viernes, 12 de septiembre de 2014

¡Mira ese cuadro! : Briton Riviere


En los tiempos de Briton Rivière (1840-1920) aún no habían oído hablar del calentamiento climático, los polos seguían estando tan helados como siempre, y casi tan desiertos, aunque algo de todo lo que vino después estaba ya en marcha; era la época de los grandes viajes de exploración (Scott, Amundsen) de los grandes buques balleneros, la gran expansión del hombre blanco en hábito de explorador, de misionero, de comerciante, de funcionario colonial. En aquellos tiempos aquello aún no tenía los visos de una siniestra y global profanación, sino que todavía podía revestirse con el honorable ropaje de la misión civilizadora, la conocida "carga del hombre blanco". Cuántos pueblos indígenas, cuántos ecosistemas, cuántas especies han sido exterminadas en nombre de la civilización.

Hoy, que la civilización es como un xapapote que todo lo mancha, que llega a todos lados, hoy que hay mares de plásticos que pronto serán cartografiados como el mar de los sargazos, que los polos ya más que polos son granizados de lo que se derriten los hielos cada verano, hoy que nos quedamos sin abejas, sin ballenas, sin anchoas, sin tantos y tantos seres vivos, que vivimos la era de la gran extinción (ríase usted de la de los dinosaurios), hoy que los seres humanos corremos el riesgo de ser, nosotros y nuestros animales de cría, los únicos seres vivos en un mundo empobrecido, parece que esta obrita del británico victoriano Briton Rivière cobra  por fin todo su significado.

Añoranza del mundo natural, de ese mundo no pisado por el hombre, nostalgia de los grandes espacios, de aquello que no nos debe su existencia, de lo que funciona según sus propias leyes, de lo que no nos necesita, del inmenso mundo del que somos tan sólo una mínima, minúscula partecilla. Los seres humanos vemos hoy a la Naturaleza como vemos a Dios, como lo absolutamente OTRO, pero es porque vivimos alienados de nuestro verdadero ser, por eso no podemos dejar de agredir, por eso corremos el riesgo de convertirnos en una PLAGA. No hay más camino que regresar, no hay más vía que despertar. Como dice el Tao Te King "El mundo es un recipiente espiritual", para superar la separación de la Naturaleza hay que renacer al Espíritu, sumirse en el ANIMA MUNDI,  ser, no sólo vivir.





Briton Rivière. Beyond Man's Footsteps, 1894. Tate Gallery, Londres.





P. S. Confieso que, con el calor tan horroroso que estamos pasando este septiembre en Alicante, mirar este cuadro me da un gustito como meter la cabeza en la nevera ¡Qué maravilla todo ese hielo!



4 comentarios:

  1. Absolutamente deprimente el panorama, ¿verdad? Lo peor no es que se produzcan cambios en la Naturaleza, sino que esos cambios no reviertan en nuestro beneficio. Eso no sólo nos convierte en un depredador depravado, sino también en el más estúpido.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Personalmente creo que nos estamos comportando como una plaga planetaria, exactamente como harían las cucarachas o las ratas o cualquier otra especie, con la diferencia, como decía un personaje de Matrix, de que los animales acaban llegando por sí mismos a una especie de equilibrio natural antes o después, mientras que los humanos depredamos hasta acabar con todo. No soy nada optimista respecto a que ese proceso se pueda revertir, creo por desgracia que a nuestros hijos les dejaremos un planeta peor, y lo que queda por venir.

      Eliminar
  2. A veces, los pequeños detalles, las pequeñas "obritas", tienen una rotundidad tremenda, avasalladora. El mundo natural, contemplado en todo su esplendor es de una belleza inconmensurable, sobre todo cuando tenemos la suerte de vivirlo en la máxima soledad y por tanto en toda su pureza. Pero cuidado, cuando la "civilización" está cerca, demasiadas veces, el "estar" nada tiene que ver con el "ser"

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo en lo de que el mundo natural es de una belleza inconmensurable estoy y no estoy de acuerdo, es verdad que es algo magnífico, pero también nos acompaña, yo al menos así lo he experimentado, una insidiosa sensación de insignificancia, de que ese mundo es por completo indiferente a nosotros, que nosotros no somos apenas nada para él. Reconozco que esa desasosegante sensación es la que me hace frecuentar poco el mundo natural y preferir el artificial y "casero" mundo de la ciudad.

      Eliminar