domingo, 10 de noviembre de 2013

HELVETIORUM FIDEI AC VIRTUTI


Todos los hombres estarán siempre dispuestos a cumplir con su deber, si ello les reporta algún beneficio, muchos cumplirían un deber, incluso enojoso, si ello les comporta la alabanza de sus semejantes, pero hay muy pocos hombres capaces de cumplir con su deber cuando éste no les lleva sino a la muerte y cuando además su sacrificio no va a ser apreciado por nadie o va a ser mal visto por la mayoría. Esto es lo que hicieron estos héroes suizos: murieron, no en una batalla gloriosa donde se jugara el destino de su Patria, sino defendiendo a un rey odiado por todos, entre extranjeros que los consideraban mercenarios de los opresores, opresores que no hicieron ni un gesto por defender a quienes los protegían. Murieron, como debe hacer un buen soldado, por cumplir las órdenes, nada más, pero tampoco nada menos.

Ésta es la historia: París, 10 de agosto de 1792. La familia real vive en arresto domiciliario en el palacio de la Tullerías desde el intento fallido de fuga de Luis XVI, la famosa huída de Varennes; la popularidad de la monarquía se ha esfumado por completo, el rey ya no puede contar con ningún apoyo ni de los políticos, ni del ejército francés, ya que la tropa confraterniza con la revolución, ni de la nobleza que ha cogido el camino del exilio o se ha pasado al otro bando. Para colmo de males, los ejércitos que las potencias extranjeras han reunido para defender, dicen, al rey, al mando del duque de Brunswick, amenazan París con una invasión inmediata. El pánico inunda las calles. La mecha la enciende el bando que proclama Brunswick donde amenaza a la ciudad de París con un castigo ejemplar, un baño de sangre masivo, si se toca a la persona del monarca. Ahora al pánico, a la histeria, se ha sumado el odio. Los clubes jacobinos, los periodistas que incitan a la plebe, hasta los políticos, incluso los moderados, ya no tienen dudas, el rey es un rehén demasiado peligroso y está mejor muerto.

Esa mañana desde todos los barrios de París, comandados por una nueva Comuna dirigida por los montagnards más radicales, afluye una masa ingente de hombres y mujeres armados con el propósito de asaltar las Tullerías, han traído incluso cañones para el caso. De la lealtad de las tropas de la guardia nacional se duda y con razón,  como de los regimientos franceses. El rey sale a pasar revista a las tropas y escucha gritos de ¡Viva la Nación! ¡abajo el gordo! ¡abajo Monsieur veto! Sus consejeros le disuaden de toda resistencia. La familia real abandona las Tullerías y va a buscar refugio en la Asamblea Nacional, muy cercana al palacio. Los guardias suizos, guardia personal de los reyes de Francia desde hace siglos, tienen orden de mantenerse en sus puestos y defender el palacio, ahora vacío.

Cuando la horda revolucionaria llega se producen los primeros disparos y caen los primeros muertos, y es sólo entonces cuando el rey Luis, que con el miedo por su propia seguridad y la de los suyos se había olvidado por completo de los guardias suizos, cae en la cuenta de la carnicería que está a punto de producirse. La guardia solicita instrucciones y el rey les ordena retirarse a sus cuarteles. Durante esa retirada van a ser masacrados. El monumento aporta las cifras que se conocen: mueren 26 oficiales y alrededor de 760 soldados, sólo 16 oficiales y unos 350 soldados consiguen llegar con vida al refugio de los cuarteles.

Ésta es la narración del acontecimiento histórico que dió lugar a este bellísimo, y tristísimo, monumento, el Loewedenkmal, de la ciudad suiza de Lucerna. Si queréis saber más de cómo se construyó, quién lo promovió y quién es el artista, os recomiendo este vínculo a la entrada de nuestro compañero de "El guisante verde project" que tiene una entrada interesantísima, ejemplar por lo informativa y bien escrita. 

Éste es el vínculo:






















































4 comentarios:

  1. Genial incrustación de la belleza artesana en la primigenia del paisaje, dando lugar a un conjunto apolíneo difícilmente superable.

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    1. Siempre me ha llamado la atención este monumento, con esa cueva del león que parece casi un refugio natural y ese aspecto tan melancólico. Ojalá tenga la ocasión de ir a Lucerna para verlo, y de paso asistir a su estupendo festival de música, esas son de las cosas que me gustaría hacer alguna vez en la vida.

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  2. Hola José Miguel, muchas gracias por la mención, y por el enlace (te incorporo en nuestro post) Llegamos tardísimo a esta entrada, y por casualidad, porque pensábamos que ya lo habíamos hecho... En fin. Está claro que lo que no se hace en el momento, se queda en el limbo de los pensamientos.
    El monumento provoca una mezcla extraña de sensaciones; es muy bello, y a la vez muy triste. En cualquier caso, es una visita obligada en una ciudad que es un auténtico refugio alpino. Lucerna tiene mucho, además de un gran festival de música, te encantará.
    Saludos!

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    1. Mis padres vivieron en Suiza allá por los 60 y allí nací yo, pero en la zona de Laussanne. Me gustaría mucho conocer Lucerna aprovechando el festival de música y de paso poder ver en directo el monumento.
      Muchas gracias por vuestro cariñoso comentario, lo cierto es que cuando estaba pensando en escribir el post ví vuestra entrada y me pareció estupenda, un ejemplo de lo que debe tener una entrada, y por eso puse el vínculo. Enhorabuena por vuestro estupendo blog.
      Un saludo!

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