autor cree que el arte moderno se ha vuelto demasiado mental y él quiere dejarse llevar por el sentimiento que el objeto pintado le produce en una relación de absoluta inmediatez. Según sus propias palabras:"El instante no se repite. Si lo retocas, lo desorganizas. Yo no puedo permitirme dar marcha atrás". De este modo, cada objeto pintado es "ese" objeto, en ese tiempo y lugar, con la emoción o el aura que desprende en ese preciso y único tiempo y lugar.
Ello no impide que su visión no sea ni mucho menos la de un inocente naturalista. Su geometría en la disposición de los objetos, sus ritmos de color, todo ello lleva la huella de su paso por la abstracción, la influencia de Mondrian no está lejos; pero al mismo tiempo, en su insistencia en una aproximación no intelectual al objeto, en la espontaneidad, en su recordatorio del valor del trazo, del gesto, está cerca la pintura china a pincel y su orientación taoísta.

La pintura de Avigdor Arikha tiene ese gozo del mirar que es también el gozo de vivir el presente que sólo es capaz de sentir aquél que ha visto a la muerte de cerca con frecuencia y por eso mismo bendice la vida y la luz que baña los objetos y, con las palabras de Goethe puede decirle al instante, antes de que huya: " detente, eres tan hermoso..."























































































































































































































































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