sábado, 26 de enero de 2013

Jean Siméon Chardin


Jean Siméon Chardin (Paris, 1699 - 1779)

Hijo de un ebanista que construye billares, a los 20 años recibe una medalla de segunda clase en dibujo de la Academia Real de Pintura y Escultura, y la de primera clase al año siguiente. Tres años más tarde ingresa en la Academia de Saint Luc y con 29 es admitido como miembro en la categoría de pintor de animales y frutas en la Academia Real de Pintura y Escultura, gracias a sus obras "La raya" y "El buffet".
En 1731 se casa con Marguerite Saintard, hija de un comerciante parisino. En esa misma década comienza a pintar escenas de género, en la tradición de la pintura flamenca.
En 1738 comienza la difusión de su obra a través de estampas grabadas por Cochin padre, lo que hará de Chardin un autor muy popular no sólo en los ambientes burgueses o cortesanos, sino también entre un público mucho más amplio.
En 1740 es presentado al Luis XV a quien regala su obra "El Benedicite".  En el 44 se casa de nuevo con la joven viuda de un mosquetero del rey, ingresando así por matrimonio en los ambientes de la pequeña nobleza.
En los años siguientes el artista va consolidando su posición en la Academia, al mismo tiempo que comienza a recibir encargos de círculos cortesanos. Es admirado por Mme. de Pompadour y protegido por su hermano el marqués de Marigny, lo que le proporciona un notorio aumento en sus ingresos. En 1757 se le asigna un apartamento en el Louvre.
En 1770 llega a ser nombrado primer pintor del rey. Participa en el Salón que organiza cada año la Academia, encargándose durante varios años de la colocación de las obras expuestas.
Sus últimos años son los de un artista respetado por el público y por la profesión que poco a poco va renunciando por problemas de salud. En diciembre de 1779 muere en su apartamento del Louvre y es enterrado en Saint Germain L'Auxerrois.
Hasta aquí, como se puede ver, la vida de un respetable artista/artesano, que pinta poco y despacio, que va ganándose el aprecio de sus colegas y del público y que gracias a su trabajo disfruta de una vida estable y bien asentada, podríamos decir burguesa.
A partir de aquí, una obra que sigue interpelando al espectador trescientos años después, obra de la que no es fácil hablar sin decir obviedades o caer en teorizaciones que a su autor probablemente no le hubiesen agradado en absoluto.
A Chardin, como a todos los grandes pintores, hay que verlo en directo: ponerse delante de sus cuadros y disfrutar de su delicadas armonías tonales, dejarse impregnar por el recogimiento y el orden que imponen; en definitiva, reconstruir como espectador el acto que el pintor al pintar fundamentalmente hace, esto es, mirar.
Chardin mira una pera, un conejo muerto, un caldero, una jarra como si no hubiese visto nunca esos objetos, como si no supiese qué son, para qué sirven, mira, investiga, pinta y su pincel no es que imite, es que crea esos objetos en otra dimensión, en una dimensión pictórica que es una segunda naturaleza.
Las uvas de Chardin no pretenden ser como aquellas que pintara Apeles, según nos dice Plinio, y que un pájaro confundió con unas uvas reales. Las uvas de Chardin viven en su propia realidad que es la realidad del lienzo, pero a su modo son "las uvas", no unas prototípicas y abstractas, sino "esas" uvas a las que la luz les incide de un determinado modo y que pertenecen a un instante concreto y por tanto son la únicas reales y verdaderas.
Se ha dicho que Chardin es un pintor del silencio; yo diría que el silencio que exige la obra de Chardin es el del descubrimiento de la realidad: ese momento de epifanía en que lo que siempre hemos tenido delante, de repente, se nos muestra como real, por fin lo vemos de verdad, sin el embozo de la rutina y, como diría Platón, lo re-conocemos por primera vez.

De este modo la contemplación de la apariencia nos conduce a la anamnesis, o sea, al ser, pero no mediante un proceso de abstracción intelectual, como en Platón, sino a través de una ascesis visual que supera la dicotomía apariencia-ser, ya que la apariencia, antes que ocultar una secreta esencia de las cosas, la desvela.






Autorretrato, pastel, 1775





Mme. Chardin, pastel, 1775





Dama tomando el té, 1735





Chica pelando nabos





Niña con el volante, 1737





El niño de la peonza, 1737-38





El castillo de naipes, 1736-37 





El Benedicite, 1740 





La Raya, 1725-26





La mesa del mayordomo o los restos de la comida, 1756





Tarro de albaricoques, 1758





La comida rápida del día, 1731





Puerros, cacerola y paño





Uvas y granadas, 1763





Caldero de cobre con jarra y rodaja de salmón





La Brioche, o le Dessert, 1766





El vaso de plata, 1768





Cesta con melocotones





Bodegón con ciruelas,





La Tabaquera, 1737





Vaso de agua y cafetera, 1760





Canasta con fresas silvestres, 1761





Ramo de claveles, tuberosas y guisantes de olor en un jarrón, 1755





La perdiz, 1768





Dos conejos con un zurrón y una petaca de pólvora, 1755




3 comentarios:

  1. Por lo que voy conociendo de tus gustos me preguntaba cuanto tiempo tardarías en dedicar una entrada a este magnífico pintor. Felicidades por la elección

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. De hecho cuando pensé en hacer un blog fue en Chardin en el primero que pensé, siempre ha sido uno de mis favoritos. Todavía recuerdo lo que me emocioné cuando lo vi por primera vez en el Louvre y la última vez en la exposición magnífica que le dedicó hace poco el Prado, es un genio absoluto.

      Eliminar
  2. Retratos, escenas hogareñas, trofeos de la pesca o la caza, objetos domésticos, bodegones,...fragmentos de la rica y multidimensional realidad que nos transmiten el enigmático misterio de lo cotidiano.

    ResponderEliminar