jueves, 31 de octubre de 2013

Homenaje a Eduardo Chillida



Eduardo Chillida Juantegui (San Sebastián 1924 - San Sebastián 2002) no pensaba precisamente en dedicarse a la escultura como primera vocación, sino que comenzó una carrera como futbolista en La Real Sociedad, club que presidía entonces su padre. Jugaba de portero y dicen que jugaba bien, pero una caída (¡providenciales caídas! ¿qué hubiese sido del cristianismo si Pablo de Tarso no se hubiera caído de un caballo?) le retiró antes de tiempo de la vida deportiva. 

Tras la lesión, se va primero a Madrid, donde sigue clases de dibujo en el Círculo de Bellas Artes y hace sus pinitos en la escultura, y luego a París, donde se hará a sí mismo como escultor y entrará en contacto con las vanguardias artísticas del momento.

En 1951, ya investido con una enorme fama y reconocimiento internacionales, vuelve a su país definitivamente. Fueron famosas sus agrias polémicas con el otro gran escultor vasco, Jorge Oteiza, aunque llegaron a reconciliarse hacia el final de su vida.

En España ha defendido la obra pública como un modo de acercar el arte a la comunidad y así ha dejado algunas bellísimas obras que nunca dejaremos de admirar y agradecerle por la particular poética que han aportado a los espacios públicos, pienso en el maravilloso "Peine del viento" de San Sebastián o en el "Elogio del horizonte" que preside la bahía de Gijón. Si aún no los han visto, merece bien la pena que vayan Vds. a verlos, es más, no deberían perdérselos mientras aún sigan siendo públicos.
 
Eduardo Chillida, buscando un espacio para exponer de un modo estable su obra, compró el caserío de Zabalaga, caserío del siglo XVI cerca de Hernani, y tras un complejo proceso de restauración lo convirtió en un amplio parque escultórico, donde exponía en el jardín exterior su obra de grandes dimensiones en hierro o piedra, y dentro del caserío la obra de pequeño formato en alabastro, madera o los grabados.
Yo tuve la gran suerte de visitar este museo del Chillida Leku antes de su cierre y por ello se me ha ocurrido traer a esta entrada las fotografías que hice en ese viaje. Disculpen Vds. por su mala calidad, al menos son mías y no tienen más intención que expresar torpemente mi enorme admiración por este genial escultor vasco, español y universal.

Creo que es una vergüenza nacional, entiéndase nacional al nivel del país vasco o del país España, que mientras un envoltorio vacuo, huero y ajeno a nuestro arte autóctono, como el Guggenheim de Bilbao se lleva las subvenciones públicas y los aplausos de los papanatas de turno, la obra de Chillida no pueda verse, porque ni las autoridades vascas ni las españolas han puesto los fondos necesarios para que el Chillida Leku siga abierto al público. Esta es la gestión de la cultura en España: de charanga y pandereta.






































































































































domingo, 27 de octubre de 2013

Velázquez vs Machado

Me gusta mucho el maridaje entre dos artes, como son la pintura y la poesía, completamente diferentes, que por desgracia no se da con demasiada frecuencia. Manuel Machado, gran poeta hoy menos estimado de lo que merece, escribió algunos bellos poemas inspirados en cuadros, ya que era un apasionado de la pintura y buen conocedor del Museo del Prado. Hoy, que este museo expone de nuevo una antológica de la obra de Velázquez, me ha parecido buena idea traer un ejemplo de este maridaje. 

En su libro de poemas Apolo.Teatro pictórico, Manuel Machado, sevillano como Velázquez, dedica el soneto que aparece en esta entrada a su paisano y a la Infanta Margarita. Sin embargo, como suele pasar en las obras literarias, probablemente el autor pensaba en varias obras a la vez cuando escribía y fiaba en su memoria visual al componer su poema ¿Cuál de estas dos imágenes piensan Vds. que fue la que le sirvió de motivo inspirador?  

La primera obra, que por muchos años fue atribuída a Velázquez, hoy sabemos que fue pintada por su discípulo y yerno, Juan Bautista Martínez del Mazo, en 1665, poco antes de que la infanta fuera enviada a casarse con su tío Leopoldo I de Habsburgo y años después de la muerte del pintor sevillano. La segunda está en la memoria visual de todo español, pues es la imagen de la infanta que aparece en el cuadro más famoso de toda la pintura española: Las Meninas.




VELÁZQUEZ: LA INFANTA MARGARITA

Como una flor clorótica el semblante,
que hábil pincel tiñó de leche y fresa,
emerge del pomposo guardainfante,
entre sus galas cortesanas presa.

La mano -ámbar de ensueño-, entre los tules
de la falda demáyase y sostiene
el pañuelo riquísimo, que viene
de los ojos atónitos y azules.

Italia, Francia, Portugal... Poniente
sol de la gloria el último destello
en sus mejillas infantiles posa...

Y corona no más su augusta frente
la dorada ceniza del cabello,
que apenas prende el leve lazo rosa.

                                  Manuel Machado Ruiz.





 Retrato de la infanta Margarita, Juan Bautista Martínez del Mazo, 1665 [212 x 147 cm] Museo del Prado.






Las Meninas, Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, 1656 [318 x 276 cm] Museo del Prado






La Meninas, detalle: Infanta Margarita.



Cuando buscaba imágenes de la infanta para esta entrada me sorprendió no encontrar ningún retrato suyo en la edad adulta; por ello, después de echar un vistazo a la Wikipedia, me he quedado un tanto triste al saber la razón: la Infanta Margarita Teresa de Austria, que se casó a los 15 años con su tío, el emperador Leopoldo I de Austria al que dió cuatro hijos, muere a los 21 años, en el parto del cuarto, una niña rubia y de ojos azules llamada Maria Ana.


lunes, 21 de octubre de 2013

Hermano lobo... (Sir Edwin Landseer)

Así comenzaba el sermón que San Francisco de Asís le dirigiera al famoso lobo del Gubbio y que, según la leyenda, consiguió amansarlo y que dejase de ser el terror de la comarca. Siempre me ha gustado esta historia de un santo que habla con los animales como con semejantes, esto es, como prójimos, compañeros de este planeta Tierra en el que y del que vivimos unos y otros. 

En un país como el nuestro, donde como Fiesta Nacional se sacrifican toros, en cuyas fiestas patronales se maltratan animales siguiendo venerables tradiciones y donde el abandono de mascotas es un popular deporte de verano, no es muy probable que los generosos sentimientos hacia nuestros prójimos animales prosperen. Por ello no es sorprendente que la pintura de animales, que en el Reino Unido ha tenido siempre grandes cultivadores, en España no haya producido ninguna muestra digna de mención. Los únicos perros que yo recuerdo en la pintura española son el perro de Las Meninas (el que pisa el enano) y el perrillo que aparece en el retrato del príncipe Felipe Próspero, de Velázquez.

En las islas británicas en cambio, la pintura de animales ha producido grandes obras y ha llegado a los palacios y a las Colecciones Nacionales, y así uno por ejemplo puede ver en un lugar de honor en la National Gallery un gran cuadro de un caballo, de Stubbs, o si va a la Tate Gallery podrá ver alguno de los cuadros de nuestro autor de hoy, Sir Edwin Landseer (1802-1873).

Este pintor, de extraordinarias aptitudes, siempre se centró desde su infancia en la pintura de animales. Su talento para la exacta representación anatómica de los diversos animales es incomparable, pero al mismo tiempo su simpatía y el reconocimiento de la dignidad del animal como un ser vivo, que comparte con nosotros los humanos unas cualidades, un carácter y unas virtudes dignas de enaltecimiento, hacen de Landseer, a mi modo de ver, el mejor pintor en este género, ya que nadie como él ha sabido captar esa impresión de majestad que transmite un gran ciervo macho, como el que retrata en The Monarch of the Glen, o la mirada inquieta de inteligencia o de devoción de un perro.

Sir Edwin Landseer tuvo mucho éxito en vida, sus pinturas eran adquiridas a gran precio por la nobleza y sus grabados, más baratos, inundaron las casas de la clase media victoriana, fue muy admirado por la propia reina Victoria y cosechó una no desdeñable fortuna. A pesar de ello su existencia no fue nada fácil, ya que tuvo que lidiar con serios trastornos mentales, causados por la depresión, el estrés y sus adicciones, problemas que sobrellevó manteniendo un fuerte ritmo de trabajo hasta una avanzada edad. 

Curiosamente hoy es más conocido por lo único de su obra que no es pintura: los leones de bronce que hay en la base de la columna de Nelson, en Trafalgar Square, que diseñó por encargo de la Oficina de Obras y Edificaciones en 1858. Así pues, cuando vayan a Londres y hagan la clásica foto de los leones de Trafalgar, acuérdense del amigo Sir Edwin, gran amante de nuestros hermanos los animales.





 El rey del páramo (Monarch of the Glen) 1851






 Un miembro distinguido de la Sociedad Protectora de Animales, 1838.






 Eros, el galgo favorito del Príncipe Alberto, 1841.






 El campeón: Venus, Terranova Landseer con un conejo.






 Dignidad y descaro, 1839.






 Buscando migajas en la mesa del hombre rico, 1858.






 King Charles Spaniels, los perros del caballero, 1845






 Deerhound y Foxhound.






 Bloodhound durmiendo, 1835






 Halcón, 1837






 La tienda árabe, 1866






 Herraje, 1844.






 Estudio de león.






 El hombre propone y Dios dispone, 1866.






El mono viajado, 1827.





lunes, 14 de octubre de 2013

Mary Delany, "Mrs Scissorhands"

La vida a veces también puede empezar a los 71 años, al menos la vida artística. No dejo de pensar en cómo esta dama inglesa, a la edad en que muchas personas se consideran llegadas al término de sus días, tras quedar viuda inconsolable de su amado esposo, el Reverendo Delany, comenzó a componer estos collages tan exactos, tan bellos, tan delicados, con sus tijeritas, sus papeles de colores y su inmenso amor por las plantas, la jardinería y la botánica, y cómo fue pacientemente recortando, recortando hasta dejar una colección de diez volúmenes de cuadernos, conteniendo 1700 collages de flores de papel.

Retrocedamos un poco ¿Quién fue esta señora? Mary Delany (de nacimiento Grandville) nació en 1700 en una familia aristocrática partidaria de los Estuardo, que con la llegada de la dinastía Hannover quedó un tanto descolocada y empobrecida. A los 17 años la casan con Mr Alexander Pendraves, de 60 años. Este ilustre, y rico, miembro del Parlamento era, entre otras cosas, un gran aficionado a la botella, que al menos tuvo el galante gesto de dejar viuda a su infeliz esposa a los 21. En aquellos tiempos las viudas disponían de una libertad de movimientos que las solteras no tenían. Mary Pendraves era libre, pero volvía a ser pobre. Su marido no había tenido la precaución de cambiar su testamento y dejó a su viuda ligera de equipaje. 

No se amedrentó por ello esta dama, que, instalada en Londres, entabló amistad con figuras de las artes y las letras del momento como Haendel y Jonathan Swift. A través de su amigo el escritor conocerá a su segundo marido, un clérigo anglicano irlandés, con quien vivirá un largo y feliz matrimonio. La pareja se compenetra en su común amor por la horticultura y la jardinería. En 1768, después de 25 años de matrimonio, vuelve a enviudar.

Comienza, para distraer su dolor, y su aburrimiento, a pasar temporadas en Bulstrode, en el Buckinghamshire, con su amiga Margaret, condesa viuda de Portland. Allí es donde se aficiona poco a poco a hacer collages de papel y va entablando relación con algunos estudiosos de la botánica, como Joseph Banks y Daniel Solander. La botánica hace furor, Linneus es un éxito de ventas, por esos años se crean los Reales Jardines Botánicos de Kew, una maravilla que todo amante de las plantas debe visitar.

En su vejez va a conocer la celebridad Mary Delany, pues su arte pronto sobresale y mucha gente le enviaba ejemplares de flores para que las "retratara" a su peculiar manera, hasta tal punto puso de moda esta afición que frecuentaba al rey Jorge III y su esposa Charlotte y se dedicaban todos juntos a recortar y hacer decoupage

De hecho sus reales amigos le concedieron una no desdeñable pensión, de manera que pudo dedicarse, ya sin inquietudes económicas, a componer sus mosaicos, como ella los llamaba, hasta la edad de 88 años,  cuando la vista le falló, y la vida, pues murió ese mismo año de 1788, habiendo dejado a la posteridad una obra singularísima, que hoy se conserva en el British Museum. 

Me parece una auténtica heroína esta Mary Manostijeras, armada, además de con sus herramientas, de un talento, un amor y una delicadeza conmovedores. Que Vds. lo disfruten.




Amygdalus Persica

Ipomea Coccinea

Mimosa Arborea

Gloriosa Superba

Pancratium Maritimum

Impatiens Noli Tangere

Rosa Gallica

Gardenia Florida

Selinum Palustre

Scorzonera Picroides

Primula Polyanthus Elatior

Punica Granatum

Lilium Canadense

Vicia Sylvatica

Agrostemma Githago

Mesembriathemum, Aureum Solandri

Carduus Nutans

Aeschelus Hippocastanum

Alcea Rosea

Dianthus Caryophylus

Convolvulus Arvensis

Ranunculus Asiaticus

Papaver Somniferum

Fragaria Vesca

Pyrus Malus

Physalis

Rosa Alpina (Halifax)

Crinum Asiaticum

Viburnum Opulus

Magnolia Grandiflora

Tulipa Silvestris

Iris Squalens


A mi querida amiga y gran naturalista, Mari Luz, por su cumple.