martes, 6 de enero de 2015

¡Mira ese cuadro!: The Old Dealer


En un almacén atestado de dudosos artilugios un viejo chamarilero pinta de minio una jaula, un arreglo casero para mantener a raya el paso del tiempo, pues el tiempo sin duda es el sujeto de esta obra: Πὰντα ὁ χρονος διὲλυσε, "el tiempo todo lo destruye". Aquellos objetos que un día formaron parte de las vidas de otras personas, acaban su ciclo amontonados en el Purgatorio de los cacharros, convertidos en antigüedades ¿El tendero mismo, también él una antigualla viviente, no parece formar parte del conjunto? El hombre nos contempla sin embargo con jovialidad, como quien se ríe para sus adentros, conocedor de algún secreto que el espectador ignora, como un  vetusto Ali Baba en su cueva encantada, llena de tesoros un poco polvorientos, un poco decepcionantes, pero cada uno con su magia y su poder, cada uno narrando una posible, fantástica historia, una vieja historia que, como a la vieja lámpara de Aladino, sólo hace falta frotarla y sacudirle un poco el polvo para que salga el genio a contarla. El tiempo huye irreparable, decía Horacio, haciendo poesía de la obviedad, mas decía bien, porque al final todo acaba siempre entre un montón de trastos desechados y una tienda de chamarilero puede ser la mejor metáfora de la vida. CARPE DIEM




Charles Spencelayh. "The Old Dealer" (The Old Curiosity Shop) 1925.



El británico Charles Spencelayh (Rochester 1865 - Northampton 1958) se formó en la National Art Training School de Londres, donde obtuvo un premio al dibujo de figura y de allí pasó a completar su formación a la capital francesa, llegando a exponer en el Salón de París. Sin embargo su trabajo y la difusión de su obra en el futuro va a tener lugar casi exclusivamente en la Gran Bretaña. Expuso regularmente obras en la Royal Academy desde 1912 hasta su muerte en 1958. Fue miembro fundador de la Real Sociedad de Minitaturistas y vicepresidente de la Sociedad Británica de Acuarelistas, así como de otras prestigiosas sociedades artísticas. Realizó exposiciones con regularidad y éxito durante toda su larga vida y sus cuadros eran codiciados por los coleccionistas, entre los que se contaba la reina Mary y otros altos personajes. Su obra está representada en numerosos museos británicos, entre ellos la Tate Gallery de Londres. Su pintura costumbrista gustó mucho en su época y aún sigue gustando a los británicos. Pinta casi siempre escenas domésticas donde aparecen con preferencia ancianos, a menudo solos, en interiores más o menos destartalados, y que, en la borrosa era eduardiana, cuando la Gran Bretaña aún era un imperio, son un canto deliberadamente antiheroico. Spencelayh se complace en pintar los prosaicos interiores de la middle class, o incluso se especializa en vejetes pobretones ¿un tipismo sentimental? ¿una velada e irónica crítica? Siendo como era un buen británico nunca llegaremos a saberlo, discreción obliga. Queda una obra que trasmite un discreto encanto que no todos son capaces de apreciar.


2 comentarios:

  1. Me encantaría cotejar esa preciosidad con una fotografía, a ver si existe algún resquicio en esta que se le hubiera ocultado al pintor. ¡Una maravilla! La armónica vetustez existente entre los objetos y el personaje dota al conjunto de una eficaz unidad que, efectivamente, nos remonta al tópico medieval del paso inexorable del tiempo y a la vitalidad renacentista que invita al disfrute de la vida.
    Creo que ese apilamiento de objetos responde al aumento de la prosperidad europea de mediados del siglo XIX, determinando la posición social del individuo, e incluso, su caracterización psicológica,como bien refleja la novela de Balzac, uno de los pioneros en su incorporación. En otras ocasiones, como ocurre en la obra de Sartre y de Proust, constituyen un valioso símbolo de la náusea existencial y de la evocación de recuerdos del pasado, respectivamente. Conglomerado artístico que testimonia la inherente comunión cronológica del Arte.

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    1. Como bien dices, sería interesante poder hacer esa comparación y ver, entre la fotografía y el cuadro, qué es lo que el artista ha decidido mostrar o quitar, o embellecer.
      Las tiendas de este tipo, más de cacharros que propiamente antigüedades, siempre me han desazonado un poco, pienso en esos objetos que en mi familia han ido pasando de generación en generación porque llevan una historia anexa, el tintero de cerámica del bisabuelo, el marco con la fotografía de una tía-abuela, el paragüero de la casa de tus abuelos, etc, que seguramente no tienen un gran valor artístico ni pecuniario, pero que tienen un sentido, el de testimoniar una continuidad familiar, el testimonio del cariño por los ausentes, y pensar que esos objetos algún día irán a parar a una almoneda o a una tienda de viejo, huérfanos, convertidos en cacharros anónimos, entre otras muchas antiguallas ya sin significado para nadie, es la muerte, eso es la muerte, los objetos también mueren y ése es su cementerio.

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