domingo, 26 de mayo de 2013

20 autores, 20 obras

Esta vez me gustaría que los que sois lectores de este blog, asiduos u ocasionales, podáis participar y dar vuestra opinión. 

Estas veinte fotografías todas ellas me parecen obras maestras del arte fotográfico y me conmueven y me fascinan, cada una por razones muy diversas que yo mismo no os sabría explicar. 

He procurado que cada imagen sea de un autor diferente. No sé si siempre he conseguido que la imagen sea la más representativa de su autor o no, pero sí que os recomiendo a cualquiera de ellos como grandes fotógrafos de nuestros días. Si buscáis las fotografías de estos autores no quedaréis defraudados; consiguen cada uno a su manera transmitir intensidad, belleza y reflexión sobre el mundo de manera excepcional y profunda.

Por eso me gustaría que le déis el voto a la/a las fotos que más os gusten y el 26 de junio, dentro de un mes exacto, podréis ver los resultado de vuestras votaciones. Un saludo a todos: ¡A VOTAR!


Tenéis la encuesta para participar en el menú de la derecha. También, por supuesto son muy bienvenidos vuestros comentarios si queréis hacerlos sobre cualquiera de las fotografías o los autores. Ánimo y muchas gracias por participar, vosotros hacéis el blog.


 1. Ambroise Tézenas





 2. Bill Henson





 3. Camille Seaman





 4. Denis Dailleux





 5. Duane Michals





 6.  Cristóbal Manuel Sánchez Rodríguez





 7. Fred Herzog





 8. Guido Mocafico





 9. Jasmine Chia





 10. John Grant





 11. John Moore





 12. Markus Bolingmo





 13. Morten Koldby





 14. Pierre Gonnord





 15. Robert & Shana ParkeHarrison





 16. Roman Vishniac





 17. Ruud van Empel





 18. Ryan McGinley





 19. Shinichi Maruyama





20. Si Chi Ko




lunes, 20 de mayo de 2013

Henri de Toulouse-Lautrec. Intimidad

Entre 1892 y 1893 Toulouse-Lautrec pinta esta serie de cuatro composiciones sobre el mismo tema y con las mismas modelos. Las escenas parecen tomadas de la cotidianidad de las artistas de cabaret, que solían dormir juntas tras acabar el trabajo, por razones  prácticas y de espacio, de manera que estas composiciones tienen un aire de camaradería entre compañeras o amigas, aunque el propósito de sugerir una intimidad sexual de tipo lésbico, a mi modo de ver no debe ser descartado en absoluto. El propio autor, refiriéndose a la tercera de ellas dice que es "el verdadero epítome de la sensualidad". 

Con ello nos introduce de un modo inquietante en el punto de vista del mirón, el voyeur, ya que el pintor es aquí un intruso que ha sorprendido unos fragmentos de intimidad entre dos personas, como el que espía por una mirilla los actos ajenos.
En cualquier caso las obras tienen un aroma de sencillez que cautiva y que las hace valiosas por la cálida sensación de complicidad entre los personajes femeninos, de bienestar, de cariño, que no es frecuente ver representada en la pintura.

Frente a estas escenas íntimas de amigable ternura no nos importa si sus protagonistas son personas de baja condición social o de reputación dudosa, o si, como incluso podría ser, se trata de dos prostitutas compartiendo cama en el burdel; como no le importaba en absoluto a su autor, quien frecuentó esas compañías durante  toda su vida, rehuyendo a los de su propia clase social.  

Quizás porque  el conde Henri-Marie-Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa, el raro, el marginado, el enano, el privilegiado, el borracho, el doliente, hacía tiempo que había seguido la vía de los que huyen de lo convencional, se había echado a la vida, y se había echado sin red; viviendo en carne propia "avant la lettre" lo que décadas más tarde diría otro famoso bohemio, Jack Kerouac: "Sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas".






























miércoles, 15 de mayo de 2013

Filemón y Baucis




En una tarde lluviosa como ésta me viene a la memoria el tiempo en que los dioses del Olimpo, enfadados por la maldad de los hombres, quisieron castigarlos con un gran Diluvio

Como antes de tomar una medida tan drástica querían comprobar por sí mismos hasta dónde habían llegado en su impiedad los mortales, el padre Zeus y su hijo Hermes decidieron mudar su figura en la de unos viajeros en busca de hospitalidad. 

A cien puertas llamaron y cien portazos en sus divinas narices recibieron; a cada portazo más y más se convencían de la insolidaridad de los hombres y ya tramaban un castigo ejemplar, cuando por fin llegaron a una humilde choza, cañas y barro, habitada por dos abuelos pobretones, que sin embargo acogieron a los caminantes forasteros con amigable solicitud. 

El hombre les hizo pasar y les ayudó a asearse con agua fresca y toallas limpias y les preparó un mullido y cómodo asiento, mientras su anciana esposa preparaba un puchero con las verduras que el marido acababa de traer del huerto, más un trocito de tocino y de salazón para darle gusto a la olleta. 

La espera del guiso se la aderezaron con una amistosa conversación y cuando el potaje estuvo preparado, pusieron una mesa bien limpia, servida de comida sencilla, pero agradable por el cariño con que era servida. Para beber el anciano les sacó un tintorro un poco peleón de sus viñedos. 

Bebiendo bebiendo iban charlando, cuando, ¡oh milagro!, los vasos se llenaban solos y nunca se acababan. Los viejos comprendieron que estaban ante algo más que un par de forasteros y se inclinaron ante los dioses, ahora ya reconocidos. Proponen matarles un ganso para hacer un asado, ya que es lo único que tienen de valor, pero el ganso se refugia junto a Zeus y éste les anuncia el propósito de su visita. 

Han venido a castigar a los hombres por su perversidad, ellos deben acompañarlos sin mirar atrás. Los ancianos siguen a los dioses y con paso renqueante suben tras ellos hasta un monte altísimo; cuando están allí los dioses les invitan a mirar hacia abajo y ven toda la comarca inundada en un inmenso lago, excepto su casa que se ha convertido en un hermoso templo de techos dorados y columnas de mármol.

Zeus les dice que en premio a su virtud han sido preservados del castigo y les anuncia que se les va a conceder un deseo. Ellos hablan entre sí un momento y le dicen así al padre de los dioses: "Juntos hemos vivido desde jóvenes y juntos queremos seguir hasta que la muerte nos lleve, yo no quiero ver morir a mi esposa, ni que ella tenga la tristeza de enterrarme a mí; permitidnos serviros en este templo el tiempo que nos quede y que una misma muerte se nos lleve a ambos". 

Así se lo concedió el padre Zeus, asintiendo con su ceño, y así se cumplió. Largos años aún vivieron en paz los dos viejos, hasta que un día a Filemón le empezaron a salir unas extrañas ramas donde antes tuviera sus leñosas manos y lo mismo le iba sucediendo a su esposa; apenas una última mirada pudieron dirigirse aún, mientras uno en tilo, otra en encina se convertían. Encina y tilo que aún podéis ver si vais por los montes de Lidia, muy juntos, dando una sola sombra bajo la cual a menudo se refugia a sestear el pastor con sus ovejas cuando cae el solazo del verano.


Este relato,  mucho mejor contado sin duda, lo podéis encontrar en Las Metamorfosis, libro VIII, vv. 610-725 de Ovidio. Os animo a leer el original, que es una maravilla.

Rembrandt. Filemón y Baucis, 1658. National Gallery of Art, Washington



A quien alegra mis días y mis noches.

jueves, 9 de mayo de 2013

ET IN ARCADIA EGO


Pues esparcid ya rosas; poned velo
a las fuentes de sombra, que servido
ansí quiere ser Dafni desde el cielo.
Y con dolor, pastores, y gemido,
un túmulo poned, y en el lloroso
túmulo, aqueste verso esté esculpido:
Yo, Dafni, descansando aquí reposo;
nombrado entre las selvas hasta el cielo;
de hermosa grey pastor muy más hermoso.
  
Esta obra nuestro Fray Luis de León traduce la Égloga V, 40-44 de Virgilio, texto que no me puedo resistir a poner en el latín original:


Spargite humum foliis, inducite fontibus umbras,
pastores (mandat fieri sibi talia Daphnis),
et tumulum facite, et tumulo superaddite carmen:
Daphnis ego in siluis hinc usque ad sidera notus
formosi pecoris custos formosior ipse.

El proceso por el que una atrasada región rural de Grecia, cuyos habitantes tenían fama de rústicos, esto es, de brutos,  llegará a convertirse en un lugar mítico que representa a la Naturaleza bajo su rostro más benévolo, de verdes campos, fuentes cristalinas, árboles umbrosos que convidan al descanso bajo un cielo risueño y sereno, un lugar donde el hombre puede recobrar la inocencia perdida y vivir como un buen salvaje, es decir, en un Paraíso recobrado de armonía con y en la Naturaleza, se debe al alquimista literario que fue Publio Virgilio Marón. 

En sus églogas no sólo la Arcadia aparece como el País de Nunca Jamás, sino que sus pastores, una vez quitado el pelo de la dehesa y despojados de sus rudos modales de gañanes, se han transmutado en unos enamorados corteses y galantes que cantan penas de amor con una elegante melancolía y una métrica perfecta.

Todo este bello mundo destila una tristeza que no es sólo de buen tono, es la melancolía consubstancial al hecho de que este lugar no es más que anhelo, no ha existido,  no va a existir, no puede existir jamás, es nostalgia pura, la imagen especular de lo que el mundo NO es, es escapismo, huida hacia la imaginación.

Por eso la muerte es lo único verdadero de ese mundo de sueño, la muerte siempre está al final del pasillo de la melancolía, es el recodo final, necesario. ET IN ARCADIA EGO. Yo también impero en la Arcadia, también en el sueño se muere. 

Citando a Manuel Machado: " Morir es... Una flor hay en el sueño/ -que al despertar no está ya en nuestras manos- / de aromas y colores imposibles... / y un día sin aurora la cortamos."
   


Nicolas Poussin, Et in Arcadia ego, ou Les bergers d'Arcadie, 1637. Musée du Louvre.



A Loli Antón, con cariño.