domingo, 30 de septiembre de 2012

George Catlin


George Catlin (Wilkes Barre, Pennsylvania 1796 - New Jersey 1872)
Mi contacto con la obra de George Catlin se remonta a mi ya lejana infancia, a través de un libro para para jóvenes titulado Los indios americanos, o algo por el estilo. De aquel mágico libro que en aquella época memoricé al completo (los nombres de las tribus, las costumbres, sus mitos, sus territorios respectivos, las guerras indias) hoy sólo  me han quedado en la memoria las poderosas imágenes que pintara este artista, explorador, aventurero, feriante y empresario fracasado que fuera alternativamente en su larga vida.
Lástima que no fuera un gran pintor, ésa es la verdad. Su técnica pictórica no pasa de elemental, pero lo que le falta de técnica lo tiene de fascinación, de entusiasmo, y de algo que en su tiempo muy pocos hombres blancos tenían hacia los indios: respeto, aprecio, empatía.
George Catlin retrata a los jefes indios tal como se consideraban a sí mismos, tal como eran en realidad: (si sabemos quitar la gruesa capa de prejuicio que nos impide verlo a nosotros también) reyes de naciones, líderes de grandes pueblos, guerreros unos, pacíficos los otros, con evolucionadas culturas sedentarias, agrícolas o pesqueras algunos, otros como los Sioux con su errante estilo de vida de cazadores de búfalos, señores de las praderas.
En todo caso, lo que uno sueña, lo que atrapa la imaginación es lo que Catlin vió durante sus viajes. Durante casi toda la década de los años 30 del siglo XIX recorrió territorio indio, contactó con tribus que apenas habían sabido aún de la presencia del hombe blanco, vivió durante años entre las tribus indígenas y fue testigo de una cultura que aún se manifestaba en su integridad, si bien ya estaban presentes todos los ingredientes para la gran extinción y el enorme genocidio que estaban a punto de producirse.

En estos años pinta unos 300 retratos y paisajes y unas 175 escenas rituales. En años sucesivos ampliará enormemente esta colección con otros viajes que cubren la casi totalidad de América del Norte y algunas zonas de Sudamérica.
La voz de George Catlin a favor de la cultura india americana  fue el grito de socorro y de advertencia de un ser humano decente que resuena aislada en un tiempo en que, en el pensar del noteamericano medio, el indio bueno era el indio muerto, o como mínimo se consideraba al indio un salvaje que debía dejar paso al progreso, ceder en la lucha darwiniana ante los más adaptados: los hombres blancos, en adelante los únicos protagonistas de la historia americana.

Catlin pasó el resto de su vida intentando promocionar su Galería india, primero por los Estados Unidos, luego en Europa. Al final hubo más de gasto y de quebranto financiero y humano. Acabó en prisión por deudas en Londres y la última época de su vida estuvo intentando desesperadamente vender la colección al Estado americano, quien la encontraba muy cara y no se mostró muy interesado. Por fin, casi en el año de su muerte Joseph Henry, secretario de la Smithsonian de Washington compra la colección, no tanto por su valor artístico como por su valor etnológico. Allí está hoy en día todo su legado.
Los rostros de todos estos jefes, chamanes o guerreros indios nos contemplan altivos, dignos, incluso con un cierto tono de reproche, desde un mundo ya extinguido, desde un mundo salvaje quizás según nuestro punto de vista, pero acaso más libre, más en armonía con su entorno. Como los héroes homéricos, su vida fue la gloria del combate, el amor a su linaje y a la tierra y a los espíritus de sus antepasados, el gozo de la caza y de la vida errante, la dureza de la vida entre la naturaleza.
Ellos han vivido plenamente. No somos nosotros los que debemos sentir pena por ellos ¿no os parece?


Había pensado en un primer momento poner junto a cada imagen el nombre del retratado. He desistido finalmente, en parte porque no he podido encontrar la referencia completa del nombre y la tribu de todos y cada uno de ellos; pero sobre todo porque, o bien me veía obligado a poner un nombre, el original que, en unas lenguas nada familiares para nosotros, apenas sabemos leer, o bien, prolongando el prejuicio etnocentrista, usar el apodo que les daban los blancos, más/menos traduciendo el nombre a su lengua y llamándolos "pequeño oso" "dos cuervos" etc, lo que me parece irrespetuoso. Ojalá que, igual que hoy cualquier niño o joven sabe quién era Aquiles o Agamenón, algún día cualquier persona civilizada deba saber quién fue el jefe Osceola, del pueblo Semínola o el gran Mah-to-toh-pa de los Mandan o Stumanu, el joven Chinook.



































  
















sábado, 22 de septiembre de 2012

Antoine Watteau dibujante



Jean-Antoine Watteau (Valenciennes 1684 - Noget sur Marne 1721)

El universo de Watteau es una tierra inexistente, una utopía en sentido etimológico. Los personajes de sus cuadros pasean por jardines idealizados que no se parecen a ningún jardín verdadero, ni a ninguna naturaleza real. Bajo un cielo siempre azul entre alamedas las damas descansan sobre la hierba en sus leves vestidos de sedas, tan ligeras como ninguna seda real ha sido nunca.
Los amantes galantean en esta tierra de Citerea y de Dioniso sin llegar nunca a satisfacer sus deseos; nos son presentados siempre en el momento del cortejo, de la danza, en el preludio amoroso, en un perseguirse, cortejarse, anhelarse que no llega a culminación. Quizás porque todo es un juego y los mismos amantes no son sino personajes de ficción, caracteres de teatro que representan pasiones como un pasatiempo estival.
Y sin embargo todo este mundo elegante, amoroso y risueño está teñido de un intenso matiz de melancolía que impregna cada cuadro, cada escena. El placer parece apunto de expirar, la risa y el juego suscitan un eco de anhelo, de lástima, de llanto.
Seguramente no lo vieron así sus contemporáneos, ya que sus fêtes galantes, género que él inventó, fueron muy imitadas por otros artistas como Pater, Lancret, Boucher o Fragonard y cautivaron la imaginación de todo el siglo XVIII. Es la ilustración pictórica de la égloga virgiliana, pero desruralizada, elegantemente cortesana,  a través de la cual la clase dirigente del momento muestra sus ideales y en la que quiere verse retratada.
Desde siempre he sentido una inmediata identificación intuitiva con este universo de eros, de juego, de teatro y de tristeza, bajo una superficie esmaltada de brillo y de belleza, irisados y  frágiles como los hilos de una telaraña. Me han maravillado esas escenas de damas en la floresta, comediantes y bufones, embarques hacia islas fantasiosas y músicos y danzantes, por la elegancia y la inteligencia de sus composiciones, por las posturas estilizadas de los personajes, pero también por su misterio.
Hoy me gustaría enseñaros lo que a mí me parece lo mejor de la obra de Watteau: sus dibujos. De Watteau se sabe que dibujaba mucho, continua y casi obsesivamente (pudo llegar a realizar hasta unos tres mil dibujos que recopilaba en carpetas y que utilizaba para sus pinturas. Hoy se conservan unos setecientos de esos dibujos)  y tuvo la fortuna de vivir en un tiempo en que el dibujo empezaba a ser apreciado como un arte por derecho propio.
Su dibujo tiene una técnica maravillosa, pero tiene a la vez esa audacia de quien ha dejado ya atrás los condicionamientos técnicos y sobre todo tiene una extraordinaria libertad: capta el instante huidizo con precisión, el gesto, la iluminación, la textura, la pose, sabe ser delicado al delinear el seno de una joven o el rostro de una niña, o desaliñado y rápido cuando conviene al tema.
Lo bueno de este modo de expresión donde el artista habla consigo mismo es la falta de imposturas, de adornos, de detalles innecesarios. El artista va al grano, observa, trabaja un detalle cuando es útil para sus fines o simplemente deja esbozado un contorno, perfila con blanco o matiza sensualmente con la sanguina esos tonos tan próximos a la piel humana que el lápiz parece transcribir el calor y el rubor.
Esta técnica aux trois crayons: carboncillo, sanguina y tiza, alcanza en Watteau un rango expresivo inigualado por su delicadeza y su variedad de efectos. En palabras de los hermanos Goncourt: “La gracia de Watteau es la gracia (…). Es esta cosa sutil que parece la sonrisa de la línea, el alma de la forma, el aspecto espiritual de la materia”.