martes, 30 de julio de 2013

Giuseppe Castiglione / 郎世宁 (Lang Shining)

El cristianismo en China comienza bajo los auspicios de la Compañía de Jesús, de la mano del gran intelectual y misionero que fue el padre Mateo Ricci; pero junto a esta importantísima figura hay otro personaje no menos interesante, también jesuíta, que hizo de China su patria de Adopción, me estoy refiriendo al padre Giuseppe Castiglione.

Giuseppe Castiglione (Milán 1688 - Beijing 1766) en su juventud estudió pintura en Italia con Carlo Cornara y a los 19 años ingresó en la Compañía. Los jesuítas de China habían pedido que les mandaran un pintor a Beijing y Giuseppe, sea por celo misionero, sea por espíritu aventurero, pidió ser enviado allí, de modo que en 1715 llegó a China a la corte de los emperadores Qing, adoptando el nombre chino de Lang Shining.

Reinaba entonces el emperador Kang Xi, hombre con un apasionado interés por las artes y las ciencias, quien de inmediato nombró a Lang pintor de cámara. Las obligaciones de un pintor de la corte eran bastante estrictas, pues los pintores debían presentarse ante la guardia de palacio a las siete de la mañana e ir al estudio que tenían asignado para su trabajo, donde permanecían trabajando hasta las cinco de la tarde. 

Nuestro artista tuvo que familiarizarse con la técnica china de la pintura al temple sobre seda, ya que al emperador no le gustaba la pintura occidental al óleo. Del mismo modo debió asimilar mucho del estilo tradicional de pintura china con el que su público estaba más familiarizado, aunque consiguió introducir la perspectiva, el sombreado y en general acercó las convenciones de representación chinas tradicionales a los modos heredados del arte occidental, que el autor había aprendido en Italia. De este modo su arte, si bien tiene una inconfundible impronta china, acaba siendo un arte mestizo, mezcla de dos tradiciones muy diferentes y eso precisamente es lo que lo hace más interesante.

Su faceta como pintor oficial le obligó a pintar multitud de retratos del emperador, sobre todo de Qian Long, emperador que admiraba enormemente a Lang Shining, pero estos retratos siguen al pie de la letra las convenciones iconográficas chinas, ya que son obras muy condicionadas por su carácter oficial. 

Por ello me han interesado para esta entrada otras obras donde el autor puede dar más rienda suelta a su estilo peculiar sin sentirse cohibido por la tradición. Los manchúes, excelentes jinetes, amaban extraodinariamente a su caballos (casi tanto como los aristócratas ingleses, véase la obra de George Stubbs) y, como es obvio, todo corcel importante tenía su nombre y, según parece, merecía ser inmortalizado, puesto que el emperador encargó a nuestro autor esta serie de "diez corceles" que es la que constituye la entrada de hoy.

Estos diez retratos muestran a los caballos como los maravillosos seres vivos que son, cada uno con su personalidad, su  bello porte y una dignidad que no va en zaga de la de ningún ser humano. El padre Castiglione supo entender y expresar mediante su arte, antes que muchos ecologistas de hoy en día, la "humanidad" de nuestros compañeros animales.



 Caballo perteneciente a la serie "diez corceles"







 Caballo Hong Yu Zuo







 Caballo Da Wan Liu







 Caballo Ru Yi Cong







 Caballo Chi Hua Ying







 Caballo Ben Xiao Cong







 Caballo Pi Li Xiang







 Caballo Nie Yun Shi







 Caballo Xue Dian Diao







Caballo perteneciente a la serie "diez corceles"







Guerrero Manchú a caballo





miércoles, 24 de julio de 2013

Viajar para ver II: Monet, Musée de l'Orangerie

En 1890 a sus cincuenta años Monet tiene por fin la estabilidad económica suficiente para comprar Giverny, la finca donde solía pasar  largas temporadas, y comienza a construir su célebre jardín japonés, en el que invertirá una gran cantidad de tiempo y de sus ahorros para poblarlo de vegetación exótica, con un estanque cubierto de nenúfares y cruzado por un puente de diseño oriental. 

Esto no sería más que una anécdota si el dichoso jardín de Giverny, sus nenúfares y su puente, sus flores y los reflejos de la luz sobre el estanque no hubieran dado lugar a una de las producciones artísticas más extraordinarias y hoy en día más masivamente reproducidas del arte occidental. 
Quien no haya tenido en las paredes de su casa una reproducción de alguno de los más de 250 cuadros de nenúfares pintados por Monet que levante la mano. Los nenúfares de Monet han resultado ser una especie altamente invasiva que ha colonizado nuestros hogares, desplazando a la flora nativa. 

¿Por qué esta planetaria invasión? Para apreciar en todo su valor esta pintura merece la pena ir al Museo de l'Orangerie en París, donde se alberga un conjunto pictórico fundamental: un ciclo de ocho pinturas de enormes dimensiones donadas por el autor al estado francés a instancias de su amigo, el estadista Georges Clemenceau, en 1922. 

Estas obras constituyen una serie completa en sí misma y parece ser que fueron concebidas como tal para ser expuestas en las condiciones en que se ven hoy en día: en dos salas ovaladas con luz cenital matizada y representando las variaciones lumínicas del ciclo solar sobre el estanque de Giverny y sus Nymphéas, o la variación anual de las Estaciones.

Éste es uno de esos conjuntos artísticos en los que el espectador se ve metido en la obra, la ve desde dentro. Al igual que, cuando entras en la Capilla Sixtina, la obra de Miguel Ángel literalmente te envuelve y en cierto modo te sobrepasa, en este caso uno se ve dentro de un espacio oval, rodeado de unos cuadros de unas dimensiones que le obligan a recorrerlos, no sólo con la mirada, sino con los pies y no encuentra fácilmente el punto de vista deseado ¿de cerca? ¿de lejos? ¿de lado? todo esto acompañado por una multitud de otros desconcertados, entusiasmados, no-sabe-no-contesta espectadores, que dan vueltas, giran, se sientan, conversan, se fotografían, se aproximan, se alejan, se tumban, oyen música, filman, descansan de la pateada turística...

Siempre me ha encantado observar en los museos a toda esa multitud [sumus legio], a veces enfervorecida, como los antiguos peregrinos, muchas veces indiferente, a veces incluso hostil (¿pa qué van?), muchísimas veces cansada hasta la extenuación, y me encanta ver las cosas que acostumbran hacer cuando miran los cuadros, cómo se acercan hasta dar con la nariz en el cuadro, o bien se alejan, cómo escuchan sumisos las explicaciones de los diversos guías, cómo a veces gamberrean, más parecidos a las hordas vándalas, chancleta y bañador o chandal en ristre, que a unos pretendidos amantes del arte. 

En todo caso las masas y su, a veces, irreverencia frente al ARTE introducen la vida, con todo su ruido y su banalidad, en los sagrados recintos del arte, contagiando a esas venerables obras silentes algo del calor humano. Esta entrada es un homenaje a esas masas que somos todos y cada uno de nosotros, que este verano como siempre asaltaremos palacios y museos a la búsqueda de la obra perdida.































A mi muy querida amiga Celia, compañera de viajes y aventuras.


viernes, 19 de julio de 2013

Tres miradas judías III: Abshalom Jac Lahav

Me gusta, me gusta, me gusta mucho este joven pintor nacido en Jerusalem, pero afincado en Brooklin, me encanta su serie "48 judíos", unos magníficos retratos con los que interviene en el debate sobre la identidad judía mediante una aportación muy personal e inteligente.

La propia serie "48 judíos" ya es en cierto modo una cita, y esto es una característica relevante en su obra: la intertextualidad. Remite a la obra conocida de Gerhard Richter "48 retratos", que se presentó en el pabellón de Alemania en la Bienal de Venecia en 1972. Ya en aquella obra Richter, usando como modelos fotografías de libros de texto, pintaba una serie de retratos que proponían una reflexión sobre los "celebrities" de la CULTURA, jugando con la imagen canónica y el mismo hecho de la existencia de un canon

Lahav vuelve a utilizar imágenes que ya hemos visto, que nuestra memoria visual reconoce, pero las utiliza con un gran desparpajo pictórico, la muta, las decora, explora sus sentidos, su valor icónico, hace series sobre un determinado personaje, se burla del canon añadiendo o quitando personajes de la lista...

Su reutilización de imágenes reconocibles y, por asi decirlo, banales, es decir, procedentes de los Mass Media, le acerca al Pop Art. Su despreocupación al usarlas como un repertorio disponible le caracteriza como postmoderno. Pero lo que a mi particularmente me interesa, y mucho, es su enorme intuición pictórica, una cierta creación de texturas, estampados o decoraciones que me recuerda a Klimt, su uso del color, alegre, bello, eficaz, que me remite a los Nabis, en particular a Vuillard o a Bonnard, pero también a los grandes como Matisse o Warhol. 

Me gusta lo versátil de su estilo, su pincelada, a veces gruesa, a veces delicada, según lo requiere el tema. Me gusta también, y mucho, su desenfado. Después de haber visto las obras de Kaufmann y de Nussbaum, uno respira aliviado viendo a estos judíos, ya no dolientes, ya no marginados, sino, en cierto modo, un panteón de viris illustribus judíos, cuya identidad judía es, como todas las identidades contemporáneas, oscilante, múltiple, a veces evanescente. 

Estos 48 judíos son, ante todo, 48 iconos del mundo global, 48 grandes seres humanos, a los que Lahav explora desde fuera hacia adentro, es decir, desde su cáscara, su valor icónico, hacia el interior, hacia el ser humano que vive tras la máscara, es decir tras la "persona".




P. S. Les recomiendo que hagan clic con el botón derecho en las imágenes para poder verlas en todo su tamaño, ya que las obras bien lo merecen.

                            Anne Frank                                        Anne Frank
                            Albert Einstein                                    Anne Frank
                            Allen Gingsberg                                  Allen Gingsberg
                            Bob Dylan                                          Bob Dylan
                            Golda Meir                                         Bob Dylan
                            Harry Houdini                                     Gustav Mahler
                            Leonard Nimoy                                  Karl Marx
                            Marcel Marceau                                 Marc Chagall
                            Sigmund Freud                                   Marcel Proust
                            Primo Levi                                          Carl Sagan
                            Noam Chomsky                                 Noam Chomsky
                            Barry Manilow                                   Hannah Arendt