lunes, 22 de junio de 2015

Un gabinete para el príncipe; Luis Egidio Meléndez


El visitante del Museo del Prado que quiera disfrutar de una visita tranquila y sin multitudes que, guía al frente, le tapen los cuadros o le importunen con explicaciones no deseadas, tiene un remedio fácil, sólo tiene que subir al segundo piso por la fachada que mira al jardín botánico. Allí está toda la obra primera de Goya, los cartones para tapices, una maravilla, las bellas obras de Luis Paret, a quien ya dedicamos una entrada, y lo que a mí en particular me gusta más de esta zona, los bodegones de Luis Egidio Meléndez. Esta zona está habitualmente casi vacía y el espectador puede sumergirse en el siglo XVIII español sin ruidos y sin gentío y disfrutar a solas de su peculiar encanto.

Luis Egidio Meléndez es sobrino de un pintor del que ya hemos hablado alguna vez, Miguel Jacinto Meléndez, un retratista que llegó a ser pintor de cámara de Felipe V, su padre Francisco, hermano de éste, se especializó en la pintura de miniaturas y, como no le fuera tan bien como al tío, se marchó a Italia en busca de mejor fortuna. Allí, concretamente en Nápoles, nace Luis Egidio y allí vive hasta que el tío, que es el contacto de la familia con la corte, les insta a que vuelvan a Madrid. El viejo Alcázar de los Austrias se ha incendiado y un nuevo palacio, el Palacio de Oriente, se está construyendo sobre las cenizas. Hay trabajo para una enorme cantidad de pintores, escultores, ebanistas, decoradores, tapiceros, doradores, marmolistas, etc. Acá se vienen de nuevo los Meléndez, y al principio con buenas expectativas, se acaba de constituir la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y se necesitan profesores. Francisco Meléndez es nombrado director honorario y su hijo es admitido como uno de los primeros alumnos, sin embargo poco después una disputa del padre de nuestro artista con el director Luis Michel van Loo acaba con la salida de padre e hijo de la Academia.

El joven pintor busca protector y parece hallarlo de momento en el príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV. Para él pinta en la década de los 70 una colección de bodegones para el gabinete de Historia Natural del príncipe, según la moda ilustrada. En este gabinete representará los variados frutos que el clima español produce según la estaciones. La primera ubicación de estas pinturas será la Casita del Príncipe en el Escorial, luego pasará a Aranjuez, para finalmente acabar en la colección del Museo del Prado.

Como tantos otros artistas que vinieron a Madrid en busca de trabajo y patrocinio, (pienso por ejemplo en Lorenzo Tiepolo), Luis Egidio Meléndez tuvo poca suerte y acabó viendo frustradas sus expectativas, el bodegón se consideraba un género menor y la casa real, aparte del encargo del gabinete, no volvió a pensar en Meléndez para mayores encargos, de modo que el pintor tuvo que arreglárselas como pudo en el mercado libre, que era más bien magro, y así, después de muchas peticiones inatendidas al rey, finalmente murió en Madrid en 1780 en la más completa indigencia.

Me apetece reivindicar la belleza de los bodegones de Meléndez, su honesto abordaje del tema, su solvencia en el tratamiento de las texturas, la delicadeza de las composiciones, las armonías de color tan bien equilibradas. Es una obra humilde quizás, pero seria, bella y verdadera, unas cualidades que no son fáciles de encontrar en la pintura del XVIII a menudo demasiado almibarada y escapista. Me gustan esos panes que tienen una presencia casi eucarística, la textura de esos jarros de barro, los humildes cacharros de cocina, los melones, ese jamón que casi huele, los ojos de esos pescados. Pienso que todo esto tan bello, tan apetitoso lo pintó un pobre pintor con más hambre que Carpanta; quizás ése, después de todo, fuera uno de los secretos de su arte.









































































































2 comentarios:

  1. Esta admirable y más que realista exposición de objetos domésticos relacionados con la comida me hacen cuestionarme su relación con la poesía anacreóntica dieciochesca - canto al goce del vino y el amor- que, en cierto modo, era propaganda indirecta, encaminada a despertar en los nobles el interés por la vida rural con el fin de revitalizar el sistema agrícola del país.
    ¡Cuántos talentos despreciados han fallecido en la indigencia! Decididamente, entre los bodegones flamencos y los patrios, me quedo con la sobriedad de los de la tierra.

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    1. Me gustan estos bodegones de Meléndez porque están "desparasitados" de significados anexos, es decir, no pretenden tener simbologías religiosas ni de ningún otro tipo: las frutas, los pucheros que ves son lo que parecen ser y nada más, es como si dijeran al espectador: "Somos reales, ¿Qué más quieres". Eso, que parece una obviedad como un templo, era para su tiempo más revolucionario de lo que parece, supone una "laicización" del género por así decirlo.

      Aparte de esto debo decir que últimamente visito los museos pensando en qué cuadros me gustaría robar, cosa que me da una información muy útil sobre las cosas que realmente me gustan, porque sabes que hay obras de arte que admiramos por imitación o por cultura, pero que no nos gustaría tanto tener que verlas cada día por casa. Sin embargo cuando piensas en qué cuadro robarías es porque te gustaría llevártelo a casa y tenerlo siempre contigo. Debo confesar que los bodegones de Meléndez son de los que robaría sin el menor remordimiento.

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