sábado, 22 de septiembre de 2012

Antoine Watteau dibujante



Jean-Antoine Watteau (Valenciennes 1684 - Noget sur Marne 1721)

El universo de Watteau es una tierra inexistente, una utopía en sentido etimológico. Los personajes de sus cuadros pasean por jardines idealizados que no se parecen a ningún jardín verdadero, ni a ninguna naturaleza real. Bajo un cielo siempre azul entre alamedas las damas descansan sobre la hierba en sus leves vestidos de sedas, tan ligeras como ninguna seda real ha sido nunca.
Los amantes galantean en esta tierra de Citerea y de Dioniso sin llegar nunca a satisfacer sus deseos; nos son presentados siempre en el momento del cortejo, de la danza, en el preludio amoroso, en un perseguirse, cortejarse, anhelarse que no llega a culminación. Quizás porque todo es un juego y los mismos amantes no son sino personajes de ficción, caracteres de teatro que representan pasiones como un pasatiempo estival.
Y sin embargo todo este mundo elegante, amoroso y risueño está teñido de un intenso matiz de melancolía que impregna cada cuadro, cada escena. El placer parece apunto de expirar, la risa y el juego suscitan un eco de anhelo, de lástima, de llanto.
Seguramente no lo vieron así sus contemporáneos, ya que sus fêtes galantes, género que él inventó, fueron muy imitadas por otros artistas como Pater, Lancret, Boucher o Fragonard y cautivaron la imaginación de todo el siglo XVIII. Es la ilustración pictórica de la égloga virgiliana, pero desruralizada, elegantemente cortesana,  a través de la cual la clase dirigente del momento muestra sus ideales y en la que quiere verse retratada.
Desde siempre he sentido una inmediata identificación intuitiva con este universo de eros, de juego, de teatro y de tristeza, bajo una superficie esmaltada de brillo y de belleza, irisados y  frágiles como los hilos de una telaraña. Me han maravillado esas escenas de damas en la floresta, comediantes y bufones, embarques hacia islas fantasiosas y músicos y danzantes, por la elegancia y la inteligencia de sus composiciones, por las posturas estilizadas de los personajes, pero también por su misterio.
Hoy me gustaría enseñaros lo que a mí me parece lo mejor de la obra de Watteau: sus dibujos. De Watteau se sabe que dibujaba mucho, continua y casi obsesivamente (pudo llegar a realizar hasta unos tres mil dibujos que recopilaba en carpetas y que utilizaba para sus pinturas. Hoy se conservan unos setecientos de esos dibujos)  y tuvo la fortuna de vivir en un tiempo en que el dibujo empezaba a ser apreciado como un arte por derecho propio.
Su dibujo tiene una técnica maravillosa, pero tiene a la vez esa audacia de quien ha dejado ya atrás los condicionamientos técnicos y sobre todo tiene una extraordinaria libertad: capta el instante huidizo con precisión, el gesto, la iluminación, la textura, la pose, sabe ser delicado al delinear el seno de una joven o el rostro de una niña, o desaliñado y rápido cuando conviene al tema.
Lo bueno de este modo de expresión donde el artista habla consigo mismo es la falta de imposturas, de adornos, de detalles innecesarios. El artista va al grano, observa, trabaja un detalle cuando es útil para sus fines o simplemente deja esbozado un contorno, perfila con blanco o matiza sensualmente con la sanguina esos tonos tan próximos a la piel humana que el lápiz parece transcribir el calor y el rubor.
Esta técnica aux trois crayons: carboncillo, sanguina y tiza, alcanza en Watteau un rango expresivo inigualado por su delicadeza y su variedad de efectos. En palabras de los hermanos Goncourt: “La gracia de Watteau es la gracia (…). Es esta cosa sutil que parece la sonrisa de la línea, el alma de la forma, el aspecto espiritual de la materia”.





































































































































































































































































































































































































3 comentarios:

  1. Gracias por ilustrarme. Tenía a Watteau por el pintor rococó por antonomasia, con sus personajes versallescos, en ambientes festivos y en plena naturaleza. Pero desconocía su faceta de dibujante compulsivo, su necesidad de dar sentido a la vida trascendiendo la realidad física para mostrar gráficamente el misterio de unos personajes que, con frecuencia, parecen alimentarse de sueños.

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  2. De sueños se alimentan, en efecto. No de otro modo podrían ser tan bellos y enigmáticos, tan melancólicamente alegres, tan espiritualmente corpóreos. Muchas gracias a tí

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  3. Maravillosa entrada, por los dibujos de Watteau pero también por el texto. Gracias.

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