jueves, 27 de noviembre de 2014

Mira ese cuadro: "Joven quitándose una liga"


Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina (Sevilla 1806 - Madrid 1857) es un pintor cuyo nombre quizás al pronto a algunos no les suene, sin embargo hay una obra suya que todos hemos visto, aunque sea en los libros de literatura: "Los poetas contemporáneos. Lectura de Zorrilla en el estudio del artista" . Este cuadro, según se dice, lo pintó en agradecimiento por la ayuda que recibió con ocasión de una terrible experiencia: Hacia 1839, como consecuencia de un herpes mal curado, Esquivel se quedó ciego. En su desesperación intentó suicidarse en dos ocasiones arrojándose al Guadalquivir. Sus amigos artistas y literatos promovieron una serie de actos benéficos para recaudar dinero para un costoso tratamiento con un oftalmólogo francés que finalmente le devolvió la vista y el pintor agradecido habría pintado el cuadro donde aparecen todos los amigos  contribuyentes. No acabo de creerme la versión, aunque es una historia tan buena que merecería ser cierta. 

Fue este pintor todo un señorito andaluz, en el buen sentido de la palabra. Nacido noble, hijo de un héroe de Bailén, pero pobre, tuvo que buscarse la vida desde bien joven, militó  en el liberalismo más radical, entre los defensores de la Constitución de Cádiz, el "código sagrado" como se decía entre los correligionarios, y participó en la Milicia de Madrid, la que obligó a la reina regente doña María Cristina a exiliarse. Este artista romántico tuvo bastante labia y amplia vida social y tanto en Sevilla como en Madrid era hombre popular y con mucha fama por fácil y halagüeño retratista, cosa que le valió muchísimos encargos y una enconada rivalidad con el clan de los Madrazo. Llegó no obstante a ser pintor de cámara y encarna un prototipo, tanto por su vida como por su obra, del artista romántico español.

En esta ocasión he querido traer, no uno de sus retratos, que los hay muy bellos, sino una obra un poco peculiar por lo infrecuente. En 1842 pinta un cuadro titulado "Joven quitándose la liga" donde aparece una joven en una postura de lo más sugerente, es un cuadro de tema erótico explícito que no tiene muchos precedentes en el casto arte hispánico, sobre todo porque, cuando un pintor quería pintar un desnudo, lo usual era valerse de la anécdota mitológica y entonces se pintaba una Venus o una Dánae o alguna otra diosa pagana, o bien se pintaba una escena de romanos, con lo que el desnudo quedaba "justificado por el guión". Esquivel en este caso nos introduce en una alcoba contemporánea, con una joven que además de la liga se ha quitado alguna otra prenda interior y que además, para colmo, mira al espectador de frente y sin tapujos, con naturalidad.




Antonio María Esquivel. Joven quitándose la liga, 1842. Meadows Museum, Dallas. USA




Tan sorprendente como el cuadro es el lugar donde hoy puede verse. La obra está en el Meadows Museum de Dallas (Texas) y está allí porque el millonario petrolero Mr.Algur H. Meadows desde los años 50 empezó a visitar España y a enamorarse del arte español y a coleccionar arte español a golpe de talonario, gracias a lo cual es posible ver en la ciudad de Dallas una excelente y nutrida colección de pintura española. ¿En qué colección particular estaba este cuadro en España? ¿Quién lo encargó en su día y con qué fin? Imagino a algún prohombre decimonónico disfrutando de lo lindo de esta obra erótica de Esquivel en la soledad de su alcoba y siento una cierta simpatía por el pícaro señor ¿Un cariñoso retrato de alguna amante? Imagino también el cuadro después acabando en manos de los piadosos hijos o nueras que pensarían para sí ¡Menuda indecencia! y lo tendrían tapado en el desván, cuando, mira por dónde, aparece un señor americano que paga lo que no está escrito por el cuadro del abuelo y, cosas de la vida, la indecencia se convierte en obra de arte para que la vean los escolares cuando visiten el museo acompañados de sus maestros. Ironías del destino...


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Eusebio Sempere: Las cuatro estaciones


Recuerdo que un amigo músico solía hacer el elogio de su arte diciendo que la música es la más pura de las artes, porque es totalmente abstracta. En efecto, a nadie se le ha ocurrido distinguir entre música "figurativa" y música abtracta, se da por sentado que la música no se encamina a reproducir o imitar los sonidos de la naturaleza, sino que crea, mediante sonidos armonizados según sus propias reglas, un producto artístico al que llamamos música. 

Del mismo modo se puede decir que Eusebio Sempere (Onil, Alicante 1923 - ibid. 1985), cuando aborda la serie "Las cuatro estaciones" no pretende reproducir una naturaleza observada, no tiene que salir a pintar au plein air el paisaje de un prado en primavera, o de un bosque en otoño, o unos dorados trigales en verano; en realidad ¿Sabemos siquiera si la referencia que sugiere el nombre se refiere al mundo natural? es decir ¿Quiere ser esta una representación de una especie de "idea" en el sentido platónico, esto es, de arquetipo, de cada estación meteorológica? ¿O quizás la referencia hay que buscarla por otro lado, más meta-artística? De hecho en una entrevista el autor confiesa que en su apartamento de París, gracias a un tocadiscos que le dejó un amigo, oía una y otra vez el único disco que tenía: "Las cuatro estaciones" de Vivaldi y sugiere con  la ironía que le caracteriza, "es posible que en alguna ocasión pasara por mi mente el deseo de plasmar esa música en mi pintura". 

Como una sonata en cuatro movimientos nos presenta Eusebio Sempere su serie, como un universo formal homogéneo, unas tablas que establecen sus correspondencias entre ellas, donde el esquema paisajístico se limita a una bipartición mediante un eje horizontal ¿el eje cielo-tierra? si uno necesita ver formas véalas, si se quiere buscar la geometría búsquese, que también está. Sin embargo creo, y es una apreciación completamente personal, que Eusebio Sempere en esta época, ya casi final de su producción, superada su época más rigorista y geométrica, lo que busca, lo que trabaja, lo que consigue con un lirismo extraordinario, es plasmar la luz, todas esas rayitas que van creando tramas, que van entrecruzándose, crean unos efectos sutiles de degradaciones del color por los que la luz entra como por las rendijas creando unas irisaciones bellísimas en su levedad. 

Es curioso, y es muestra de la enorme integridad y honradez artística que Eusebio Sempere tuvo toda su vida, que en una entrevista concedida a EL PAÍS en sus últimos años dijese: "Sí. Siempre deseé ser un gran pintor. Y resulta que he visto clarísimo que no lo soy. Eso me aterra, porque yo, de verdad, he puesto cuanto estaba de mi parte; pero me doy cuenta de que no he sido un elegido...". Un desaliento semejante me recuerda al de Virgilio pidiendo que quemaran la Eneida antes de morir o el de Kafka pidiendo a Max Brod que destruyera sus novelas, es el desaliento que sufren los extremadamente perfeccionistas. No es así, Sempere es y será siempre uno de los grandes, uno de NUESTROS grandes, su obra está entre las más relevantes de todo el siglo XX español.





Eusebio Sempere. Las cuatro estaciones,1980: Primavera. Gouache sobre tabla. Museu Fundació Juan March, Palma de Mallorca





Eusebio Sempere. Las cuatro estaciones, 1980: Verano. Gouache sobre tabla. Museu Fundació Juan March, Palma de Mallorca





Eusebio Sempere. Las cuatro estaciones, 1980: Otoño. Gouache sobre tabla. Museu Fundació Juan March, Palma de Mallorca





Eusebio Sempere. Las cuatro estaciones, 1980: Invierno. Gouache sobre tabla. Museu Fundació Juan March, Palma de Mallorca






Para aquellos que no conozcan la obra de Eusebio Sempere, ésa es una buenísima razón para visitar Alicante: allí, en un bello museo en el barrio antiguo, en la llamada casa de La Asegurada, hoy MACA  (Museo Alicantino de Arte Contemporáneo) está una parte relevante de su obra, junto con una interesante colección de arte contemporáneo que el propio autor hizo a lo largo de su vida y que donó a la ciudad.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Richard Diebenkorn

Richard Clifford Diebenkorn (Portland, Oregon, 1922 - Berkeley, California, 1993) ha sido toda su vida un pintor empeñado en una búsqueda personal que le ha llevado a seguir sus propias preocupaciones estéticas y sus propias investigaciones formales, a menudo en soledad y a contracorriente. 

Vive desde niño en el área de San Francisco y en los años 40 estudia en la universidad de Stanford, donde recibe una formación clásica y cultiva en sus comienzos un estilo fuertemente influenciado por Edward Hopper. Durante la guerra se alista en los marines y es destinado cerca de Washington, donde puede ver la Colección Phillips y conocer las obras de Bonnard, Cézanne y Matisse, influencias que van a ser fundamentales en su obra. En los años cincuenta se convierte en uno de los pintores más representativos del expresionismo abstracto americano y entra en contacto con la pintura de Mark Rothko y Jackson Pollock entre otros.

Curiosamente, en el momento en que el movimiento abstracto americano alcanza su máxima influencia y proyección, hacia mediados de los 50, Diebenkorn emprende un cambio de rumbo y evoluciona hacia la figuración, pintando paisajes e introduciendo incluso la figura humana. Años después, a raíz de su traslado a California  en 1966 vuelve a la abstracción de nuevo, evolución que llegará a su culminación con la maravillosa serie Ocean Park, que todavía es la parte de su obra por la que es más universalmente conocido.

En 1978 representó a Estados Unidos en la Bienal de Venecia y en 1993 recibió la National Medal of Arts. Su obra ha sido una de las más relevantes en la pintura americana del siglo XX.

He escogido a Richard Diebenkorn porque me encanta su pintura, pero también porque es un paradigma que muestra cómo esa tajante frontera que a menudo trazamos entre abstracción y figuración no es más que la línea que un niño ha dibujado en la tierra con un palo. Cuando nos aproximamos a lo real, pictóricamente hablando, pensamos en líneas, en volúmenes, en los colores y sus armonías respectivas, en el peso de cada parte en la composición total, que será sin embargo percibida como un todo,  pensamos en la geometría interna que sostendrá la representación, no pensamos en un jarrón, en un monte, en un árbol, en una persona. El pintor piensa en términos pictóricos y estos son forma, línea, color. 

¿No les ha ocurrido que al ver un paisaje desde la ventanilla de un avión éste se ha convertido en un cuadro abstracto? Miramos hacia la tierra y lo que abajo son caminos, árboles, casas, montañas, se nos presenta en forma de líneas, texturas, secuencias. Lo que llamamos paisaje no es más que privilegiar el punto de vista de la perspectiva Brunellesciana, si adoptamos otro punto de vista diferente todo cambia de repente. Esto, entre otras muchas cosas, es lo que Diebenkorn nos enseña con esos paisajes donde lo importante son esas líneas, esas geometrías que cortan y secuencian la imagen y las masas de color. 

El color, este es uno de esos pintores que a mí me reconcilian con la pintura, porque visualmente es como una inundación de gozo del color, esos bellísimos verdes o azules, esas armonías tan cuidadosamente conseguidas, ese modo de rimar los tonos y crear un efecto global, esas superficies vibrantes, texturadas. Es un placer intenso contemplar la obra de Diebenkorn, hay una alegría y un lirismo, una vehemencia en el gesto pictórico que saben equilibrarse mutuamente para producir una obra única, la de un hombre discreto y profundamente honrado, que siguió sus intuiciones y consiguió, como un vinatero virtuoso, destilar la belleza usando su propia receta.






























































































































miércoles, 5 de noviembre de 2014

ΓΝΩΘΙ ΣΕΑΥΤΟΝ


CONÓCETE A TI MISMO. Esta sentencia según se dice estaba escrita en el templo de Apolo en Delfos para mostrar el camino que conduce al verdadero conocimiento, aquél que no es mera erudición, sino preparación para la vida, reserva inagotable de la que nutrir la propia personalidad.

Esta frase va a ser la guía de un proyecto pedagógico radical, la enseñanza de Sócrates. Frente a los vendedores de eficiencia, los sofistas, tecnócratas que prometen conocimientos útiles y "empleabilidad", frente a los científicos y su "conocimiento por el conocimento", frente a los piadosos y sus libros sagrados, Sócrates quiere enseñar al alumno a ser persona, y para ello tiene que hacer que el discípulo vaya sacando de sí lo que lleva dentro y, en palabras de Píndaro, "llegue a convertirse en el que es". Para este propósito, en lugar de clases magistrales, conferencias o programaciones, sólo necesita el diálogo, hablar y escuchar, e ir quitando, quitando todo aquello que no es genuino, los prejuicios de la tribu, las presunciones, las falsas creencias, los postureos, las vanidades de la inteligencia.

Mediante el diálogo ir rectificando, ir mostrando la diferencia entre lo recto y lo torcido, entre el bien y el mal, pero no de un modo doctrinario, no "tu" verdad, sino la verdad, ven conmigo a buscarla, que decía Machado. Ir dejando que el alumno hable y escucharle, no como un modo de tenderle trampas para que se líe en su propio discurso y luego ir a pillarle, no tampoco como el diván del doctor Freud para que reviva su traumas de infancia, sino tomándose en serio radicalmente al ser humano que tiene enfrente y por eso escucharle, sí, pero también por eso justamente plantearle objeciones cuando se aparta de lo justo, de lo verdadero, cuando yerra, pero dejando a la vez que camine a su paso hacia el descubrimiento de las verdades sin llevarlo por atajos, sin imponerle soluciones, sino ayudándole a que construya su propio saber. Como la partera ayuda a la madre a dar a luz, así el maestro.

Nosotros los de hoy, que damos clases sometidos al programa, programa, programa, nosotros que dividimos el saber en parcelas llamadas asignaturas, nosotros que nos subimos a la tarima y aleccionamos a los alumnos de treinta en treinta, ¡Qué lejos seguimos estando de la verdadera educación! y cómo cada vez educar parece más y más difícil. Qué poco hemos aprendido de Sócrates. Cuanto más lo admiramos tanto más nos alejamos de su enseñanza hasta convertirlo en un personaje "histórico", en una figura de mármol, nosotros entre todos hemos matado, seguimos matando, a Sócrates.


A Caridad García.



Pietro della Vecchia (1603 -1678), Sócrates y dos alumnos. Museo Nacional del Prado, Madrid.