viernes, 26 de septiembre de 2014

Una Edad de Oro II: Selfies, chocolate y unos higos.


Jean-Étienne Liotard (Ginebra 1702- ibid. 1789). Este casi compatriota mío nace, como yo, en Suiza por accidente: su padre es uno de los muchos hugonotes que huyen de Francia en 1685 a consecuencia de la revocación del Edicto de Nantes. El hijo sin embargo no parece haberse sentido limitado por cuestiones confesionales, ya que lo vemos desde 1725 en París como aprendiz de pintor. De allí pronto viaja a Roma, donde pinta a varios cardenales y en la década de los 30 marcha en el séquito de un diplomático europeo hasta Estambul. 

Su estancia en la capital otomana marca un hito en su carrera, él será uno de los artistas del momento que más contribuirán a la "moda turca" en Europa. En Estambul no pierde el tiempo y realiza retratos de importantes personajes, pero, sobre todo, en un toque de excentricidad muy helvético, pasa a vivir y vestir a la turca, instalándose a su vuelta en Viena pertrechado de un turbante enorme y unas barbas de pachá haciéndose llamar "el pintor turco". Ni que decir tiene que triunfa y todas sus modelos aristocráticas quieren que las pinte vestidas de odaliscas como si estuviesen en el serrayo del Sultán. 

La moda turca duró lo que duran todas las modas, pero nuestro artista supo reinventarse y siguió viajando y de Viena volvió a París y de ahí a Londres donde tuvo una importante cantera de clientes. Su vida es una de las más viajeras y cosmopolitas de los artistas de su tiempo, lo que no es poco decir. Sólo a los 78 años vuelve a Ginebra, esta vez para quedarse y llevar una vida algo más tranquila, ya alejado del apremio de los encargos, consigue pintar algunos paisajes, autorretratos y naturalezas muertas. Después de una larga, agitada y provechosa vida muere en su ciudad natal a los 91 años.

Los retratos de encargo de Liotard destacan por una extremada precisión en la representación, el artista profesa la idea, bastante común en su tiempo, de que el arte imita a la naturaleza y por tanto la obra de arte será tanto mejor cuanto con más fidelidad reproduzca y "fije" el modelo. La mejor ilustración de esta práctica artística, y una de sus obras más renombradas, es "La bella chocolatera", una delicada y trabajadísima obra donde cada pliegue o doblez del vestido está fiel y exquisitamente reproducido, así como el brillo del vaso de agua, la plata o la calidad de la porcelana. 

Sin embargo a veces una cosa es lo que el artista dice que hace y otra lo que de verdad hace. En sus autorretratos, el artista se enfrenta a un reto muy diferente, el propio yo como objeto, una indagación del yo, ajena a todo psicologismo, sólo como un ojo neutro que se mira a través del espejo y va trascribiendo, cada vez con mayor desnudez y economía, lo que el ojo ve. Son fascinantes estas series de autorretratos por lo que tienen de moderno, de experimental, de reto contra uno mismo, y cómo evolucionan las máscaras del yo, desde el artista-caballero de sus inicios, al artista excéntrico-a-la-turca que necesita llamar la atención, a finalmente el anciano que ora contempla su propia decadencia, ora se ríe de sí mismo. Maravilloso y único el autorretrato dentro de un paisaje, un paisaje muy adelantado a su tiempo.

Finalmente quería mostrar la obra que más me gusta de Liotard, una de sus últimas obras, ese maravilloso bodegón con una mesa sobre la que hay unas peras y unos higos que podría haberlos pintado Cézanne, un milagro de concisión, de sencillez, de armonía tonal, de trazo, de intensidad, una obra que pone el broche de oro a una carrera y por la que uno querría ser recordado por la posteridad (sea eso lo que sea).





Jean-Étienne Liotard, La Belle Chocolatière, 1743-44. Pastel sobre pergamino. Gemäldegallerie Alte Meister, Dresde.





Jean-Étienne Liotard, Autorretrato, 1731-33. Óleo sobre lienzo. Colección privada





 Jean-Étienne Liotard, Autorretrato, 1737. Pastel. Musée d'Art et d'Histoire, Genève





 Jean-Étienne Liotard, Autorretrato, 1744. Pastel. Galleria degli Uffizzi, Florencia





Jean-Étienne Liotard, Autorretrato, 1744-45. Pastel. Staatliche Kunstammlungen, Dresde.





Jean-Étienne Liotard, Autorretrato en el caballete, 1751-52. Pastel. Musée d'Art et d'Histoire, Genève





 Jean-Étienne Liotard, Autoportrait au bonnet rouge, 1768. Bibliothèque de Genève





 Jean-Étienne Liotard, Autoportrait au bonnet rouge, 1768. Colección privada





Jean-Étienne Liotard, Vista desde el estudio del artista en Ginebra, 1768. Pastel. Rijksmuseum, Amsterdam





 Jean-Étienne Liotard, Autoportrait la main au menton, 1770. Musée d'Art et d'Histoire, Genève





 Jean-Étienne Liotard, Liotard riendo, c. 1770. Óleo sobre lienzo. Musée d'Art et d'Histoire, Genève





 Jean-Étienne Liotard, Autorretrato "dibujado y dibujando", 1782. Lápiz y tiza sobre papel. Musée d'Art et d'Histoire, Genève





Jean-Étienne Liotard, Naturaleza muerta con higos, 1782. Pastel. Musée d'Art et d'Histoire, Genève




lunes, 22 de septiembre de 2014

Una Edad de Oro I: Rosalba Carriera


La pintura al pastel conoce durante el siglo XVIII una breve Edad de Oro de la que me propongo mostrar en entradas sucesivas los ejemplos más sobresalientes. Los lápices o barras de pastel consisten en pigmentos secos aglutinados mediante goma o resina, el color se aplica directamente sobre papel, de manera que permite una técnica rápida y ágil en la que el artista puede jugar con los efectos de tramaje sobre el papel más o menos rugoso, con la línea, las superposiciones de colores que facilita el lápiz o incluso combinarlo con gouache. Es una técnica difícil, pero muy vistosa por las delicadas texturas y coloridos que ofrece.

El gusto del arte rococó por la delicadeza, la obra de pequeño formato, el aprecio por el dibujo, por la obra en fase de boceto, posibilitó que este período viese surgir a los más grandes talentos que han ilustrado esta técnica artística con sus obras, como Rosalba Carriera, Jean-Étienne Liotard o Maurice Quentin de La Tour. Esta primera entrega de la serie está por derecho propio dedicada a la singular figura de Rosalba Carriera que fue la primera que, por así decirlo, impuso y extendió la moda del retrato al pastel por toda Europa gracias a sus extraordinarias dotes técnicas y su sensibilidad artística.

Rosalba Carriera (Venecia 1675 - ibid. 1757) nace en una familia de artesanos y comienza a pintar motivos decorativos en cajas de rapé y miniaturas sobre marfil hasta que del miniaturismo fue derivando hacia el retrato al pastel. Sin embargo probablemente el hecho de residir en Venecia, uno de los jalones obligatorios del Grand Tour, contribuyó no poco al lanzamiento de su obra a nivel internacional, pues aquellos ilustres turistas llevaban sus retratos por Europa, donde no tardaron en ser admirados, de modo que todo aristócrata que recalaba en Venecia deseaba ser retratado por Carriera. Con todo su obra tarda en obtener reconocimiento, ya que no es hasta 1705 que es admitida como académica de la Accademia de San Lucca de Roma. 

El momento de su apoteosis y triunfo a nivel internacional tiene lugar con ocasión de su viaje en 1721 a París, donde el "todo el mundo" de la época se pelea literalmente por ser retratado por la signorina Rosalba, desde el regente o el rey hasta el último gacetillero de moda. A partir de ese momento seguirá recibiendo multitud de encargos y reconocimientos y podrá vivir muy holgadamente de su arte, cosa no muy frecuente en su época y en absoluto frecuente para una mujer, para más inri, soltera. Sus últimos años fueron amargos, unas cataratas la privaron progresivamente de la visión, hasta que intentó una operación que la dejó ciega (¡las técnicas quirúrgicas del momento!).

La obra de Rosalba tiene una técnica impecable, pero sobre todo la artista posee una perspicacia enorme, no sólo por la gran facilidad con que consigue captar los rasgos característicos del sujeto retratado o sugerir su psicología, sino por la seductora manera de enfrentar a sus modelos con la imagen que desean ver de sí mismos, y de hacerlo sin que la adulación sea demasiado evidente. A mí en particular, si me parecen muy bellos todos esos retratos de la nobleza, me gustan sobre todo los retratos, menos aduladores, de sus compañeros de profesión, ese maravilloso retrato de Tiepolo o el retrato de Watteau, es que "ése" es Watteau, con su naturaleza melancólica y atormentada, nadie habría sabido representarlo mejor. Finalmente sus autorretratos me parecen lo mejor de toda su obra, sinceros y desprovistos de toda coquetería, de una belleza conmovedora.





 Africa, alegoría. Gemäldegalerie Alte Meister, Staatliche Kunstsammlungen Dresden





 Retrato de Gustavus Hamilton, segundo vizconde Boyne. 1730-31. The Barber Institute of Fine Arts, Birmingham.





 Retrato de Charles Sackville , segundo duque de Dorchester





 Retrato de Henry Pelham-Clinton, segundo duque de Newcastle-under-Lyme





 Retrato de Sidney Beauclerk, 1720-23. Colección privada





 Retrato de señora mayor, 1740. Galleria dell'Accademia. Venezia





 Retrato de Luis XV como Delfín, 1720-21. Gemäldegalerie Alte Meister, Staatliche Kunstsammlungen Dresden





 Cabeza de niña de perfil, 1720. Museo del Hermitage, San Petersburgo.





 Retrato de un niño de la familia Le Blond, 1730. Galleria dell'Accademia. Venezia





 Retrato de Giambattista Tiepolo





 Retrato de Jean-Atoine Watteau, 1721. Museo Civico Lugi Bailo. Treviso





 Retrato de Sir Horace Walpole, 1741. Colección privada.





 Retrato masculino, 1720-21. National Gallery, London





 Autorretrato en la edad madura, 1746. The Royal Collection Trust





Autorretrato con laureles, 1746. Galleria dell'Accademia. Venezia




lunes, 15 de septiembre de 2014

Beauty is truth: Ernst Haas

"Beauty is truth, truth beauty, -That is all
Ye know on earth, and all ye need to know."
                    John Keats. Ode on a Grecian Urn.


De esa manera rotunda y sentenciosa concluye Keats su Oda a una urna griega: "Belleza es Verdad, Verdad Belleza, -Eso es todo lo que sabemos en la tierra, y todo lo que necesitamos saber." No me cabe duda de que el austríaco Ernst Haas (Viena 1921 - New York 1986) podía haber suscrito esas mismas palabras, como testimonia su obra fotográfica, compuesta por unas imágenes de una belleza que nos deja sin aliento,  recordándonos que lo bello está en cualquier parte a nuestro alrededor, sólo hay que estar atento, sólo hay que saber mirar.

Ernst Haas, que había comenzado a estudiar pintura, se aficiona sin embargo ya desde estudiante a la fotografía, exponiendo por primera vez en Viena en 1947. Su primer éxito le sobrevendrá con el reportaje sobre la vuelta a casa de los prisioneros de la guerra, serie que publica en 1949 en las revistas Heute y Life. De resultas de ello es contratado por Robert Capa para formar parte de la agencia Magnum. En 1951 se traslada a los Estados Unidos. 

Su llegada a este país coincide aproximadamente con sus primeras fotografías en color. El propio autor habla de sus motivaciones: "En mi recuerdo de los años de la guerra serán para mí años en blanco y negro o, mejor, en gris. Quiero decir que, de alguna manera, quizás simbólicamente, el mundo y la vida habían cambiado, como si todo de pronto apareciese recién pintado. Los tiempos grises habían terminado, como si estuviese naciendo una primavera nueva, quería celebrar con el color la renovación de los tiempos, cuajados de nuevas esperanzas".

Las emulsiones de color que se usaban en esa época no eran fáciles de utilizar, el autor mostró su preferencia por la película Kodachrome de 35 mm, que le permitía afrontar su trabajo con una audaz actitud de experimentación que será siempre el norte y la norma de su obra fotográfica. Haas tiene una visión a mi modo de ver muy pictórica del color, para él no es que las cosas estén coloreadas, como si, además de forma tuviesen también color, sino que las cosas SON color, lo primero que la mirada capta es color, el color define los objetos y atrapa o desvía nuestra atención, provoca sentimientos, el color es el sujeto.

Además de con el color Ernst Haas es conocido por su experimentación con el desenfoque de la imagen, realizando exposiciones lentas, en ocasiones moviendo también la cámara, para conseguir captar una cuarta dimensión de la imagen: el movimiento. El artista no se conforma con que la imagen fotográfica sea una imagen detenida, una instantánea, quiere sugerir el antes y el después, la secuencia.

Nuestro autor reivindica una actitud performativa, activa del artista. La mirada del fotógrafo no se limita a un pasivo mirar, a meramente escoger qué fragmento retratar de aquello que se muestra ante sus ojos. Como él mismo dirá, el pintor parte de un lienzo en blanco donde puede pintar lo que quiera, al fotógrafo la realidad le viene dada, pero tiene que "enmarcarla", destacar lo que quiere mostrar. Ello requiere una mirada dispuesta a dejarse sorprender, alejada de lo tópico, de las fórmulas y al mismo tiempo rastreadora, inquisitiva, como la de un detective, como la del investigador que el artista es en definitiva.

No quiero alargarme más, ya que lo importante es el placer que producen estas imágenes, creadas gracias a una maestría técnica incuestionable que sin embargo no hace exhibicionismo de sí misma, sino que se supedita a la obtención de unos fragmentos de absoluta belleza. Vaya desde esta página mi homenaje más sincero a este genio de la fotografía, a este mago de la imagen.





Central Park New York, 1952.





Revolving door New York, 1955.





Skyscrapers rise into the fog above New York city, 1980.





Buildings in third avenue New York reflected in a shop window, 1952.





New York, 1957.





New York, 1952.





New York city lights, impressionist effect, 1972.





Paris, 1954.





Shadow of a gondolier, 1955.





Railings in Times Square New York on a wet day, 1955.





A cracked pane of glass, 1963.





Abstract, 1970.





A cloudy night sky over the Western Skies Motor Motel in Colorado, 1978.





Johannesburg, 1954.





c. 1970





Hydrangeas California, 1982.





Parachute flowers, 1967.





The Creation series, 1971.











Bird in flight, 1959.





Traffic Mexico city, 1963.





Swimmers Olympics, 1984.





La suerte de capa, Pamplona, 1956.





Toro, Pamplona, 1956.