lunes, 8 de diciembre de 2014

Sólo con un lápiz

Ésta es una de esas historias que gustan tanto a los norteamericanos, la historia de un hombre hecho a sí mismo gracias a su esfuerzo y su talento, un hombre que ganó cientos de miles de dolares y que, tras haber vivido en la opulencia, acabó sus días en la más absoluta miseria. Y todo esto lo consiguió armado sólo con un lápiz.

Henry Patrick Raleigh (San Francisco 1880 - Nueva York 1944) nació en una familia pobre y rota, por lo que tuvo que ponerse a trabajar siendo sólo un niño para ayudar en casa. Al principio vende periódicos, pronto encuentra trabajo en los muelles de San Francisco para una empresa importadora de café. Posee un temprano talento para el dibujo que le hace dibujar a todas horas, despertando la atención de su jefe, el coronel Clarence Bickford, quien le toma cariño y se ofrece a costearle los estudios en la prestigiosa Academia de arte Hopkins, donde se gradua dos años después. 

Comienza a trabajar para el San Francisco Bulletin, con gran éxito y a los 19 años se convierte en uno de los ilustradores diarios mejor pagados de la ciudad. Sus ilustraciones llaman la atención del magnate de la prensa William Randolph Hearst, que se lo lleva consigo a Nueva York a trabajar en su periódico. Ni un año ha pasado cuando The World le ofrece un espectacular aumento de sueldo para trabajar para su grupo editorial. A partir de ahí comienza el "reinado" de Henry Raleigh. Junto a su trabajo diario en el periódico, colabora con revistas importantes como Harper's Bazar, Collier's, Vanity Fair o The Saturday Evening Post. Toca todos los palos, ilustra las noticias de la prensa escrita, pero también hace publicidad, ilustración literaria con autores como H. G. Wells, F. Scott Fitzgerald, Agatha Christie, Faulkner, Sinclair Lewis etc, incluso ilustra cuentos para niños con una delicadeza muy especial. 

Toda esta actividad le reportará una cantidad enorme de dinero,  durante los años 20 y 30 será probablemente el ilustrador americano mejor pagado, lleva una vida de rico, con apartamento en Manhattan, yate, brillante vida social y viaje a Europa cada año. Nuestro autor se ha convertido en una especie de gran Gatsby. Su obra refleja todo este mundo brillante y frívolo de la alta sociedad, su glamour y sus gustos. Justamente es su retrato de la vida de la alta sociedad en una escenas costumbristas muy bien construidas lo que le reporta mayor fama.

Sin embargo nada dura para siempre; a los felices años veinte y su despreocupación sigue la Gran Depresión y a ésta la Guerra Mundial. El estilo de Raleigh se va quedando anticuado y los encargos poco a poco empiezan a disminuir, al mismo tiempo las revistas ilustradas comienzan cada vez más a introducir el color, nuestro autor intenta adaptarse, pero él no es un pintor, sino un dibujante, un grandísimo dibujante. Raleigh, que ha sido más cigarra que hormiga y no ha hecho muchos ahorros, acaba en la ruina, y en 1944 pone fin a su vida arrojándose desde la ventana de un hotel en Times Square.

Hoy la imagen glamourosa de las fiestas de la alta sociedad la recordamos vagamente a través del cine y al contemplar las ilustraciones de Henry Raleigh no podemos evitar el asalto de una leve nostalgia por ese mundo brillante y alocado que se fue para nunca más volver. 

Lo que queda en cambio, lo que sí que queda, son unas imágenes construidas con una técnica de dibujo extraordinaria, por lo eficaz, por lo económica y por lo versátil. El ilustrador domina de un modo magistral el arte de componer una escena con un grupo de personajes y de mostrárnoslos vivos, definidos mediante sus propios gestos; sabe cuándo y dónde detallar un rostro o un contorno, y dónde y cuándo dejar las líneas abocetadas para que el espectador complete por sí solo la imagen, en esto ha aprendido de los mejores y vemos en ocasiones el talento satírico de Daumier, pero templado por una elegancia clásica. 

Raleigh supo como nadie retratar un tipo de sociedad y devolverle la imagen que ésta tenía de sí misma en su momento de mayor autoconfianza, puso ante sus ojos un espejo idealizador y benevolente, y esta sociedad le devolvió su devoción e hizo de él su predilecto.





















































































































3 comentarios:

  1. Me ha encantado a entrada. La biografía del dibujante y la aparente sencillez de los dibujos - afortunadamente sin colorear - parece invitarnos a la reflexión sobre lo que el Arte debió de significar para su creador: una vida potenciada, intensamente gozada, pero también rápidamente consumida, que, a la larga, engendraría cierta hipersensibilidad refinada, así como un cansancio y una insaciable curiosidad que difícilmente podrían ser fruto de una vida cómoda, aun colmada de gozos y pasiones.

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    1. Raleigh parece haber sido una de esas personas que se beben la vida a tragos, que luchan por conseguir lo que quieren y lo disfrutan al máximo, parece que fue un infatigable viajero y que sus fiestas eran las más concurridas, sigo pensando en Gatsby, el personaje de Fitzgerald, uno que no pertenecía a los elegidos, pero que supo colarse en su mundo y por un tiempo pasar por uno de ellos. Si al final la vida le derrotó, podemos decir que fue derrotado el más noble de los luchadores y que no abandonó el ring hasta el último asalto.

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