jueves, 14 de mayo de 2015

Imaginando a los romanos IV: Sic semper tyrannis


Los conjurados le rodearon al tomar asiento simulando que deseaban ofrecerle sus respetos, y acto seguido Cimber Tilio, que se había reservado el papel de protagonista, se le acercó aún más como si quisiera pedirle un favor, pero al rechazarle César e indicarle con un ademán que aplazara su petición para otro momento, lo cogió de la toga por los hombros y, al exclamar César: "¡Esto es un acto de violencia!",  uno de los dos Casca le hirió por la espalda algo más abajo de la garganta. César le agarró del brazo y se lo atravesó con su estilete, luego intentó escapar, pero otra herida le obligó a detenerse. Entonces, al darse cuenta de que era el blanco de innumerables puñales que contra él se blandían de todas partes, se cubrió la cabeza con la toga, y con la mano izquierda hizo descender los pliegues hasta la extremidad de las piernas para caer con más dignidad, puesto que así quedaba cubierta la parte inferior de su cuerpo, y en esta posición pereció acuchillado por veintitrés puñaladas, habiendo lanzado sólo un gemido al primer golpe pero sin proferir palabra alguna. [...] Entonces todos los presentes se dieron a la fuga mientras César, exánime, permaneció algún tiempo tendido en el suelo, hasta que tres jóvenes esclavos le colocaron en una litera y en ella le transportaron, con el brazo colgando, a su casa."
Gaius Suetonius Tranquillus, Divus Iulius, LXXXII, 1-3.
Traducción de Mariano Bassols de Climent.

De este modo tan cinematográfico nos describe Suetonio el asesinato de César por los conjurados. Toda la tensión, la brutalidad, el espesor de la sangre derramada, el miedo y la violencia mimética de los asesinos, el dolor y la resignación de la víctima, todo está pulidamente narrado por este bibliotecario romano que vivió más de un siglo después. Los romanos gustaban de narrar este tipo de detalles, por dónde le entró el puñal, cómo se suicidó, eran una sociedad acostumbrada a la violencia. El asesinato de César ha sido el arquetipo de todo magnicidio, todo terrorista que ha matado a un gobernante se ha sentido otro Bruto, otro Casio, se ha sentido justificado en su santa ira y en su lucha por la libertad, contra el tirano, más de uno incluso, como el asesino de Lincoln, hasta ha proferido el tópico "sic semper tyrannis", así siempre a los tiranos, ante un público estupefacto. Así una y otra vez, arreglando el mundo mediante la violencia, sólo para que el mundo siga necesitando arreglo, porque así no, así no...

Ese momento final, cuando el cuerpo queda tendido en el suelo y los matadores huyen, aún dándose palmaditas en el hombro, animándose supongo para quitarse el miedo a lo que acaban de hacer, a las consecuencias ineluctables que habrán de venir, ese momento vacío final en que sólo queda un giñapo en el suelo en medio de un charco de sangre, rodeado de silencio, ese instante es el que Jean-Léon Gérôme (1824 - 1904) ha elegido representar de la muerte de César, una sala vacía (al fondo salen puñal en ristre los asesinos), y a un lado en penumbra yace un cuerpo aún tibio sobre el mármol, cubierto por la toga. El César ha muerto.



Jean-Léon Gérôme. La muerte de César. 1867. Tha Walters Art Museum. Baltimore




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