miércoles, 25 de junio de 2014

Hasui Kawase


Hasui Kawase (1883 - 1957) es, junto con Hiroshi Yoshida, uno de los grandes maestros del movimiento llamado shin-hanga (impresiones nuevas) para distinguirlo del arte más tradicional del ukiyo-e, el clásico grabado japonés en madera, mediante el que se hacían ilustraciones, bien para libros populares como la novela de Genji, bien vendidos como estampas sueltas, ilustrando sobre todo imágenes del mundo teatral y de las cortesanas, pero también de paisajes y escenas costumbristas en la época Edo, del que todos conocemos a algunos de los más ilustres representantes, como Hokusai o Hiroshige

Si el estilo tradicional elige representar a las cortesanas, los actores y los lugares famosos de Edo (el actual Tokio), el shin-hanga, al menos en la versión representada por Hasui Kawase, elige con preferencia el paisaje; en ocasiones se deleita con imágenes de templos tradicionales y bellas arquitecturas, pero con mayor frecuencia escoge sencillas escenas de la naturaleza o del mundo rural, las pequeñas aldeas y la vida campesina, en una representación de un Japón idealizado, aunque en ocasiones también aborda los entornos urbanos y la huella del progreso. 

Confieso que he preferido en esta entrada decantarme por sus obras más poéticas y evocadoras del Japón tradicional. Estas obras, la de Kawase y la de Yoshida, se producían en un momento en que el imperio del sol naciente estaba occidentalizándose e industrializando sus modos de producción, en suma, se estaba convirtiendo en una sociedad moderna, saliendo de un confinamiento voluntario de siglos. 

Este arte, resultado de un fructífero intercambio con el arte occidental, pero al mismo tiempo preservador de las más puras tradiciones del arte nipón, refleja en sí mismo toda la lucha y todas las contradicciones de su nación en el difícil camino hacia la modernidad, pero sobre todo, es un delicado y precioso testimonio de belleza pura, de deleite y de gracia.















































































































Esta entrada ha nacido, en parte, de la fascinación que me ha producido una exposición que acabo de ver en el Museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que no dejo de recomendar a todo el que esté en Madrid o pueda pasar se a verla hasta el próximo 10 de julio. La exposición se titula Fantasía en escena. Kunisada y la escuela Utagawa. Les dejo aquí el enlace:
http://www.realacademiabellasartessanfernando.com/es/actividades/exposiciones/fantasia-en-escena-kunisada-y-la-escuela-utagawa



jueves, 19 de junio de 2014

¿Víctima o verdugo?

¿Quién es el verdugo en esta historia? ¿Quién es la víctima? ¿Se puede ser a la vez víctima y verdugo? Estos dos personajes unidos en un punto de intersección fatal demuestran que sí se puede. Cada uno de ellos es verdugo y víctima a un tiempo: Jean-Paul Marat, "el amigo del pueblo", es un terrorista sanguinario, culpable entre otros crímenes horrendos de la muerte del rey Luis XVI y de las masacres de septiembre, finalmente este verdugo cae víctima del puñal de Charlotte Corday. A su vez Charlotte, "la belle sans merci", mata sin el menor sentimiento de culpa a Marat, sólo para ir a morir bajo la Guillotina.

La historia es bien conocida: Los girondinos, antes compañeros de armas de los jacobinos, son ahora perseguidos y purgados. Refugiados en Calvados hacen asambleas y es en una de estas donde probablemente toma Charlotte la decisión del magnicidio. En junio de 1793 deja su Caen natal para ir a Paris con el designio de matar a Marat. El 11 de julio se presenta en casa de un miembro de la Convención provista de una carta de recomendación para entrevistarse con su objetivo, por este contacto se entera de que Marat, aquejado de una grave enfermedad de la piel, ya no sale de casa. Va pues a su casa, donde la portera rechaza sus insistentes peticiones y está apunto de dar al traste con el asesinato, pero los gritos alertan a Marat quien la hace pasar. La joven dice tener datos de supuestos traidores a la República, de los que tendría los nombres. El tirano apunta los nombres que la joven le susurra y, mientras está entretenido en redactar la lista de proscripción, ella  lo apuñala. Cuando él ya herido de muerte grita, acuden los vecinos y Charlotte es detenida y puesta a disposición de las autoridades.

Sería ésta una mera historia de sucesos, si no fuera porque cada acontecimiento de la Revolución Francesa parece constituirse en siniestro paradigma de la Modernidad. Así el asesinato de Charlotte se convierte en el prototipo de magnicidio, un tipo de activismo terrorista con el que tan familiarizados estamos por desgracia. Del mismo modo, las muertes provocadas por la acción política de Marat, las purgas deliberadas, las listas de enemigos del pueblo que deben ser eliminados, también se ha convertido en un paradigma de cierto modo de ejercer el terror desde el poder al que las dictaduras del triste siglo XX nos han acostumbrado de sobra.

Curiosos personajes estos dos, que en unas circunstancias más normales seguramente hubiesen llevado existencias burguesas y tranquilas, pero a quienes el viento de la revolución condujo por escarpados senderos: Charlotte Corday, chica de clase media tirando a pobre, a quien su padre deja en el convento para asegurarle el pan y que se lía la toca a la cabeza cuando estalla la revolución para hacerse activista revolucionaria, actúa movida más bien por afán de protagonismo y de venganza, que por patriotismo. 

Jean-Paul Marat, suizo protestante de acomodado origen burgués, estudia medicina, en la que llega a ser un eminente doctor e investigador, con trabajos pioneros sobre las enfermedades oculares y sobre la gonorrea, destaca como especialista reputado y bien remunerado, sin embargo durante la revolución se embarca en la política más radical, abandonando su oficio, y su juramento hipocrático (primum non nocere) y se aplica al periodismo incendiario y al terrorismo consciente ¿Qué pasó aquellos años para trastornar de esa manera las vidas de las personas?

No pretendo  contar la historia ya contada de la Revolución Francesa. Me ha interesado sólo bucear un poco en la iconografía que el suceso de la muerte de Marat ha generado. Como todo el arte de esta época es inevitablemente propagandístico, según las ideas políticas del artista, el héroe es alternativamente Marat o Charlotte Corday, de modo que la escena se va a centrar, bien en el horror por el asesinato, en la piedad por el gran hombre, bien en el engrandecimiento de la magnicida, convertida en una especie de mano del destino para castigar al tirano. ¿Y ustedes? ¿Qué opinan al respecto? ¿Quién creen que es la víctima, quién el verdugo?



La imagenes las he ordenado cronológicamente, pues de ese modo es posible ver la evolución en la percepción del suceso, desde terribe y cruel asesinato del amigo del pueblo en la época del Terror, hasta angélica niña de mano de nieve que mata al cruel tirano en la época de la restauración borbónica. Curioso.




Joseph Roques, La muerte de Marat, 1793. Esta interesante pintura muestra sin embargo aún toda aquella sensiblería moralizante, dulzona y gazmoña del siglo XVIII presente en pintores como Greuze. La escena muestra una digna agonía del padre de la patria con todos los ornamentos de su cargo.





 
Mucho más moderno, aunque del mismo año 1793, es este homenaje a Marat que pintó Jacques-Louis David, pintor simpatizante de los jacobinos que se encargó de organizar las honras del funeral de Estado con que se solemnizó la muerte del político. La imagen es mucho más sintética, apenas el torso del muerto, unos colores simples y una expresión seria y digna, propia de un Séneca moderno.






Grabado anónimo de la época que muestra a Charlotte in flagranti delictu con un Marat metido dentro de una especie de bota gigante, su bañera especial, que, según creo, aún se puede ver en algún museo como recuerdo macabro para frikis.
.




Jean-Jacques Hauer en esta Muerte de Marat de 1793-94 nos muestra a una asesina tocada con un singular sombrero de copa y a un asesinado involuntariamente cómico con los ojos como de decir: "M'ha matao, la muy!..." Este autor sin embargo pintó uno de los más bellos retratos de la asessina en formato de cabeza y busto.





En este anónimo cuadro probablemente del primer tercio del XIX  que representa su detención se puede ya apreciar la idealización de la joven Corday como heroína de la contrarrevolución: la joven distinguida y seria se destaca en medio de una multitud de chusma revolucionaria gesticulante y ramplona.





En esta obra titulada significativamente Charlotte Corday, de 1860, el pintor Paul Baudry avanza en la heroización de la joven. Ésta aparece con un bello semblante, seria, consciente del acto trascendental que acaba de perpetrar, mirando al infinito, mientra el malvado tirano, de rasgos malvados agoniza como un sapo en su charca.





Este cuadro es del pintor mexicano Santiago Rebull, de 1875.Gracias a la aportación de mi amigo Enrique Carratalá he averiguado que este autor, hijo de catalanes y que nació en un barco de camino a España en un decreto de expulsión de extranjeros de México, volvió a este país en su adolescencia y allí desarrolló toda su carrera artística, siendo director de la Academia de Bellas artes, fue también pintor de cámara del emperador Maximiliano y recibió grandes distinciones por su obra. Esta obra pertenece a una colección particular.







Jean-Joseph Weerts pinta este Asesinato de Marat en 1880, aunque parece mucho más antiguo por sus rasgos estilísticos. Me resulta involuntariamente cómico ¿No les parece la escena de un musical de Broadway? Todos gesticulando tan enfáticamente, se diría que están cantando, parece una escena de Los Miserables, the musical.




De 1880 es también este Charlotte Corday et Marat, de Jules Aviat, donde la joven parece horrorizarse de su acto y querer taparse con la cortina, mientras el tirano queda en la penumbra.





Edward Munch va a pintar desde 1907 una serie de cuadros sobre La Muerte de Marat reinterpretando de un modo completamente nuevo el suceso. Estamos en el siglo del doctor Freud y la relación Charlotte-Marat deviene explícitamente sexual. El pintor hace en realidad variaciones sobre el mismo tema, incluso las poses son muy similares, siempre hay una pareja que parecen haber yacido juntos, tras lo cual la mujer, como una Judith moderna, ha matado al hombre, que está echado en una postura que, si no fuera por la mancha de sangre, podría ser tanto la de un muerto como la de un hombre que acaba de hacer el amor y descansa relajado o duerme.





 Edward Munch II





 Edward Munch III





 Edward Munch IV





Johannes Grützke pinta en 1980 este Asesinato de Marat, también con un matiz claramente sexual y una cierta comicidad cómplice y maliciosa, habitual en este autor germano.





Para terminar el pintor norteamericano Joe Forkan pinta esta The death of Marat en 2008, proponiéndonos a un Marat californiano, que muere como un mafioso en su propia piscina de alguna mezcla de sustancias, en una imagen muy cinematográfica.



lunes, 9 de junio de 2014

Faetón, una estrella caída


En el lejano Occidente, a orillas del Erídano, unas ninfas convertidas en sauces, la Helíades, lloran sin cesar y sus lágrimas se transforman en el precioso ámbar, esa miel petrificada. Pero ¿Por qué o por quién lloran las Helíades? 

Su madre Clímene, hija de Océano y de Tetis, casó con Mérope, rey de Etiopía, pero Helios-Apolo que todo lo ve desde su carro, vió a Clímene y se enamoró de ella. Fruto de estos amores nacieron un varón, Faetón, y siete ninfas, las Helíades. 

El joven Faetón era un chico fuerte, guapo y por ello mismo un tanto jactancioso. Un día estaba junto con otros jóvenes héroes y éstos estaban presumiendo cada uno de sus orígenes, como Faetón llevase la peor parte, ya que creía ser hijo de Mérope, el rey, y uno de sus compañeros le hiciera de menos afirmando ser hijo de Zeus, Faetón se lo contó a su madre, quien le dijo que no era menos que nadie, ya que era hijo secreto del mismo Apolo, y que si no la creía podía él mismo comprobarlo visitando al dios en su palacio. 

La madre instruyó al hijo sobre el camino que debía seguir para llegar al palacio del Sol y hacia éste se encaminó el joven ardiendo en deseos de conocer a su divino padre. Apolo, que había sido prevenido por Clímene de su visita, lo recibió con gran cariño y lo reconoció como hijo ante su séquito, tras lo cual, imprudentemente le prometió, jurando por la Laguna Estigia, juramento que los dioses no pueden romper, que le concedería cualquier cosa que le pidiese.

El joven, deslumbrado ante la vista del carro del Sol, le pidió que le dejase conducir por un día su carro. El padre apesadumbrado intentó disuadirlo, pero en vano, tanto más se empeñaba el joven cuanto más el padre insistía en que cambiase su petición por cualquier otra. Al final Apolo, dándose por vencido, le hizo un montón de recomendaciones de prudencia que el joven apenas escuchó, fascinado como estaba por la idea de coger las riendas del carro solar y cruzar el orbe de los cielos. 

Nada más salir tuvo ocasión de arrepentirse de su deseo, los divinos caballos del Sol tenían una fuerza descomunal y él, un simple mortal, no conseguía refrenarlos con las riendas, de modo que el carro enseguida empezó a correr sin rumbo, y lo mismo subía demasiado dejando a la tierra fría y sin luz, que descendía  tan cerca de la Tierra que lo incendiaba todo a su paso. Los dioses mismos salieron de sus moradas a contemplar la catástrofe y fueron ellos quienes pidieron al padre Zeus que fulminara al atrevido que había roto la armonía del Universo por su intemperancia. 

Zeus le lanzó su rayo y el joven cayó como un meteoro, una centella ardiente, girando y girando entre llamas, hasta caer sobre el Erídano, que lo recibió como sepultura. Sus hermanas, enteradas de lo sucedido, lo buscaron por toda la tierra hasta que dieron con su sepultura, en la que se halló escrito lo siguiente: 

HIC SITUS EST PHAETON CURRUS AURIGA PATERNI 
QUEM SI NON TENUIT MAGNIS TAMEN EXCIDIT AUSIS

(Aquí yace Faetón, auriga del carro de su padre; 
Si no fue capaz de gobernarlo, al menos cayó víctima de gloriosa audacia). 

Allí mismo comenzó el duelo, y tanto y tanto lloraban y se desgarraban, que los dioses, compadecidos de su llanto, las transformaron en sauces, y aún hoy siguen creciendo a la orilla del río y sobre él vierten sus lágrimas de ámbar.



 Hendrick Goltzius (1558 - 1617) Faetón





 Pieter Paul Rubens (1577 - 1640) La caída de Faetón





 Joseph Heintz el joven (1600 - 1678) La caída de Faetón





 Hans von Aachen (1552 - 1615) La caída de Faetón





 Sebastiano Ricci (1654 - 1734) La caída de Faetón





 Luca Giordano (1634 - 1705) La caída de Faetón





 Gustave Moreau (1826 -1898) La chute de Phaeton





 Rafael Tejeo Díaz (1798 -1856) La caída de Faetón





 John Singer Sargent (1856 - 1925) La caída de Faetón





 Pietro Fantini (1947 - ) La caduta di Fetonte





 Neil Moore (1950 - ) Fallen Icarus





 George Stubbs (1724 - 1806) Faetón conduciendo el carro de Apolo





 Nicolas Bertin (1667 - 1736) Faetón en el carro de Apolo





Odilon Redon (1840 - 1916) El carro de Apolo





Kurt Wenner




viernes, 6 de junio de 2014

Dao


Algo misteriosamente formado
Existía antes que el Cielo y la Tierra.
Sin sonido ni forma, permanece único e inmutable,
Lo penetra todo y nunca se agota.
Podríamos llamarlo la madre del Universo.
Pero desconozco su nombre.
Si me veo obligado a nombrarlo, lo llamo Dao.
Si he de usar otra palabra, lo llamo Grande.
Lo grande siempre fluye.
Su flujo constante lo aleja sin cesar.
Alejarse sin cesar es volver al origen.
XV



 Zhang Daqian, Contemplación sobre un paisaje de otoño.




Lo más flexible del universo cabalga sobre lo más rígido.
Lo que no es penetra hasta donde no hay hendiduras.
En esto se conocen las ventajas de la no-acción.
Enseñar sin palabras, trabajar sin movimiento.
Nada en el mundo puede compararse a eso
XLIII




 Zhang Daqian, Sin título, 1960.



Nada hay en el mundo más blando que el agua.
Sin embargo sólo ella puede moldear la roca más dura y fuerte.
En eso es irremplazable.

Lo débil puede vencer a lo fuerte.
Lo blando puede vender a lo duro.
Todo el mundo lo sabe
Pero nadie es capaz de ponerlo en práctica.
LXXVIII




 Zhang Daqian, Otoño.



Lo que está quieto es fácil de retener.
Lo que aún no se manifiesta es fácil de controlar.
Lo que todavía es débil es fácil de romper.
Lo que todavía es pequeño es fácil de dispersar.
Hay que influir en lo que aún no existe.
Hay que ordenar lo que aún no está desordenado.

El árbol que un hombre apenas puede abrazar
Nació de un tallo fino como un cabello.
Una torre de nueve pisos
Empezó siendo un montículo de tierra.
Un viaje de mil millas
Empieza con un sólo paso.
Quien actúa fracasará. Quien se aferra a algo lo perderá.
LXIV





 Zhang Daqian, Costa quebrada.



La felicidad se apoya en la desdicha.
La desdicha se oculta en la felicidad.
Lo supremo es no dar órdenes.
¿Pero quién se da cuenta de ello?
De otro modo el orden se convierte en arbitrariedad,
La bondad en malignidad, 
Y la obcecación reina en la vida humana.

Por eso el sabio tiene el espíritu afilado, pero no corta.
Es agudo, pero no pincha.
Corrige, pero no refrena.
Es brillante, pero no deslumbra a los demás.
LVIII





Zhang Daqian, Tormenta de nieve.



El que sabe no habla.
El que habla no sabe.

Cierra la boca,
Guarda tus sentidos,
Atenúa los contrastes,
Simplifica tus problemas,
Suaviza tus formas, 
Hazte humilde como el polvo.
En eso consiste la misteriosa unión con el Dao.
LVI




 Zhang Daqian, Disipando la niebla sobre picos cubiertos de pinos.




Sin salir de casa
Se puede conocer el mundo.
Sin mirar por la ventana
Puede conocerse el Dao del Cielo.
Cuanto más lejos se viaja, 
Tanto menos se sabe.
XLVII




 Zhang Daqian, Puente en el valle, 1970.




Si quieres empequeñecer una cosa,
Procura que antes se dilate.
Si quieres debilitar algo, 
Procura que cobre fuerza primero.
Antes de aniquilar algo,
Espera a que florezca plenamente.
Si quieres privar de algo a alguien, 
Primero habrás de darle lo bastante.
Eso es percibir la naturaleza de las cosas.
XXXVI




 Zhang Daqian, Título desconocido.




Conocer a los demás es sabiduría.
Conocerse a sí mismo es iluminación.
Vencer a los demás requiere fuerza.
Vencerse a sí mismo requiere fortaleza.

Quien consigue sus propósitos es voluntarioso.
Quien sabe contentarse es rico.
Quien no abandona su puesto perdura.
Quien vive el eterno presente no muere.
XXXIII




Zhang Daqian, Templo en el pico de la montaña.




El pez no debe abandonar las aguas profundas.
Las armas del reino no deben ser exhibidas.
Memet ipsum, LII annos agentem. VIII id. Iun. A.D. MMXIV






Todos los textos están extraídos del conocido libro sapiencial chino Dao De Jing (según la transcripción pin yin comúnmente aceptada) también conocido como Tao Te King, atribuido a Lao Zi, también conocido como Lao Tsé. La Traducción es del padre jesuíta Onorio Ferrero.

Para quienes deseen saber sobre la vida y obra del genial artista chino que ilustra esta entrada, Zhang Daqian, les dejo el vínculo a esta entrada de un extraordinario blog que se lo explicará mucho mejor que yo.
http://vacioesformaformaesvacio.blogspot.com.es/2014/05/zhang-daqian-pintura.html