jueves, 7 de agosto de 2014

José Jiménez Aranda y la pintura de casacón

José Jiménez Aranda nace en 1837 en la sevillana plaza del Duque, en el seno de una familia de artesanos; su padre ebanista propiciará la afición por el arte de sus hijos, ya que tanto José como sus hermanos Luis y Manuel acabarán siendo pintores. En Sevilla aprende con pintores locales, sobre todo con Eduardo Cano de la Peña, quien le introduce en el estudio del natural como guía imprescindible para la composición y el dibujo. 

Tras sus primeros años de pintor costumbrista en Sevilla marcha a Jerez por razones de trabajo: colabora en la restauración de la iglesia de San Miguel. Allí conoce a su futura esposa, Dolores Vázquez Mancera, la que será el amor de toda su vida y con quien formará una nutrida familia de siete chicas y un varón. Durante esos primeros años de pintor joven presenta obras a los concursos y visita la capital. 

Pronto es consciente de que necesita completar su formación y marcha con la familia a Roma, donde, además del aprendizaje, tiene que seguir vendiendo para alimentar a sus hijos. Allí conoce a Mariano Fortuny, una celebridad internacional en esa época, quien le brinda su amistad y lo acoge bajo su protección. Fortuny en esos momentos es, junto con Meissonier en Francia, el máximo representante de la llamada "pintura de casacón" una pintura muy apreciada por la gran burguesía decimonónica y por lo tanto muy bien vendida y premiada, y para nuestro pintor, padre de familia numerosa, una salida viable para vivir de la pintura. 

La pintura de casacón satisface las aspiraciones del público burgués, con sus pretensiones de "buen gusto" al ofrecerles unas escenas, recreaciones de un pasado idealizado, el siglo XVIII (¿nostalgia prerrevolucionaria?), con unas técnicas y en un estilo cercano al arte rococó, pero con concesiones al exotismo decimonónico. Este tipo de pintura, especialmente en la Francia del segundo imperio hará furor entre los coleccionistas y así algunos marchantes como Goupil se harán ricos gracias a ella. 

La aportación de José Jiménez Aranda a este género será la de una generosa dosis de exotismo a la andaluza (piénsese que Sevilla es un mito para el turista romántico, la ciudad de la Carmen de Merimée, o del Barbero de Sevilla, o de Don Juan Tenorio, con sus raíces árabes, las corridas, las manolas y los bandidos, para los franceses resultaba tan exótica como el Japón). 

Nuestro pintor permanece en Roma hasta 1875 en que, tras la muerte de Fortuny, regresa a Valencia y luego a Sevilla. Por esta época conoce y hace estrecha amistad con Aureliano de Beruete y con Sorolla, lo que no dejará de influir en su estilo para mejor, comienza a interesarse más por la pintura al aire libre, por el paisaje, por la luz, pero sobre todo, poco a poco la pintura de casacón, esa pintura suntuosa, pero un poco relamida y falsa, comienza a decaer en los gustos del público, lo que le obligará a evolucionar. 

Todavía habrá otro cambio de domicilio para la familia Aranda, se van a París, donde tiene un mercado pujante para su obra y donde constata la muerte del historicismo en la pintura sustitutido por otras corrientes más modernas como el realismo. Allí su pintura inicia una progresiva evolución en este sentido, siendo un jalón en este camino su obra "Una desgracia", que envía a la Exposición de Bellas Artes de París, donde aborda el realismo social sin estridencias y con éxito. 

En 1890 se instala en Madrid estrechando sus vínculos con los pintores del momento, allí vive unos buenos años de éxito maduro, respetado por sus colegas como una celebridad, hasta que su mujer y su hija Rosa mueren en una epidemia de cólera y el pintor, muy afectado y deprimido, vuelve a su ciudad natal donde vivirá ya hasta su muerte en 1903. Este período verá surgir otro pintor, muy en contacto con las corrientes luministas y con los círculos de paisajistas, produciendo una obra muy interesante y muy diferente de lo hecho hasta entonces, como "Los pequeños naturalistas" o su paisaje de la playa de Chipiona, lo que muestra que fue toda su vida un enorme profesional que supo evolucionar hasta el final y seguir siempre aprendiendo.

Es así José Jiménez Aranda un grandísimo pintor español que hoy está por completo olvidado, pero que mostró que se puede vivir de la pintura y al mismo tiempo seguir creciendo como artista y que las necesidades del mercado y la propia dignidad como creador, si bien son difíciles de compaginar, con trabajo, con coherencia y con profesionalidad  al final se compaginan. Vaya desde aquí mi homenaje a este extraordinario pintor sevillano.




 La partida de ajedrez, o El café, 1889, colección particular.





 Los políticos, 1889. Colección de arte de la Fundación María José Jove. A Coruña.





 La tienda de Fígaro, 1875. The Walters Art Museum, Baltimore, USA.





 El aficionado a los pájaros, 1878.





 La lección de baile, 1888.





 Conversación en un patio de Sevilla, 1881, colección privada.





 Penitentes en la basílica inferior de Asís, 1874, Museo Nacional del Prado, Madrid.





 Sermón en el patio de los naranjos, 1876, Museo de San Francisco, USA.





Un lance en la plaza de toros, 1870, Museo Carmen Thyssen, Málaga.





 En el estudio, retrato de las hijas del pintor.





 La presentación.





 Don Quijote y Sancho vuelven al pueblo, colección privada.





 Una desgracia, París,1890.





 La echadora de cartas, 1893. Colección de arte de la Fundación María José Jove. A Coruña





 Los pequeños naturalistas, Sevilla, 1893.





 Los dos pintores.





 Playa de Chipiona.





Autorretrato, Sevilla 1901.




2 comentarios:

  1. ¡Qué maravilla! Tanto las entrañables escenas costumbristas, como las de temas franceses, o la que responde a la iconografía quijotesca con la exhaustiva descripción del entorno, los diversos objetos e incluso "la historia" insertada en la trama general, cuajada de "digresiones", evidencian el estado de ánimo y el carácter de los protagonistas. Qué eficaz paliativo de la desazón cotidiana constituyen estas imágenes. Y es que, reconozcámoslo, la Belleza es el mejor revitalizador de que disponemos. Ya lo decía Pessoa al considerar que la literatura, como el arte en general, es una prueba evidente de que la vida no basta. Lástima que él no haya tenido ocasión de conocer la versión actualizada del horaciano lema "docere et delectare" que tan magistralmente sabes impartir. Postdata: déjanos deberes antes de irte de vacaciones, que te echaremos mucho de menos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La verdad es que uno se siente seducido por las escenas de estos cuadros, por las historias que puedes imaginar que viven sus personajes, miras ese café con la luz que baja por el patio y piensas cómo será estar en un lugar así, te asomas por detrás de Don Quijote y Sancho y al ver el pueblo a la vuelta de su última aventura sientes toda la desazón, el fracaso y el extraño alivio que sienten los personajes.

      Es cierto, la vida no basta, por eso, como dice Baudelaire, es la hora de embriagarse, con vino, con poesía o con virtud, como gustéis. Pero embriagáos. Porque, sin la pequeña trampa de la imaginación, la realidad resulta insatisfactoria, roma, decepcionante.

      Aunque, pero eso es tema para otra conversación, también hay un arte de vivir, de hacer de tu propia vida una obra de arte, que urge aprender y para el que merece la pena entrenarse.

      Eliminar