sábado, 16 de agosto de 2014

George Grosz I: El rebelde


Putas, ávidos ricachones de aspecto porcino, militares brutales, gángsters, bohemios, mendigos, marineros de permiso, bares dudosos, borrachos, fascistas de cara siniestra, esos son los tipos que George Grosz gusta representar en sus obras, la mayor parte de ellas dibujos, acuarelas o tintas que luego serigrafía y reproduce en revistas satíricas. La sociedad del Berlín donde vive se le muestra como un inmenso mercado donde todo está a la venta, un mundo corrompido por el dinero, donde el que tiene compra y el que no se vende, donde bajo la tenue capa de la civilización sólo se esconden los turbios instintos, la lucha de poder, la violencia del rico sobre el pobre.

George Grosz (Berlín 1893 - Berlín 1959) pertenece, como Adolf Hitler, a esa generación que luchó en la Primera Guerra Mundial, la perdió y el sentido de alienación que esa experiencia traumática les produjo los condujo a la política radical, a Hitler hacia el Nacional-Socialismo, a Grosz hacia el Comunismo. Grosz participa en la revuelta de los Espartaquistas en 1919, año en que se afilia al partido comunista alemán, hasta 1922 en que un viaje a la Rusia soviética le aparta del comunismo, a pesar de seguir manteniendo una actitud de extrema izquierda, antimilitarista, antirreligiosa y sobre todo antiburguesa. Curiosamente desde joven sus lecturas de autores americanos le despiertan una gran admiración por la sociedad norteamericana, por sus ideales de libertad, una nación que él imagina como la tierra de las oportunidades, frente a la cerrada y jerarquizada sociedad europea de su tiempo. Ello hará que, cuando en 1933 el partido nazi llegue al poder, Grosz huya a los Estados Unidos y viva allí sus próximos 25 años.

La Primera Guerra Mundial fue una horrible masacre que hizo desplomarse todo el mundo mental y cultural del siglo XIX; el mundo es sacudido en la postguerra por violentas convulsiones, tres hechos son los más significativos: la Revolución Soviética, la humillación de Alemania y la crisis del 29. Estos tres jinetes del Apocalipsis van a detonar la Segunda Guerra Mundial. La civilización occidental tal como era conocida hasta entonces parece que va a desaparecer arrollada por la barbarie; en ese ambiente apocalíptico de fin de los tiempos cada uno hace sus interpretaciones, los nazis le echarán la culpa a los judíos y a los comunistas, los comunistas, como Grosz, le echan la culpa al capitalismo, a la Iglesia y la moral tradicional y al militarismo prusiano.

En estos momentos de lucha sectaria el arte es un arma, el artista un combatiente, de ahí la extrema mordacidad del arte de Grosz, él quiere desenmascarar al enemigo, al cerdo burgués que todo lo corrompe con su dinero, a los curas que otorgan sus bendiciones a los ricos, al militar que es la espada de su amo y a los políticos corruptos al servicio del capital. En tiempos de guerra la belleza es un lujo, es más, es incluso un delito, una cursilería pequeñoburguesa. El arte debe ser denuncia, debe ser una pistola que no yerre el tiro.

Sin embargo a mi, me van a perdonar ustedes, me parece que las acuarelas de Grosz poseen una extraordinaria belleza, diría más, un extraodinario lirismo, no un lirismo de vino y rosas, sino del tipo que se encuentra en Baudelaire, más incluso en Genet y su poesía de los bajos fondos. Grosz está seducido por esos bajos fondos, por esos turbios bares donde a media noche las putas alternan con matones de barrio, con borrachos o con tipos de pelaje más bien tirando a pardo, como los gatos. Le inspira y fascina el ambiente abarrotado de las calles de la gran ciudad, su mezcla de lujo y miseria, donde se dan la mano el millonario y el mendigo, el tráfico y las luces, lo artificial y lo impuro. 

Grosz extrae toda su potencia lírica de todo aquello que odia y mientras blasfema contra la maldita sociedad burguesa se convierte en su cronista más feroz, en un caricaturista que mira con una lente deformada para producir un esperpento de una conmovedora belleza, quizás precisamente por su monstruosidad. La obra de Grosz fue calificada, como no podía ser de otra forma, de arte degenerado, seguro que a él secretamente le complacía esta denominación. Degenerado no sé, pero ARTE en el más apasionado y radical sentido de la palabra, sin duda.




Metropolis, 1916-17




 El lejano Sur: la bella España, 1919.




 Serie Ecce homo, 1921.




Hampones en la barra, 1922.




 Joven, 1923.




 Berlin, escena callejera, 1924.




 Marinero en un club nocturno, 1925.




Primavera en París, 1925.




Kurfürstendamm, escena callejera, 1925.




 Los pilares de la sociedad, 1926.




Marido y mujer, 1926.




 Sin título, 1927.




La conversación, sin fecha (med. años 20)




 El agitador, 1928.




 Restaurante, 1928.




La tertulia, 1928-30.




Matrimonio, 1930.




Berlin, escena callejera, 1930.




Los paseantes, 1930.




La polvera, 1930.




2 comentarios:

  1. ¡Qué sensación más agridulce! Confusión, caos, individualismo exacerbado, ... En definitiva, creatividad en estado puro, concepto estupendamente definido por Rosa Montero como "un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza". Cuánto dolor debió de experimentar su autor, y cuánto consuelo debió de hallar en estas pinturas en las que, formando parte del Todo, aquel sentimiento se disuelve en una atmósfera de Belleza. Genial función terapéutica del Arte que, mágicamente, consigue tallar vidrios con apariencia de brillantes.

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    1. Tú lo has dicho, agridulce, el arte de George Grosz de esta época es una mezcla de bilis y de un extraño amor por las cosas, buena la frase de Rosa Montero: "un intento alquímico de trasmutar el sufrimiento en belleza", o como dice Vargas Llosa en un artículo dedicado a este pintor "te nutres de aquello que odias".
      El arte como forma de autoexpresión es una buena manera de hallar un cauce para los sentimientos negativos que de otra manera podrían destruirnos y se convierte así, además de en un necesario vehículo de crítica para la sociedad, en un saludable instrumento de terapia para el propio creador.

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