miércoles, 29 de octubre de 2014

Una visión inquietante: Monsú Desiderio

El siglo XVII es un tiempo de crisis de civilización en Europa. Al concepto de Cristiandad sucede una pugna encarnizada con todo el fanatismo sectario de las nuevas potencias católicas o protestantes, credos en lucha que pelean por hacerse su espacio a costa de sus vecinos, con ardor misionero algunas veces o con la más salvaje violencia las más veces. Así el siglo está marcado por largas y destructivas guerras como la Guerra de Flandes o la Guerra de los Treinta Años que dejarán mermada a la población de toda la Europa central, arruinarán ciudades antes prósperas y agotarán los recursos de estados y de particulares. 

El siglo va a verse sometido a sacudidas de violencia extrema causadas por las hambrunas y la sensación de injusticia de los ciudadanos, y así estallan terribles revueltas como la de Massaniello en Nápoles o la Revuelta dels Segadors en Cataluña. Junto a la creciente pobreza, abofetea la conciencia el surgimiento de una nueva clase de potentados más rica, más ostentosa en su riqueza, más cohesionada y más autoritaria. En definitiva, el mundo del barroco es un mundo en crisis: violento, desigual, fanáticamente religioso, pesimista, irónico, escapista por pura necesidad.

El arte imita a la vida, se dice, y en una sociedad de excesos, donde no hay mañana y todo parece ser teatro y apariencia, el arte es también excesivo: triunfante y bombástico o lóbrego y tenebrista, conceptuoso y moralizador o escapista y estetizante. El artista barroco ha tenido que luchar en guerras reales, ver ciudades arrasadas, hombres moribundos, al tiempo que nobles empenachados y procesiones espectaculares, ha tenido que lidiar con la Inquisición o con el puro caos, y de todo ese mundo circundante ha extraido su conciencia de la fragilidad de la vida, de lo tenebroso que se oculta tras la belleza, del precio que cuesta cada instante de felicidad terrena.

En este marco recargado y atormentado del barroco me llama la atención la figura de este Monsú Desiderio, misterioso personaje de que casi no sabemos nada y lo poco que sabemos es bastante enigmático y más que aclarar oscurece. Monsú Desiderio es sólo una marca, un nombre, una máscara. Debajo de esta hay dos personas (se dice incluso que tres) un pintor lorenés de Metz llamado François de Nomé, pasado por Roma y finalmente afincado en Nápoles, otro, quizás compatriota, ya situado y con taller en la ciudad, Didier Barra, más un tercero desconocido, quizás otro miembro del taller, quizás sólo un imitador al arrimo del éxito. Cuándo o cómo se encuentran estos pintores, por qué deciden pintar a cuatro manos, cuánto tiempo dura esta colaboración es algo que permanece en la sombra. 

Sus pinturas, visiones atormentadas de ciudades con arquitecturas fantásticas o con paisajes de ruinas habitadas por minúsculos personajes que escenifican historias del repertorio moralizante al uso, tienen escaso éxito en su momento, pues no han tenido continuidad en pintores posteriores, hoy están dispersan en los EEUU, Nápoles, museos varios de Europa y un sin fin de coleccionistas privados. Estas visiones nos inquietan porque no sabemos si son una contemplación del pasado o una profecía del futuro. Hoy, que vivimos un tiempo de transición entre una sociedad que muere y otra que no acaba de nacer, pero que ya hemos aprendido a temer, podemos identificarnos con el espíritu de una obra tan ambigua, extraña e inquietante como la de Monsú Desiderio S. L.



 El Hades





 El rey Asa de Judá destruyendo los ídolos





 Lot y su mujer huyen de Sodoma





 La caída de Troya





 La tumba de Salomón





 San Pablo predicando a los atenienses





 Salomé recibe la cabeza de Juan el bautista





 Susana y los viejos





 Asesinato en la noche (¿Judith y Holofernes?)





 La torre de Babel





 San Agustín y el niño en la playa





 El emperador Constantino destruyendo los ídolos





 El gran Belisario reconocido por uno de sus soldados





 Escena de batalla





 Martirio de un santo en el Circo romano





 Destrucción de Sodoma y Gomorra





 La caída de Troya





Paisaje con ruinas




Recomiendo muy encarecidamente que lean la apasionante historia del descubrimiento del enigmático Monsú Desiderio y los pintores que se esconden bajo este nombre narrada y bien documentada en la maravillosa entrada cuyo vínculo les dejo a continuación.
Deben leerla, en serio, es una joya: http://www.taller54.com/monsu.htm

lunes, 20 de octubre de 2014

¿La ruina es bella?


A todos los que hoy en día visitan Pompeya, el Coliseo o el Foro romano o cualquier otro recinto arqueológico les parece normal pensar que las ruinas siempre hayan ejercido su fascinación sobre los seres humanos. Y sin embargo nada más falso, los antiguos (como la generación de nuestros padres por cierto) no sentían el menor cariño por los edificios rotos, de hecho detestaban lo viejo, o lo antiguo, y se sentían fascinados por todo lo moderno, así ha sido siempre desde que el mundo es mundo.

Muestras de esta natural repulsión por lo caduco las encontramos en todas partes: Los antiguos romanos, por ejemplo, una vez que se convirtieron al cristianismo, dejaron abandonados los antiguos templos y no sólo no los frecuentaban por viejos e inservibles, sino porque estaban convencidos de que estos estaban habitados por demonios, por lo que sólo unos valientes deportistas de la fe, los monjes, se entrenaban en luchar contra el maligno habitando en ellos. Otro ejemplo mucho más reciente en nuestro país, el del rico burgués que compraba un monasterio en la Desamortización y, o bien reventaba las bóvedas góticas con cartuchos de dinamita, o las utilizaba como establos para guardar los ganados o los aperos agrícolas.

¿Cuándo y por qué surge esa moda de encontrar bellas las ruinas? Una razón es meramente técnica. Roma fue hasta el siglo XIX el centro de formación artística mundial, allí acudía, becado o por sus propios medios, todo el que quería ser artista a pasar una temporada, si no habías estado en Roma no eras nadie. Una vez allí uno de los pasatiempos favoritos de estos becarios de artista era pintar, dibujar, grabar y reproducir de todas las maneras posibles las impresionantes ruinas que llenan toda la ciudad (ruinas en las que los lugareños sólo habían reparado como canteras fácilmente disponibles). 

Con el tiempo este fervor artístico tendrá sus consecuencias: atraer al turismo, los primeros turistas nacen en el siglo XVIII al calor de los grabados de Piranesi o de las excavaciones de Winckelmann en Nápoles, ya no vienen a Roma como peregrinos, sino a ver los restos de la Antigüedad. La antigua Roma está de moda, poco después, en el XIX, Hölderlin con sus poemas y lord Byron liberando a Grecia de los turcos incorporan también a la Hélade al Grand Tour. De ahí a Benidorm y a los cruceros masivos sólo hay unos pocos pasos.

Los británicos no tenían monumentos clásicos, pero sí mohosos restos de las abadías confiscadas por Enrique VIII que salpicaban la campiña con sus estilizadas siluetas y, en un momento en que la pintura de paisaje estaba en su esplendor, y en el que el mundo rural estaba viviendo sus últimos días antes de sucumbir al embate de la Revolución Industrial, se dieron a la tarea de pintar esas bellas ruinas antes de que se desmoronaran del todo. 

Después el Romanticismo, con su mirada retrógrada y nostálgica de un pasado medieval en el que pretende reencontrar las auténticas raíces de ese nuevo decubrimiento del siglo, la Nacionalidad, también hará sus propios vagabundeos por las ruinas de castillos y conventos, ahora encontrados de repente evocadores, pintorescos, legendarios.

Lo cierto de todo esto es que, si bien la arqueología como disciplina científica merece todo nuestro respeto en su intento de construir un saber a partir de los vestigios materiales del pasado, el gusto popular por las ruinas es puro esnobismo, una cursilería y un reflejo kitsch del que nosotros, los modernos hijos de una civilización hipertecnológica, deberíamos más que nadie abjurar y abominar. 

Como decía José Luis de Vilallonga, la nostalgia es un error, aquello de que "cualquiera tiempo pasado fue mejor" es una bobada más de la quincallería literaria que hemos heredado, un chascarrillo, nada más. Vete pues a IKEA, tira los muebles viejos y no mires atrás, porque el día que ha pasado es día amortizado y sólo tienes el HOY.






Nicolas Poussin (Les Andelys, Francia 1594 - Roma, Italia 1665)
En esta obra de madurez titulada San Juan en Patmos constatamos la preferencia de Poussin por un paisaje "amueblado" con antigüedades, en este caso bellamente sembrado de ruinas. ¿Un símbolo de la decadencia de la antigüedad pagana frente a la Buena Nueva cristiana que San Juan está a punto de proclamar?




Giovanni Battista Piranesi (Mogliano Veneto, Italia 1720 - Roma, Italia 1778)
Los extraordinarios grabados de Piranesi y su amplísima difusión por Europa, junto con la pujante moda de la arqueología, recién inventada por Winckelmann, contribuyeron en grandísima medida a la popularidad de las ruinas clásicas en el imaginario occidental.




Giovanni Battista Piranesi (Mogliano Veneto, Italia 1720 - Roma, Italia 1778)





Giovanni Battista Piranesi (Mogliano Veneto, Italia 1720 - Roma, Italia 1778)
Piranesi no se contentaba con reproducir las ruinas romanas en su estado actual, sino que impulsó la moda de la fantasía arquitectónica con grabados tan impresionantes como éste en que vemos una fantasiosa reconstrucción de la via Apia.




Hubert Robert (París, Francia 1733 - ibid. 1808)
Robert vivió largo tiempo en Italia y se convirtió en un pintor muy respetado tanto por el público, al que llegaba también a través de sus muchos grabados en la estela de Piranesi, como por sus compañeros de profesión y, cosa rara, a pesar de ser un monárquico convencido, consiguió sobrevivir a la revolución francesa sin mengua de su popularidad. Robert se toma grandes libertades y "compone" paisajes con ruinas un poco ad libitum, es decir, no reproduce en general un modelo concreto sino que mezcla monumentos varios y crea sus propias escenografías o parques temáticos arqueológicos. Es curioso que fuese en el momento en que el Antiguo Régimen estaba a punto de desplomarse cuando se imponga la moda de la pintura de ruinas ¿Una premonición de lo que se avecinaba?




Hubert Robert (París, Francia 1733 - ibid. 1808)





Hubert Robert (París, Francia 1733 - ibid. 1808)





Hubert Robert (París, Francia 1733 - ibid. 1808)





Hubert Robert (París, Francia 1733 - ibid. 1808)





Joseph Mallord William Turner (Londres, UK 1775 - ibid. 1851)
Turner es un paisajista preocupado sobre todo por la luz, sus cuadros de temática de ruinas son incidentales y más bien vinculados a sus viajes a Italia. Esta Vista del Foro Romano en particular me hace pensar en el momento que Gibbon, según confiesa en sus memorias, se decidió a escribir su Decadencia y caída del Imperio Romano, cuando estando en el Capitolio oyó rezar a unos monjes franciscanos y, en medio de aquellos ilustres monumentos del glorioso pasado, pensó que debía reconstruir el proceso por el que un imperio tan grande se había llegado a tamaña ruina.




John Constable (East Bergholt, UK 1776 - Londres, UK 1837)
Constable también hará sus pinitos en este género aunque, como puede comprobarse por esta obra, Hadleigh Castle, usa la ruina meramente como un hito en el paisaje para conducir la vista hacia la profundidad del valle o para enmarcar mejor los efectos lumínicos del cielo nublado.




Joseph Michael Gandy (Londres, UK 1771 - Devon, UK 1843)
Gandy trabajará como protegido del gran arquitecto inglés Sir John Soane, en cuya casa museo está esta maravillosa acuarela. En ella representa, de modo muy original, el edificio, que Soane estaba construyendo por aquel entonces, del Banco de Inglaterra, visto como sería dentro de miles de años, cuando fuese una ruina comparable a las Termas de Caracalla, en una especie de profecía gráfica  contemplando, antes de acabar de construirse, la gran ruina que será algún día. Curioso ¿no?




David Roberts (Stockbridge, UK 1796 - Londres, UK 1864)
El escocés Roberts, aparte del género de abadías inglesas en la floresta, será muy conocido y recordado por sus bellísimas acuarelas de los grandes monumentos egipcios, otras ruinas exóticas y grandiosas para el público de su época que comenzaba a interesarse por la egiptología.




Guillaume Victor van der Hecht (pintor belga 1817 - 1891)
Ruinas de Kenilworth Castle




William Henry James Boot (Manchester, UK 1848 - Londres, UK 1918)





Arnold Böcklin (Basilea, Suiza 1827 - Fiesole, Italia 1901)
El suizo Böcklin pone de moda el paisaje "pintoresco" o enigmático, con misteriosas ruinas, ya no de raigambre clásica, sino en parajes nórdicos y góticos. Es curioso que tuviese tanta popularidad en su época, prácticamente le quitaban los cuadros de las manos, a mí hoy día me parece un tanto tópico y sobreactuado, su arte es, en el mal sentido de la palabra, ficción.




Arnold Böcklin (Basilea, Suiza 1827 - Fiesole, Italia 1901)





Caspar David Friedrich (Greifswald, Alemania 1779 - Dresde, Alemania 1840)
Friedrich es un místico con una religiosidad de raíz panteísta, me recuerda mucho a Hölderlin o a Novalis, con una conexión genuina con la Naturaleza, reflejada no tanto, como en Constable, a través de la plasmación en el cuadro de los efectos de luz o del paisaje realmente observado, sino que se sirve del paisaje como medio para expresar una dimensión espiritual o anímica. Sus ruinas son de una tristeza infinita y al mismo tiempo transmiten una gran paz y armonía, son un canto que entona el sic transit Gloria Mundi, al tiempo que proclama el inevitable cambio de Heráclito, el eterno retorno en el seno de la madre Naturaleza.




Caspar David Friedrich (Greifswald, Alemania 1779 - Dresde, Alemania 1840)





Caspar David Friedrich (Greifswald, Alemania 1779 - Dresde, Alemania 1840)





Jules Coignet (Paris, Francia 1798 - ibid. 1860)
Palazzo Madama, Nápoles




Christen Schiellerup Kobke (Copenhague, Dinamarca 1810 - ibid. 1848)
Vista del Vesubio desde Pompeya




Adolf Hitler (Braunau am Inn, Austria 1889 - Berlin, Alemania 1945)
Bertolt Brecht llamaba a Hitler "el pintor de brocha gorda", a la vista de esta fea acuarela de aficionado podemos estar totalmente de acuerdo con este apelativo. De hecho se me ocurrió la redacción de esta entrada a la vista de esta acuarela. Hay algo perverso y terriblemente perturbador, es como una malvada profecía, que el hombre que iba a convertir Europa entera en un montón de ruinas se entretuviese pintando estos paisajes kitsch de ruinas góticas en los tiempos en que aún aspiraba a ser un artista.



domingo, 5 de octubre de 2014

Toma de mis manos



 John Grant, Rose.



Toma de mis manos para tu gozo
un poco de sol y de miel,
como nos ordenaron las abejas de Perséfone.

No soltar una barca a la deriva,
no sentir en la piel la sombra de una bota,
no vencer al dolor en esta vida dormida.

Sólo nos quedan los besos,
afelpados como abejitas
que mueren lejos de la colmena,
y que murmuran en la transparente espesura de la noche,
su patria es el bosque dormido del Taigeto
y su alimento, el tiempo, la pulmonaria y la menta.

Toma para tu gozo mi regalo salvaje,
este feo y seco collar
de abejas muertas que convirtieron su miel en sol.

                                              Osip Mandelstam, Tristia, 1920.
                                                                     Traducción de Jesús García Gabaldón.





In memoriam Rosa Martín Esteve. S. T. T. L.

jueves, 2 de octubre de 2014

Una Edad de Oro III: Maurice Quentin de La Tour


Maurice Quentin de La Tour (Saint Quentin 1704 - ibid. 1788) se nos muestra en su biografía como un típico hijo de su siglo, llegado a los quince años a París se emplea como aprendiz de un grabador y pronto viaja a Londres donde admirará los retratos de Van Dyck. Su introducción en la técnica del pastel vendrá sin duda inducida por la estancia en París (1720-21) de Rosalba Carriera a la que conoce personalmente y que va a ser una influencia fundamental para el joven artista. El éxito de la Carriera seguramente induce a La Tour a probar suerte en esta nueva técnica tan de moda y pronto descubrirá que su facultades son muy a propósito para ella, de tal manera que desde entonces se va a dedicar en exclusiva al pastel, hasta el punto de que sólo se conservan sus pasteles, desconocemos si trabajó otras técnicas artísticas.

En una élite tan pequeña el espaldarazo definitivo le vendrá a raíz de pintar en 1735 el retrato del otro hombre a la moda, Voltaire; a partir de entonces hasta su muerte recibirá numerosísimos encargos y conseguirá vivir como un caballero. Preocupado por la formación de nuevos artistas funda una escuela de dibujo en su pueblo natal y beca los viajes de los jóvenes pintores. Sus últimos años los vive recluido en casa, aquejado de una demencia senil o de Alzheimer.

Se dice que La Tour era más bien lento en concluir sus trabajos, lo que, unido a la cantidad de encargos, lo tenía siempre ocupadísimo. Sin duda era un artista concienzudo y además su clientela apreciaba ese tipo de acabado en que el pintor trabaja la calidad de una seda, la filigrana de un bordado o el brillo de una armadura, muchos de esos retratos acabados con tanto trabajo y precisión pueden verse hoy en museos europeos o en colecciones privadas. 

Sin embargo a mí me gustan mucho más estos bocetos preparatorios donde el artista sólo se esfuerza en captar ese algo característico del retratado, el gesto, la mirada, eso que, más allá de la pura definición de los rasgos físicos, nos identifica y nos hace decir "así es, ese soy yo". En esto La Tour es el mejor, no tiene parangón, es como si estableciese una corriente de complicidad con su retratado, de tal manera que el modelo, más que estar posando parece asomarse por el quicio de una puerta como para espiar o saludarnos desde el otro lado del papel.

Me encanta mirar estos rostros, risueños, felices, llenos de autoconfianza, es como echar un vistazo dentro de los salones de una "beautiful people" en sus tiempos de mayor esplendor y despreocupación, el reinado de aquel bon vivant que fue Luis XV. Una multitud de personajes desde el rey, hasta sus amantes,  nobles, filósofos, artistas, burgueses, ilustres y famosillos, nobles y parvenues, todos sonríen afables y contemplan ante sí la perspectiva de un lisonjero futuro. ¿Cuántos de ellos acabarían bajo la guillotina? ¿Cuántos arruinados o con las vidas trastornadas tras el fatídico 1789?

Confieso que estos rostros, conocidos unos, anónimos los más, me recuerdan otros rostros mucho más antiguos, los que los romanos que vivían en Egipto pintaban sobre tablillas para poner en los sudarios, los rostros de El Fayum. Como ellos parecen mirarnos desde la sombra para decirnos: "vive, vive tú que puedes, vive mientras puedas, que yo más quisiera ser el más pobre de los vivos que ven la dulce luz del sol, antes que ser el rey de los muertos".







Marie Fel, esposa del pintor, 1757.

Madame Favart

Magistrado Jacques Laura Cooper Breteuil

Jean Le Rond d'Alembert, 1753.

Mademoiselle Camargo

Madame Pompadour

Madame Rougeau

Hijo de Jean Paris de Montmartel

Estudio para el retrato de Voltaire

Autorretrato

Autorretrato.

Estudio de retrato para un desconocido

Jean Le Rond d'Alembert

Autorretrato

Mademoiselle Dangeville

Estudio de retrato para una desconocida

Luis, Delfín de Francia, 1762.

Mademoiselle Chacrylique sur Toileagner de la Grange

Luis XV

Estudio para retrato de un desconocido

Mademoiselle Pavigne

Estudio para retrato de una desconocida

Estudio para retrato de una desconocida

 Estudio para retrato de un desconocido

Jean Paris de Montmartel