domingo, 31 de agosto de 2014

El camino


Confucio dijo: " El Camino puede compararse a la construcción de una colina; si para terminarla hace falta añadir un cesto de tierra y yo no lo añado, yo habré sido el causante de que se haya detenido sin acabarse. También puede compararse con los trabajos de nivelación de un terreno; aunque sólo se saque un cesto de tierra cada vez, el avance que así se produce se debe tan sólo a mí mismo".
Analectas de Confucio.




Albert Anker (1831-1910). Escuela rural. Basel  Kunstmuseum.



Escribo esto porque mañana empieza para nosotros los docentes un largo camino, mis compañeros bien lo saben, un nuevo curso académico donde tendremos que echar mano de todas nuestras fuerzas, de nuestro saber y profesionalidad, de nuestra capacidad de conexión con los alumnos, y lo escribo también porque (y sé que los que estáis en esto me comprenderéis) aunque quisiera mostrarme más positivo, el camino va a ser duro: Otro año más, nosotros un año más viejos, nuestros alumnos siempre con la misma edad, otro año más, nuestros políticos alegrándonos la vida con sus ocurrencias (¿nunca dudan esas personas? ¿nunca consultan?), otro año más de trinchera en la lucha contra la ignorancia, contra la barbarie, defendiendo la cultura, la humanitas a capa y espada, aunque la espada sea de madera y la capa esté más remendada que sayo de sacristán.

La enseñanza es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo, no vamos a ser nosotros los responsables de que la colina se quede sin acabar por falta de nuestro cesto de tierra. Así pues, compañeros, al camino, nos quedan aún muchos cestos por acarrear, pero lo vamos a hacer y lo vamos a hacer bien, como solemos. ¡Ánimo profesores! Que tengáis (tengamos) un buen y provechoso curso 2014-2015.




jueves, 21 de agosto de 2014

George Grosz II: El exiliado


El 3 de junio de 1932 llega a Nueva York George Grosz, a bordo del Cuxhaven, instalándose en el Hotel Great Northern, en la Avenida 57. Sus primeras impresiones son de asombro, el pintor está maravillado por ver con sus propios ojos la gran ciudad que tantas veces había imaginado, para él Nueva York es LA CIUDAD. Seis meses después, en enero de 1933, embarca, esta vez con su esposa y sus dos hijos, en el Stuttgart para instalarse definitivamente en la ciudad de sus sueños. Ha encontrado un trabajo como profesor en la Students Art League y vive con optimismo sus primeros años en Norteamérica. De hecho llegará a adquirir la ciudadanía norteamericana en 1938 y seguirá residiendo en Nueva York hasta 1958, un largo período de 25 años. 

A su nuevo país de acogida llega precedido por su fama artística, ya que su obra berlinesa había tenido una temprana y favorable acogida por la crítica y el público americano, eso le hace encarar su futuro con esperanza y el ser humano que hay en él decide pasar página, enterrar al mordaz crítico, no volver a vomitar su bilis sobre el papel, sino dejarse llevar por el reclamo de la ciudad y su belleza, por el paisaje, por el erotismo, por la paz.

El éxito no acompaña a sus intentos de reinventarse como artista en los EEUU. El público y la crítica artística se han quedado con el Grosz político, el satírico mordaz, el caricaturista, y este nuevo Grosz más clásico, más esmerado en la técnica, más tranquilo, sin "angst", les parece poco interesante. Con el tiempo las noticias que llegan de Europa, primero la Guerra Civil Española, luego la Segunda Guerra Mundial, el internamiento en campos de concentración y muerte de amigos y conocidos, irán amargando la vida del autor, quien debe asistir impotente a un drama del que ha conseguido escapar casi de milagro.

Por otra parte el escaso éxito artístico en su nuevo país le va a acarrear algunos problemas económicos, debiendo vender obra a veces en condiciones de saldo para ir tirando, ya que el sueldo de profesor es muy modesto y la docencia empieza a pesarle como una carga a la que tiene que aferrarse sin embargo para subsistir. Hay que pensar además que Norteamérica entonces es el destino de multitud de artistas e intelectuales europeos que, como él, han llegado con lo puesto y deben buscarse la vida en dura competencia en un medio que los acoge entre la admiración y el escepticismo.

Yo creo que además hay que tener en cuenta otro factor que explica la pérdida de mordacidad del arte de Grosz en su período americano: el artista es un exiliado, un extranjero, con todo lo que ello comporta de inseguridad, de ser un "invitado" al que se mira con una cierta benevolencia y hasta admiración cuando critica acerbamente la corrupta sociedad europea, pero al que no se le permitiría ni por asomo hacer lo mismo con la sociedad americana. Yo creo que esto Grosz lo captó muy pronto y tuvo que morderse la lengua, si eso fue lo que envenenó su experiencia artística es mucho decir, pero es una pista. Ni siquiera imagino cómo un artista sospechoso de "rojo" pudo sobrevivir en los EEUU durante los años del maccarthismo. El hecho es que a pesar de ser ciudadano americano en 1958 vuelve a su querido-odiado Berlín para morir allí poco después.

Hoy, que ya han pasado unas cuantas décadas de todo aquello, que el fascismo, el comunismo y el anticomunismo yacen juntos en la misma fosa, que las vanguardias están ya tan viejas y amortizadas como nuestras abuelas, quizás podemos por fin volver a echar una mirada sobre la obra americana de George Grosz sin la telaraña de los tópicos que dicen que ha perdido su mordiente, que ha dejado de ser nueva e interesante. 

Hoy que sabemos que "nihil novum sub sole" no es una marca de tabaco sino una verdad como un templo quizás podemos aproximarnos a esta obra sin prejuicios y quizás (ése es mi caso por lo menos) encontrarla también muy bella. A mí personalmente me encantan sus visiones de la ciudad, sus desnudos, la prodigiosa técnica de sus acuarelas, su reencontrado intimismo. Juzguen ustedes mismos.




 Lower Manhattan, 1934.




 New York skyline, 1934.




Desempleado, 1934.




Fantasmas, 1934.




Rescate del Jefe Rojo, 1935.




Vista de Manhattan, 1936.




New York, 1936.




Puerto de New York, ca. 1936.




 Brownstone Houses, New York, 1937.




Escena erótica, 1939.




Mujer, un estudio de texturas, 1939.




Desnudo de espaldas con sombrero y velo, 1940.




Modelo vestida, 1941.




Desnudo femenino de pie, 1942.




Una ojeada al sector negro de Dallas, 1952.




 Enfrente del hotel, Dallas, 1952.




 Una noche en Dallas, 1952.




 Dallas Broadway, 1952.




Vista de Dallas, 1952.




sábado, 16 de agosto de 2014

George Grosz I: El rebelde


Putas, ávidos ricachones de aspecto porcino, militares brutales, gángsters, bohemios, mendigos, marineros de permiso, bares dudosos, borrachos, fascistas de cara siniestra, esos son los tipos que George Grosz gusta representar en sus obras, la mayor parte de ellas dibujos, acuarelas o tintas que luego serigrafía y reproduce en revistas satíricas. La sociedad del Berlín donde vive se le muestra como un inmenso mercado donde todo está a la venta, un mundo corrompido por el dinero, donde el que tiene compra y el que no se vende, donde bajo la tenue capa de la civilización sólo se esconden los turbios instintos, la lucha de poder, la violencia del rico sobre el pobre.

George Grosz (Berlín 1893 - Berlín 1959) pertenece, como Adolf Hitler, a esa generación que luchó en la Primera Guerra Mundial, la perdió y el sentido de alienación que esa experiencia traumática les produjo los condujo a la política radical, a Hitler hacia el Nacional-Socialismo, a Grosz hacia el Comunismo. Grosz participa en la revuelta de los Espartaquistas en 1919, año en que se afilia al partido comunista alemán, hasta 1922 en que un viaje a la Rusia soviética le aparta del comunismo, a pesar de seguir manteniendo una actitud de extrema izquierda, antimilitarista, antirreligiosa y sobre todo antiburguesa. Curiosamente desde joven sus lecturas de autores americanos le despiertan una gran admiración por la sociedad norteamericana, por sus ideales de libertad, una nación que él imagina como la tierra de las oportunidades, frente a la cerrada y jerarquizada sociedad europea de su tiempo. Ello hará que, cuando en 1933 el partido nazi llegue al poder, Grosz huya a los Estados Unidos y viva allí sus próximos 25 años.

La Primera Guerra Mundial fue una horrible masacre que hizo desplomarse todo el mundo mental y cultural del siglo XIX; el mundo es sacudido en la postguerra por violentas convulsiones, tres hechos son los más significativos: la Revolución Soviética, la humillación de Alemania y la crisis del 29. Estos tres jinetes del Apocalipsis van a detonar la Segunda Guerra Mundial. La civilización occidental tal como era conocida hasta entonces parece que va a desaparecer arrollada por la barbarie; en ese ambiente apocalíptico de fin de los tiempos cada uno hace sus interpretaciones, los nazis le echarán la culpa a los judíos y a los comunistas, los comunistas, como Grosz, le echan la culpa al capitalismo, a la Iglesia y la moral tradicional y al militarismo prusiano.

En estos momentos de lucha sectaria el arte es un arma, el artista un combatiente, de ahí la extrema mordacidad del arte de Grosz, él quiere desenmascarar al enemigo, al cerdo burgués que todo lo corrompe con su dinero, a los curas que otorgan sus bendiciones a los ricos, al militar que es la espada de su amo y a los políticos corruptos al servicio del capital. En tiempos de guerra la belleza es un lujo, es más, es incluso un delito, una cursilería pequeñoburguesa. El arte debe ser denuncia, debe ser una pistola que no yerre el tiro.

Sin embargo a mi, me van a perdonar ustedes, me parece que las acuarelas de Grosz poseen una extraordinaria belleza, diría más, un extraodinario lirismo, no un lirismo de vino y rosas, sino del tipo que se encuentra en Baudelaire, más incluso en Genet y su poesía de los bajos fondos. Grosz está seducido por esos bajos fondos, por esos turbios bares donde a media noche las putas alternan con matones de barrio, con borrachos o con tipos de pelaje más bien tirando a pardo, como los gatos. Le inspira y fascina el ambiente abarrotado de las calles de la gran ciudad, su mezcla de lujo y miseria, donde se dan la mano el millonario y el mendigo, el tráfico y las luces, lo artificial y lo impuro. 

Grosz extrae toda su potencia lírica de todo aquello que odia y mientras blasfema contra la maldita sociedad burguesa se convierte en su cronista más feroz, en un caricaturista que mira con una lente deformada para producir un esperpento de una conmovedora belleza, quizás precisamente por su monstruosidad. La obra de Grosz fue calificada, como no podía ser de otra forma, de arte degenerado, seguro que a él secretamente le complacía esta denominación. Degenerado no sé, pero ARTE en el más apasionado y radical sentido de la palabra, sin duda.




Metropolis, 1916-17




 El lejano Sur: la bella España, 1919.




 Serie Ecce homo, 1921.




Hampones en la barra, 1922.




 Joven, 1923.




 Berlin, escena callejera, 1924.




 Marinero en un club nocturno, 1925.




Primavera en París, 1925.




Kurfürstendamm, escena callejera, 1925.




 Los pilares de la sociedad, 1926.




Marido y mujer, 1926.




 Sin título, 1927.




La conversación, sin fecha (med. años 20)




 El agitador, 1928.




 Restaurante, 1928.




La tertulia, 1928-30.




Matrimonio, 1930.




Berlin, escena callejera, 1930.




Los paseantes, 1930.




La polvera, 1930.




miércoles, 13 de agosto de 2014

VANITAS


Vanitas vanitatum et omnia vanitas.
                                     Eclesiastés, 1, 2.



 "Yo, Cohelet, he sido rey de Israel, en Jerusalén, y me propuse en el corazón hacer sabiamente investigaciones y pesquisas sobre todo cuanto hay bajo los cielos. Es una dura labor dada por Dios a los hijos de los hombres para que en ella se ocupen.
Miré todo cuanto se hace bajo el sol, y ví que todo era VANIDAD y apacentarse de viento. Lo tuerto no puede enderezarse, y lo falto no puede completarse.
Y dije para mí: " Heme aquí engrandecido y crecido en sabiduría, más que cuantos antes de mí fueron en Jerusalén, y hay en mi mente mucha ciencia y sabiduría".
Dí, pues, mi mente a conocer la sabiduría y a entender la locura y los desvaríos y ví que también esto es apacentarse de viento, porque donde hay mucha ciencia hay mucha molestia, y creciendo el saber crece también el dolor".


Así dice el libro del Eclesiastés (1, 12- 17) sobre la búsqueda del conocimiento profano, y lo condena como vanidad y apacentarse de viento. Pensando en ello, me ha gustado traer a estas páginas la obra de dos pintores holandeses de vanitas, un género que me obsesiona, que bien pudieron haberse inspirado en este fragmento bíblico, ya que, rigurosos protestantes como eran, probablemente compartían el punto de vista del autor sobre la inanidad del conocimiento profano y por eso han querido representar en sus obras, entre los objetos que simbolizan la vanidad, además de los típicos, como la calavera, los instrumentos de música que hacen alusión a los placeres de los sentidos, el reloj que muestra las horas (omnes feriunt, ultima necat), o el candil apagado como la frágil luz de nuestra vida en la tierra, esos instrumentos de vana sabiduría: los libros, como ilustración de esa empresa siempre condenada a la insatisfacción: la búsqueda del conocimiento.

A mí, que soy portador del virus del amor por los libros, un virus, contra lo que yo pensaba de joven, menos contagioso de lo que parece pero muy pernicioso para los que estamos infectados por él, ver estos cuadros me hace pensar en todas las historias que he encontrado entre sus páginas, en toda la belleza, el terror, el misterio, la ciencia, la estupidez también a veces, el descubrimiento de otros mundos, de otras vidas, el desciframiento de mi propia vida, que han significado para mí los libros.

 Pero además al mirar estas obras puedo recrear la textura de esos maravillosos libros antiguos, con su papel fuerte y de ese color marfil indefinido, su olor, el tacto del cuero viejo de las encuadernaciones, la belleza de las tipografías, y recuerdo los libros antiguos que he tenido el privilegio de tener entre mis manos, como reliquias, mientras imaginaba cuántas personas antes que yo los habrían visitado, habrían disfrutado o sufrido con lo escrito en sus líneas, cuánto resto de vidas ajenas había quedado adherido en la página. 

Disfrutad de las imágenes, de la belleza, de los libros, de su vana sabiduría mientras podáis, porque las horas, todas, hieren, y la última mata.




 Jan Davidsz de Heem (Utrecht 1606 - Amberes 1684) Naturaleza muerta con libros y violín, 1628. Mauritshuis, La Haya.





 Jan Davidsz de Heem (Utrecht 1606 - Amberes 1684) Naturaleza muerta con libros, 1628. Collection Frits Lugt, París.





Jan Davidsz de Heem (Utrecht 1606 - Amberes 1684) Vanitas, 1628. Musée des Beaux Arts de Caen.





Pieter Claesz (Steinfurt 1597- Haarlem 1661), Vanitas, 1630. Mauritshuis, La Haya.





jueves, 7 de agosto de 2014

José Jiménez Aranda y la pintura de casacón

José Jiménez Aranda nace en 1837 en la sevillana plaza del Duque, en el seno de una familia de artesanos; su padre ebanista propiciará la afición por el arte de sus hijos, ya que tanto José como sus hermanos Luis y Manuel acabarán siendo pintores. En Sevilla aprende con pintores locales, sobre todo con Eduardo Cano de la Peña, quien le introduce en el estudio del natural como guía imprescindible para la composición y el dibujo. 

Tras sus primeros años de pintor costumbrista en Sevilla marcha a Jerez por razones de trabajo: colabora en la restauración de la iglesia de San Miguel. Allí conoce a su futura esposa, Dolores Vázquez Mancera, la que será el amor de toda su vida y con quien formará una nutrida familia de siete chicas y un varón. Durante esos primeros años de pintor joven presenta obras a los concursos y visita la capital. 

Pronto es consciente de que necesita completar su formación y marcha con la familia a Roma, donde, además del aprendizaje, tiene que seguir vendiendo para alimentar a sus hijos. Allí conoce a Mariano Fortuny, una celebridad internacional en esa época, quien le brinda su amistad y lo acoge bajo su protección. Fortuny en esos momentos es, junto con Meissonier en Francia, el máximo representante de la llamada "pintura de casacón" una pintura muy apreciada por la gran burguesía decimonónica y por lo tanto muy bien vendida y premiada, y para nuestro pintor, padre de familia numerosa, una salida viable para vivir de la pintura. 

La pintura de casacón satisface las aspiraciones del público burgués, con sus pretensiones de "buen gusto" al ofrecerles unas escenas, recreaciones de un pasado idealizado, el siglo XVIII (¿nostalgia prerrevolucionaria?), con unas técnicas y en un estilo cercano al arte rococó, pero con concesiones al exotismo decimonónico. Este tipo de pintura, especialmente en la Francia del segundo imperio hará furor entre los coleccionistas y así algunos marchantes como Goupil se harán ricos gracias a ella. 

La aportación de José Jiménez Aranda a este género será la de una generosa dosis de exotismo a la andaluza (piénsese que Sevilla es un mito para el turista romántico, la ciudad de la Carmen de Merimée, o del Barbero de Sevilla, o de Don Juan Tenorio, con sus raíces árabes, las corridas, las manolas y los bandidos, para los franceses resultaba tan exótica como el Japón). 

Nuestro pintor permanece en Roma hasta 1875 en que, tras la muerte de Fortuny, regresa a Valencia y luego a Sevilla. Por esta época conoce y hace estrecha amistad con Aureliano de Beruete y con Sorolla, lo que no dejará de influir en su estilo para mejor, comienza a interesarse más por la pintura al aire libre, por el paisaje, por la luz, pero sobre todo, poco a poco la pintura de casacón, esa pintura suntuosa, pero un poco relamida y falsa, comienza a decaer en los gustos del público, lo que le obligará a evolucionar. 

Todavía habrá otro cambio de domicilio para la familia Aranda, se van a París, donde tiene un mercado pujante para su obra y donde constata la muerte del historicismo en la pintura sustitutido por otras corrientes más modernas como el realismo. Allí su pintura inicia una progresiva evolución en este sentido, siendo un jalón en este camino su obra "Una desgracia", que envía a la Exposición de Bellas Artes de París, donde aborda el realismo social sin estridencias y con éxito. 

En 1890 se instala en Madrid estrechando sus vínculos con los pintores del momento, allí vive unos buenos años de éxito maduro, respetado por sus colegas como una celebridad, hasta que su mujer y su hija Rosa mueren en una epidemia de cólera y el pintor, muy afectado y deprimido, vuelve a su ciudad natal donde vivirá ya hasta su muerte en 1903. Este período verá surgir otro pintor, muy en contacto con las corrientes luministas y con los círculos de paisajistas, produciendo una obra muy interesante y muy diferente de lo hecho hasta entonces, como "Los pequeños naturalistas" o su paisaje de la playa de Chipiona, lo que muestra que fue toda su vida un enorme profesional que supo evolucionar hasta el final y seguir siempre aprendiendo.

Es así José Jiménez Aranda un grandísimo pintor español que hoy está por completo olvidado, pero que mostró que se puede vivir de la pintura y al mismo tiempo seguir creciendo como artista y que las necesidades del mercado y la propia dignidad como creador, si bien son difíciles de compaginar, con trabajo, con coherencia y con profesionalidad  al final se compaginan. Vaya desde aquí mi homenaje a este extraordinario pintor sevillano.




 La partida de ajedrez, o El café, 1889, colección particular.





 Los políticos, 1889. Colección de arte de la Fundación María José Jove. A Coruña.





 La tienda de Fígaro, 1875. The Walters Art Museum, Baltimore, USA.





 El aficionado a los pájaros, 1878.





 La lección de baile, 1888.





 Conversación en un patio de Sevilla, 1881, colección privada.





 Penitentes en la basílica inferior de Asís, 1874, Museo Nacional del Prado, Madrid.





 Sermón en el patio de los naranjos, 1876, Museo de San Francisco, USA.





Un lance en la plaza de toros, 1870, Museo Carmen Thyssen, Málaga.





 En el estudio, retrato de las hijas del pintor.





 La presentación.





 Don Quijote y Sancho vuelven al pueblo, colección privada.





 Una desgracia, París,1890.





 La echadora de cartas, 1893. Colección de arte de la Fundación María José Jove. A Coruña





 Los pequeños naturalistas, Sevilla, 1893.





 Los dos pintores.





 Playa de Chipiona.





Autorretrato, Sevilla 1901.