jueves, 13 de noviembre de 2014

Richard Diebenkorn

Richard Clifford Diebenkorn (Portland, Oregon, 1922 - Berkeley, California, 1993) ha sido toda su vida un pintor empeñado en una búsqueda personal que le ha llevado a seguir sus propias preocupaciones estéticas y sus propias investigaciones formales, a menudo en soledad y a contracorriente. 

Vive desde niño en el área de San Francisco y en los años 40 estudia en la universidad de Stanford, donde recibe una formación clásica y cultiva en sus comienzos un estilo fuertemente influenciado por Edward Hopper. Durante la guerra se alista en los marines y es destinado cerca de Washington, donde puede ver la Colección Phillips y conocer las obras de Bonnard, Cézanne y Matisse, influencias que van a ser fundamentales en su obra. En los años cincuenta se convierte en uno de los pintores más representativos del expresionismo abstracto americano y entra en contacto con la pintura de Mark Rothko y Jackson Pollock entre otros.

Curiosamente, en el momento en que el movimiento abstracto americano alcanza su máxima influencia y proyección, hacia mediados de los 50, Diebenkorn emprende un cambio de rumbo y evoluciona hacia la figuración, pintando paisajes e introduciendo incluso la figura humana. Años después, a raíz de su traslado a California  en 1966 vuelve a la abstracción de nuevo, evolución que llegará a su culminación con la maravillosa serie Ocean Park, que todavía es la parte de su obra por la que es más universalmente conocido.

En 1978 representó a Estados Unidos en la Bienal de Venecia y en 1993 recibió la National Medal of Arts. Su obra ha sido una de las más relevantes en la pintura americana del siglo XX.

He escogido a Richard Diebenkorn porque me encanta su pintura, pero también porque es un paradigma que muestra cómo esa tajante frontera que a menudo trazamos entre abstracción y figuración no es más que la línea que un niño ha dibujado en la tierra con un palo. Cuando nos aproximamos a lo real, pictóricamente hablando, pensamos en líneas, en volúmenes, en los colores y sus armonías respectivas, en el peso de cada parte en la composición total, que será sin embargo percibida como un todo,  pensamos en la geometría interna que sostendrá la representación, no pensamos en un jarrón, en un monte, en un árbol, en una persona. El pintor piensa en términos pictóricos y estos son forma, línea, color. 

¿No les ha ocurrido que al ver un paisaje desde la ventanilla de un avión éste se ha convertido en un cuadro abstracto? Miramos hacia la tierra y lo que abajo son caminos, árboles, casas, montañas, se nos presenta en forma de líneas, texturas, secuencias. Lo que llamamos paisaje no es más que privilegiar el punto de vista de la perspectiva Brunellesciana, si adoptamos otro punto de vista diferente todo cambia de repente. Esto, entre otras muchas cosas, es lo que Diebenkorn nos enseña con esos paisajes donde lo importante son esas líneas, esas geometrías que cortan y secuencian la imagen y las masas de color. 

El color, este es uno de esos pintores que a mí me reconcilian con la pintura, porque visualmente es como una inundación de gozo del color, esos bellísimos verdes o azules, esas armonías tan cuidadosamente conseguidas, ese modo de rimar los tonos y crear un efecto global, esas superficies vibrantes, texturadas. Es un placer intenso contemplar la obra de Diebenkorn, hay una alegría y un lirismo, una vehemencia en el gesto pictórico que saben equilibrarse mutuamente para producir una obra única, la de un hombre discreto y profundamente honrado, que siguió sus intuiciones y consiguió, como un vinatero virtuoso, destilar la belleza usando su propia receta.






























































































































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