domingo, 30 de junio de 2013

SAI WENG SHI MA









 Un anciano en la frontera perdió un caballo. Sus vecinos se acercaron a consolarlo, mas él se hallaba tranquilo: “Un caballo no es gran cosa, quién sabe, quizás no sea un mal después de todo”. 

Al poco tiempo el caballo regresó acompañado de una hermosa yegua. Los vecinos de la aldea, asombrados de su buena suerte, acudieron a darle la enhorabuena, pero él, meditabundo y desconfiado, decía: " no sé, no sé, una cosa encontrada así, sin ton ni son, no me parece una buena señal, veremos". 

Al cabo de un tiempo, el hijo mayor del hombre, mientras montaba la yegua se cayó y se rompió una pierna, quedándose cojo. Los vecinos del anciano fueron a su casa a compadecerse de su desgracia, pero él, en lugar de estar entristecido se mostraba sereno, para sorpresa de sus visitantes, y decía: " quién sabe si es tan malo esto que ha pasado, ya veremos". 

Pasado algún tiempo, el Emperador, en guerra con sus vecinos bárbaros, mandó hacer una leva en todo el imperio. Los soldados llegaron a la aldea del anciano y se llevaron a todos los hijos en edad militar, menos precisamente al hijo del anciano, ya que por su cojera resultaba inútil para el servicio. 

De cuantos fueron a la guerra ninguno volvió con vida, en cambio el hijo del anciano del caballo, cojo y todo, vivió largos años y pudo cuidar de sus padres y de la hacienda familiar.



La frase que comienza esta historia es un conocido Chengyu, o refrán chino de cuatro sílabas, un uso lingüístico muy propio de la lengua china; cada uno de estos refranes llevan su historia anexa que los explica. Este refrán podría ser el equivalente a nuestro castellano "No hay mal que por bien no venga".





lunes, 24 de junio de 2013

Aleksandr Deineka: el cuerpo de la revolución



La Revolución Soviética (1917) quiere ser un nuevo comienzo para la humanidad. La sociedad sin clases que la propaganda oficial canta con acentos épicos está protagonizada por un nuevo tipo humano: el proletario.

Las artes plásticas pondrán en imágenes la visión que los soviéticos tenían de este "hombre nuevo". El proletario no tiene porqué ser un intelectual, es un hombre sencillo, rudo, la mujer proletaria no es la señora burguesa, delgada y distinguida, sino fuerte y sana, buena trabajadora y buena paridora. El proletario no busca singularizarse, no posee afán de cultivar una "personalidad", el individualismo es un vicio burgués. El obrero siempre está con sus camaradas, la intimidad, la familia es una añoranza del pasado, un instinto peligroso por insolidario. El obrero, la obrera, permanece ante la mirada de sus iguales. Es importante recalcar este concepto de sus IGUALES. No debe pretender competir ni singularizarse, sino cooperar y seguir las directrices.

La construcción de la nueva sociedad socialista es una tarea común que compete a todos: no poner todo el empeño, regatear esfuerzos, dudar, es sabotaje, es ayudar al enemigo de clase, al odiado burgués.

Serás laborioso, serás obediente, te mantendrás sano y darás prole a la revolución. En el ejército, en la fábrica, en la cooperativa, en el bloque de viviendas, en tu ocio, serás siempre uno más, modesto y sencillo. Pensar es cosa del partido, obrar es cosa del obrero, cada uno a su trabajo y un trabajo para cada uno.

Este proyecto que pretendía ser progresista, que pretendía ser liberador, se convirtió en la dictadura más abyecta y odiosa de cuantas hayan existido sobre la tierra. Si alguien se hubiese molestado en leer "La república de los Lacedemonios" de Jenofonte (o a Orwell) no hubiese necesitado ser profeta para saber en qué iba a parar todo aquello. 

Si uno mira hoy día estas pinturas de Deineka tampoco lo necesitará: los cuerpos sanos, corren, saltan, se agitan, se ejercitan, trabajan, luchan, todos en grupo, todos indiferenciados, con rasgos geometrizados, parecen una especie de neoespartanos, de robots semihumanos, de replicantes que fingen una felicidad física que excluye el amor, el erotismo, la duda, la individualidad. Cuerpos sin alma.

Pobres humanos, siempre estafados por un sueño inhumano, su cuerpo al servicio del Estado, como carne de ganadería, para el tiro o para el matadero, el hombre al servicio de la "Sociedad", del Leviatán antiguo que siempre pide sacrificios humanos en nombre del orden, de la igualdad, del progreso, o de cualquier otra quimera. Pobre ser humano siempre en espera de una sociedad humana, que siempre se anuncia y nunca llega.


P. D. 
Perdonen los lectores de este blog el alegato anticomunista, pero tuve un tío comunista radical y me sale del alma. El que no esté de acuerdo hará muy bien en pasar de largo del texto e ir a las imágenes del autor, que bien lo merecen. Aleksandr Deineka (1899-1969), a pesar de mis prevenciones ideológicas, me gusta más de lo que me gustaría que me gustase. Tiene en algunas ocasiones una intuición gráfica muy certera, un amor por esos cuerpos, a los que gusta ver cómo reflejan la luz o cómo les baña el agua, que no es nada "ortodoxo", particularmente me quedo con alguna obra como" Niña mirando por la ventana", o "En el Sur" o "Campesina en bicicleta" que me parecen más intimistas. Que ustedes lo disfruten.


P. D. bis
Una página muy interesante sobre el cuerpo y su construcción ideológica en la nueva sociedad socialista, partiendo del arte de Deineka es la que les dejo en este vínculo en francés; muy interesante.

También si desean saber más sobre la vida y obra de  Aleksandr Deineka les remito al siguiente vínculo:




Corredores, 1934.






Caerrera de relevos, 1947.






 Corredoras, 1944.






 En la pausa del almuerzo. Cuenca del Don, 1935.






 Mediodía, 1932.






Jugando al balón, 1932.






 Las nadadoras, 1933.






 Chicas corriendo, 1941.






 Después de la batalla, 1937.






 Futuros pilotos, 1938.






 Pioneros de Crimea, 1934.






 En el sur, 1966.






 Cross, 1932.






 Esquiadores, 1926.






 Fútbol, 1924.






 Oda a la primavera, 1927.






 Héroes del primero de mayo, 1936.






Soberanía del Koljós, 1934.






La defensa de Petrogrado, 1928.






 En la prensa, 1931.






 Proyectos pacíficos, 1959.






 Las trabajadoras textiles, 1927.






 La cuenca del Don, 1947.






 Construyendo los nuevos talleres, 1926.






 Marcha roja, 1941.






 Campesina en bicicleta, 1935.






Niña en una ventana. Invierno, 1933.





lunes, 17 de junio de 2013

Picasso, el Minotauro


1933 va a ser el año del nacimiento del Minotauro, el nuevo avatar, o alter ego de Picasso, que va a permitir al artista expresar de forma gráfica, por medio de un icono poderoso, la angustia y la euforia que el autor personalmente y creativamente está viviendo en esos años.

Picasso lleva casado con Olga Koklova, con quien ha tenido a su hijo Pablo, desde 1918. Su crecimiento como artista de vanguardia, pero también su matrimonio y las relaciones de su mujer, le han ganado un puesto como pintor de éxito, reconocido por la alta burguesía, con importantes encargos y altas relaciones sociales. Esto convierte a Picasso, antaño un bohemio y un marginal, en un hombre respetable que encarna al nuevo tipo de artista cosmopolita, adorado por la crítica y que cobra cifras fastuosas. Todo este "aburguesamiento" no es gratuito; su matrimonio con Olga no va bien, la vida de corte entre marquesas y empresarios le cansa y Pablo, hombre de carácter difícil, se resiente de ello. 

En 1927, a sus 46 años, conoce a la salida de las Galerías La Fayette a Marie Thérese Walter, una joven de 17 años con quien comenzará una apasionada historia de amor a espaldas de su mujer, de hecho Olga no se enterará hasta 1935 y el matrimonio se separará definitivamente, aunque no sin una infinidad de conflictos. Picasso vive esta historia con una mezcla de angustia y culpabilidad por un lado (el engaño a su mujer con la que lleva 10 años de matrimonio, el hecho de ser Marie Thérese una menor), y por otro lado como una liberación y un renacer de la sexualidad, de potencia creativa, de alegría.

Toda esta mezcla de sentimientos de pasión, sexo, bestialidad, penitencia, castigo, muerte, están expresadas en todo el ciclo del Minotauro, que en el caso de Picasso tiene apenas un  vago eco del hijo de Pasífae de la mitología griega y encarna más bien un ser que un español como Picasso, aficionado a la fiesta taurina, con su ritual de lucha, castigo y muerte del toro, podía asimilar de una forma mucho más intuitiva y vital y verse a sí mismo como ese hombre-toro, por lo tanto un ser monstruoso, pero al mismo tiempo una especie de superhombre con su faceta animal potenciada al máximo.

Además de esta situación personal en la vida de Pablo Picasso, creo que no debe olvidarse otro hecho que quizás contribuye a explicar la iconografía recurrente esos años del Minotauro: España desde 1936 vive una guerra civil, las noticias de su tierra preocupan seriamente al artista, quien se siente involucrado y pinta por encargo del Gobierno de la República el conocido cuadro del Guernica para ser presentado en el pabellón español en la Exposición Universal de 1937 que se celebra en París. 

Desde 1936 el autor pinta una serie de escenas de Minotauro herido o muriendo junto a figuras de caballos y esta iconografía llega hasta el propio Guernica, donde una figura taurina, junto a un caballo, justamente como en las corridas, aparece en el propio centro de la composición.

Como odio explicar la imágenes, porque creo que la iconografía, aunque es susceptible de buscar vías que aporten luz sobre su significado, más bien debe ser entendida de un modo más intuitivo o emocional, no seguiré por este camino. 

Creo que esta entrada aporta algunas pistas para entender estas poderosas imágenes que Picasso crea en los años 30 entorno a la figura del Minotauro, dando a su manera nueva vida a un mito al contarlo mediante su pintura, pues eso es lo que el mito necesita, nuevas voces que lo cuenten una y otra vez para elucidar nuevos significados, para seguir vivo a través de los tiempos.





Fauno, caballo y pájaro, 1936





Minotauro, 1933





Dora y el Minotauro, 1936






El Minotauro y Marie Thérese, 1934





Minotauro y desnudo, 1933





Minotauro acariciando a una mujer dormida, 1933





Minotauromaquia, 1935





Minotauro herido, 1933





Minotauro herido, caballo y personajes, 1936





Minotauro muriendo, 1936





Fauno desvelando a una joven durmiente (Júpiter y Antiope, Rembrandt) 1936





Marie Thérese como vestal contempla al Minotauro dormido, 1933





Minotauro y escena báquica, 1933





Minotauro bebedor y mujeres, 1933





Los despojos de Minotauro vestido de arlequin, 1934





Minotauro ciego guiado por una niña, 1934





Minotauro ciego guiado por una niña, 1934





Sin título, 1938





Minotauro tirando de un carro, 1936





Minotauro y caballo muerto ante una gruta, 1936




jueves, 6 de junio de 2013

NADIE

"Cíclope, ¿me preguntas mi ilustre nombre? Pues voy a decírtelo, mas dame tú el don de hospitalidad como me has prometido. Mi nombre es Nadie. Nadie me llaman mi madre, mi padre y todos mis camaradas."
Odisea, Canto IX, 364-367


Ese ilustre Don Nadie es Odiseo, el viajero, y si la vida es un viaje por mares desconocidos, Odiseo es ese nadie, ese cualquier-hombre, ese cada quisque, que salimos cada mañana a pelear con los vientos y gobernar nuestra nave con el deseo de llegar a Itaca, mas sabiendo que llegar o no está en manos del destino. Agua y viento, fluidos y cambiantes, rigen nuestro rumbo y cuando más creemos acercarnos, más Posidón nos desvía de la ruta. 

Arribar cada día a una playa desconocida, hacer inesperados compañeros por el camino, y saber que en uno u otro recodo tendremos que despedirnos de nuevo. "Navigare necesse est, vivere non necesse", dice un soberbio Pompeyo. Hay que navegar, navegar y seguir navegando, sin prisa por llegar a puerto alguno, tan sólo sintiendo el viento en la cara, el destello del sol, el flamear de la vela... y la sal.




Julio Larraz, Odysseus 1993.



A mí mismo en mi 51 cumpleaños.