sábado, 23 de noviembre de 2013

La gloria de las flores: Jan van Huysum


A menudo con la mística de lo "artístico" perdemos de vista un hecho fundamental: que la pintura es, o solía ser, un oficio, un honrado oficio artesanal, y el artista un profesional que necesita una clientela constante que le provea de encargos suficientes como para poder vivir de su arte. El artista de esta entrada cumple con estos requisitos de ser un artesano, sólidamente formado y con una cualificación profesional impecable que ofrece un producto de primera calidad a sus clientes.

Jan van Huysum (Amsterdam 1682 - Amsterdam 1747) aprendió la profesión en el seno de su familia, su padre Justus, pintor de flores, fue su maestro, y tuvo además otros tres hermanos pintores, Justus el joven, Michiel y Jacob. Se puede decir pues que los Huysum al completo constituían una próspera empresa familiar. Esta familia por cierto me recuerda mucho a la familia Bach, de la que hay al menos cuatro generaciones de músicos, e ilustra cómo era una cierta clase media urbana en esos siglos, en que los oficios aún se heredaban de padres a hijos.

La pintura holandesa ha protagonizado una revolución a partir de la reforma protestante y gracias a ello será en Holanda donde surja lo que hoy llamamos pintura burguesa. Los holandeses, severos calvinistas, tienen una fobia a la representación religiosa digna de Moisés; así pues los pintores, al no poder cultivar la pintura religiosa y enmarcados en una sociedad puritana que ve con recelo la ostentación, hubieron de evolucionar hacia otros géneros menos ampulosos, formatos más pequeños, más para ser colocados en el salón de casa que en la galería palaciega. Surge así el bodegón, la pintura de flores, las escenas costumbristas de interiores o de taberna, los paisajes de pequeño formato y un largo etcétera con los que hoy estamos tan familiarizados.

En esta pintura se enmarca la obra de Jan van Huysum, un pintor especialista que ofrece un producto diferenciado en un mercado muy competitivo y diversificado, como era el mercado artístico de la Holanda del XVIII. Tuvo también una gran clientela entre las cortes de toda Europa y sus obras alcanzaron en vida de su autor unas cotizaciones récord. Parece haber sido un pintor extremadamente escrupuloso en cuanto a la fidelidad al natural. Es reveladora una anécdota: una vez escribió a un cliente que su cuadro tardaría un año porque el pintor no encontraba la rosa amarilla que necesitaba para completar la composición. Esto nos habla de un trabajo lento y pulcro en el estudio, donde la observación al detalle y al natural es la norma de la casa.

Tratándose, como es el caso del autor, de un piadoso calvinista, dejadme que concluya con una cita, incluida en una de sus obras, del Evangelio, pues toda pintura debe tener también su mensaje edificante: "Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no se fatigan ni hilan; y yo os aseguro que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos" (Mateo, 6, 28-30). Esto es amor por las flores





















































































viernes, 22 de noviembre de 2013

J. Nemo


El fotógrafo de origen serbio Abraham Brancovic, nació por casualidad en la Transilvania rumana en 1962, en el seno de una familia gitana nómada. Como consecuencia de la política de opresión a las minorías étnicas de Ceaucescu, es secuestrado por el estado rumano y obligado a educarse en un tétrico internado. Escapa de allí con unos compañeros en 1978 y consigue llegar a pie con grandes penalidades a Varna (Bulgaria) donde embarca como polizón en un barco mercante con rumbo a Londres. Se salva de ser entregado a las autoridades gracias a que una epidemia que se ha declarado entre la tripulación pone al barco en cuarentena. Aprovechando esta circunstancia consigue abandonar el mercante a escondidas  y confundirse entre la inmigración londinense.

Un vez en Londres cambiará su nombre por el de J. Nemo. Durante unos años va a vivir en la más completa indigencia ocupando edificios abandonados, dedicado a pequeños hurtos y a la prostitución. Su salud se resiente de la situación de desarraigo y con el tiempo se ve afectado por una particular agorafobia que le obliga a vivir encerrado en su cuarto, comienza a desarrollar ideas delirantes y cree que la luz solar puede matarle, idea que refuerza su agorafobia y le constriñe a una vida de clausura permanente. 

Encuentra un cierto solaz a su situación fotografiando escenas de la televisión que hay siempre encendida en su cuarto y que es su casi única comunicación con el mundo exterior. Son los años 80 y convive en pisos ocupados con miembros del movimiento punk en cuyos ambientes comienzan a alcanzar una cierta notoriedad sus peculiares fotografías. A través de un conocido, miembro de los Joy Division, consigue una exposición en una galería del Soho. 

Desde este momento conoce unos pocos años de fama y una mínima estabilidad económica, pero la presión del éxito, junto con su extrema insociabilidad y sus problemas con las drogas menoscaban su ya frágil salud mental, alternando la depresión con episodios psicóticos. Víctima del síndrome de Lugosi, agrede brutalmente a un joven vecino, agresión que provoca su internamiento en una unidad psiquiátrica. Allí desarrolla una fatal anorexia, o hay quien dice que inicia una huelga de hambre, de la que fallece en 1987 a los 25 años.

He traido a esta entrada unas cuantas muestras de su modo de hacer, sus imágenes hablan de la ininteligibilidad del mundo, de nuestra incapacidad para descifrarlo; no pretenden ser "artísticas", tan sólo capturan esos reality bites que son como piezas de un puzzle, pero un puzzle del que hemos perdido parte de las piezas y el modelo y ya no conseguimos reconocer cuál era la imagen que formaban, son sólo retazos mudos, objetos arrastrados por la marea.

 Alguien dijo que el arte crea significados. En este sentido la obra de J. Nemo lo que quiere mostrar es que no existe el significado, sólo signos a la deriva que somos incapaces de interpretar.











































































martes, 19 de noviembre de 2013

Isaac Cordal: comentario a la modernidad


"Veo una multitud innumerable de hombres semejantes e iguales que giran sin descanso sobre sí mismos para procurarse pequeños placeres vulgares con los que llenan su alma. Cada uno de ellos, puesto aparte, es como extranjero al destino de todos los otros: sus hijos y sus amigos personales son para él toda la especie humana; en cuanto al resto de sus conciudadanos, está a su lado pero no los ve; los toca y no los siente; no existe más que en sí y para sí, y si aún le queda una familia, puede decirse que no tiene más patria. 
Por encima de estos se alza un poder inmenso y tutelar, que se encarga sólo de asegurar su recreo y velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y agradable. Se parecería al poder paterno si, como él, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero no busca, por el contrario, más que fijarlos irrevocablemente en la infancia; quiere que los ciudadanos disfruten, a condición de que no sueñen más que en regocijarse; trabaja con gusto para su felicidad, pero quiere ser el único actor y el único árbitro; provee a su seguridad, prevé y asegura sus necesidades, facilita sus placeres, conduce sus principales asuntos, dirige su industria, regula sus sucesiones, divide sus herencias; ¿no puede quitarles totalmente el esfuerzo de pensar y la pena de vivir?" 

Este texto, escrito en el siglo XIX por Alexis de Tocqueville describe nuestro mundo contemporáneo a la perfección: he aquí al hombre medio, ese especimen estándard al que los Mass Media dirigen sus mensajes y he aquí a las "democracias" de los países desarrollados, omnipotentes máquinas de control.  
 
Me ha venido a la cabeza este profético texto al introducir la obra Cement Eclipse del gallego Isaac Cordal (Pontevedra 1974), actualmente residente en Londres. Isaac Cordal trabaja sus modelos en arcilla, creando luego moldes de silicona que rellena con cemento, dando lugar a unas figuras de rasgos fuertemente estandarizados, por lo común hombres con traje ejecutivo y maletín, aunque también, como en los belenes clásicos, hay otras tipologías. 

El artista coloca y después fotografía a sus homúnculos en lugares y agrupaciones muy particulares que constituyen en sí todo un comentario a nuestra civilización de urbanismo degradado, de feísmo infinito, espacios de gris cemento, y a lo que ese entorno, previamente degradado por el hombre, hace sobre el propio ser humano. El comentario, a veces irónico, a veces desolador, induce a una reflexión sobre la deshumanización contemporánea,  parece incluso interrogarse sobre si nuestra sociedad actual no se habrá convertido ya de hecho en una sociedad "posthumana".



























































 



















































Para más información sobre la obra interesantísima de este joven pontevedrés les remito a la página del propio artista: http://www.isaac.alg-a.org/


jueves, 14 de noviembre de 2013

De la fête galante al after hours: Terry Rodgers


Como las fêtes galantes de Watteau, estos oníricos after hours de Terry Rodgers son la representación de un imaginario colectivo. Si en el siglo XVIII Watteau imaginó a los caballeros y las damas de una estilizada aristocracia flirteando y metiéndose mano en jardines cuidadamente descuidados, en el preludio del acto amoroso, en un cortejarse cuyo desenlace era púdicamente hurtado a la mirada del espectador, hoy en este siglo XXI tan viejo que sabe más por viejo que por diablo, en este tiempo posthistórico, donde sólo queda, a falta de inocencia, la ironía, Terry Rodgers nos propone unas fiestas un poco más golfas que las de nuestros antepasados. 

Aquí los hijos guapos de los ricos, más sexualmente desenvueltos, esa jeunesse dorée de Los Angeles, San Petersburgo o de Ibiza, las Paris Hilton de la tierra, esa extraña aristocracia de los Hammer-limusina, la silicona, el camello de confianza y el disc jockey hecho venir en el jet privado, son pintados en telas de gran formato, en abigarradas escenas en el después de la fiesta, ese momento en que ya ha amanecido o está a punto de hacerlo y ya te has bebido todo lo bebible, la coca se ha acabado y el tiempo de la orgía o de la música ha pasado para dejar paso de nuevo al aburrimiento de lo cotidiano. 

Es un mundo imaginario y no pretende, creo, ser una representación "real" de una supuesta jet set. Yo diría más bien que el autor, con mucha perspicacia, trata de lo que nosotros, los deseantes, los mirones de esas fiestas, imaginamos que es, de esa categoría de lo socialmente deseable.  Y así vemos todos estos cuerpos invariablemente perfectos, de anuncio de moda. Ellos y ellas podrían salir de las páginas de VOGUE, incluso la composición podría ser una un tanto estrafalaria performance de un Galliano, o bien una sesión fotográfica de un anuncio de lencería, maquillaje, o vaya usted a saber. Como en la publicidad o en los Mass Media, el SEXO en nuestra cultura líquida global es la gran mercancía y por tanto lo imprega TODO. 

Terry Rodgers propone una mirada sobre este curioso tiempo que vivimos, donde la experiencia personal y la mediática se superponen y crean vivencias que, aún siendo percibidas como personales, son socialmente inducidas y representan por tanto lo impersonal en estado puro, pero lo hace además sin la mirada agria de un Houellebecq, sin crítico puritanismo, con la mirada colorista de un Rubens, tras la que esconde una taimada y sonriente ironía. Que ustedes disfruten con estas modernas fêtes galantes.














































































Para saber más sobre la obra de Terry Rodgers: http://www.terryrodgers.com/