viernes, 17 de abril de 2015

La belleza efímera: George Barbier


La primera guerra mundial (1914-1918) supuso un terrible trauma para la sociedad europea, para su estilo de vida y para el concepto que ésta tenía de sí misma. Por ello no es extraño que el período que sigue, el que se ha venido en llamar período de entreguerras, pero también los felices años 20, se caracterizara por un inmenso deseo de disfrutar de la vida, de mirar hacia adelante, de respirar, de gozar de cuantos placeres pudieran obtenerse. Así el arte popular de las revistas ilustradas y la publicidad alientan una imagen de lujo, sofisticación, cosmopolitismo, modernidad y hedonismo. 

Al amparo del crecimiento económico vertiginoso de los años veinte proliferan los nuevos ricos que quieren dar una capa de glamour a su reciente dinero y no ven mejor manera de hacerlo que vistiéndose en Poiret, Lanvin o Chanel, o comprando objetos de Lalique o de Cartier. La alta sociedad y sus rituales de exhibición de lujo y de modales florece en todo su esplendor. Sociedad ociosa y acelerada a un tiempo, "The show must go on": es la época dorada de Broadway , del Folies Bergère, de los cabarets canallas berlineses. Los ricos, y los no tan ricos, quieren diversión, y buscan y al final crean una estética a su medida; la estética que plasma este estado de ánimo, este estilo de vida es el ART DECÓ.

El Art decó funciona así en paralelo a las vanguardias, y mientras éstas se adentran mediante su búsqueda y experimentación formal en terrenos cada vez más distantes del gusto común del público, el Art decó ofrece una alternativa más pragmática y menos exclusivista, proporcionando una variedad de imágenes y de objetos artísticos que van a configurar el gusto moderno del momento, así esta tendencia impone sus modos en la arquitectura, la moda, la escultura, el diseño industrial, las revistas ilustradas, los libros, la decoración de interiores y el mobiliario, y, cómo no, la publicidad.

En este contexto la obra y la figura de George Barbier (Nantes 1882 - París 1932) es el paradigma del Art decó. Su obra, si uno repara en sus bellísimas ilustraciones una por una, no es especialmente original, sus fuentes pueden rastrearse con facilidad: el japonismo, el rococó, la pintura de los vasos griegos, el art nouveau, las miniaturas persas e indias y algunos autores más cercanos en el tiempo como Leo Bakst o Audrey Beardsley. 

Como ilustrador de revistas de moda y de publicaciones populares no tiene una gran inquietud por ser extremadamente original, lo suyo no es la obra única de elevado precio, sino la ilustración que llegará a todas las casas, que acaso acabará colgada de una chincheta de cualquier pared, su registro es el diseño de moda, de vestuarios y decorados para los ballets, tanto los descocados del Folies como los más rompedores ballets rusos de Nijinsky, su propósito es anunciar el perfume o el producto de moda, asociándolo a una imagen de lujo, de exotismo, de modernidad, pero todo ello al alcance de la mano, accesible a cualquier modistilla o ama de casa que pueda comprar la Gazette du bon ton, el Vogue o el Journal des dames et des modes. La belleza al alcance de las masas, una imagen de elegancia que te hace soñar con lejanos paraísos exóticos, con aventuras diciochescas, chinescos de cuento o femmes fatales de noche que por la mañana se transforman en oficinistas o en chicas de barrio.

El reinado de George Barbier durará apenas veinte años, desde 1912 en que expone por primera vez hasta 1932, fecha de su temprana muerte. Creador de moda, pintor, ilustrador de relatos, de revistas, publicista, diseñador de objetos de lujo, periodista de sociedad, dandy extravagante, él es el alma de todos los saraos, el arbiter elegantiarum de los felices 20 en París, su obra, como su tiempo, una belleza efímera que no tardará en ser arrasada por los tanques de Hitler y de la que sólo nos queda, como de un leve perfume, su recuerdo.

 






































































































































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