miércoles, 26 de agosto de 2015

Los siete durmientes

Ayer me acordé de los siete durmientes porque tuve uno de esos días que uno se levanta con tanto sueño y cansancio, que si le dejaran, no dudaría en volver a dormirse unas cuantas horas más. O unos años más, como les ocurrió a los siete durmientes de Éfeso, que durmieron trescientos años seguidos. Ésta es la historia.

Eran estos siete jóvenes cristianos que en la época del emperador romano Decio vivían en la ciudad de Éfeso. Este emperador había desatado una durísima persecución contra los cristianos y, enterado por delaciones de que en Éfeso había muchos que profesaban esta religión, edificó allí un templo a los dioses paganos y obligó por decreto imperial a todos los habitantes a sacrificar a los ídolos, amenazando en caso contrario con las penas más graves. 

Los siete jóvenes, llamados Maximiano, Malco, Marciano, Dionisio, Juan, Serapión y Constantino, fueron muy pronto delatados ante el emperador. Éste, sorprendido por ser los siete hombres muy estimados y cargos próximos a su persona, se avino a concederles un plazo y, como tenía que hacer unas gestiones en otro lugar, les dio de plazo hasta su regreso a Éfeso para cumplir con lo exigido.

Los jóvenes convinieron entre sí que como cristianos era del todo imposible para ellos sacrificar a los ídolos, así que vendieron sus posesiones, las repartieron entre los pobres y huyeron de la ciudad, refugiándose en una cueva del monte Celión. Uno de los siete, Malco, bajaba de cuando en cuando a la ciudad disfrazado para comprar provisiones y enterarse del curso de los acontecimientos,  de este modo supo del regreso de Decio y de las medidas que éste pensaba tomar contra ellos. Referidas la noticias a sus hermanos, les propuso que comieran el pan que había traído, seguido lo cual todos cayeron en un profundísimo sueño por la voluntad de Dios. 

El emperador entretanto, enterado de que habían huído, interrogó a todos sus conocidos y parientes hasta que averiguó lo sucedido y como escarmiento general hizo sellar la cueva donde dormían con obra de mampostería para enterrarlos vivos. Un cristiano que fue testigo de los hechos escribió el acta de su martirio y, temeroso de que el escrito le fuera encontrado, lo colocó oculto entre las piedras del muro.





Los años y las generaciones pasaron, Decio murió, y el imperio romano, andando el tiempo, se convirtió al cristianismo, mas como nunca las cosas llegan a la perfección en este mundo, llegó una época en la que surgió una secta de herejes que negaba la resurrección de los muertos. Esto causaba un gran pesar al piadosísimo emperador Teodosio, quien hacía duras penitencias y oraba al Señor para que Éste le mostrase el modo de extirpar esta herejía de su reino. 

Por aquellos días Dios inspiró a un vecino de Éfeso la idea de contruir unos refugios para pastores en el monte Celión, obra que encargó a unos albañiles y estos buscando materiales para la obra encontraron los sillares que cerraban la cueva y arrancaron los que pudieron para su trabajo. El ruido sacó de su sueño a los durmientes, quienes se despertaron normalmente como el que despierta de la noche anterior. Tal como solían hacer le dijeron a Malco que se acercara a la ciudad a comprar más panes y luego pensarían juntos cómo iban afrontar la situación.

Malco se encamina a la ciudad embebido en sus pensamientos y nada más llegar queda estupefacto al ver que en la puerta de la muralla hay una cruz; pensando para sí que está delirando se acerca al mercado, compra unos panes y paga con las monedas que tenía. Los vendedores se sorprenden al ver unas monedas de hace cientos de años y, creyendo que el joven se ha encontrado un tesoro, lo rodean y le conminan a que confiese dónde ha encontrado ese tesoro. 

En la ciudad se organiza un tremendo tumulto, Malco se asusta y ve llegada su última hora, hasta que el prefecto y el obispo de la ciudad, informados de lo sucedido, ordenan que sea conducido a su presencia. El joven niega haber encontrado tesoro alguno, dice que marchó de la ciudad hace unos días, que el dinero es el que le habían dado sus padres, las autoridades investigan para localizar a los padres que el interrogado dice tener y nadie los conoce ni sabe nada de ellos. El joven confiesa que él y otros amigos, huyendo del emperador Decio, se habían refugiado en una cueva cercana y que él  era el encargado de allegarse a la ciudad para comprar víveres, que le acompañaran si no le creían.




Así pues el obispo, las autoridades y todo el pueblo de Éfeso parten con el joven Malco hacia el monte Celión, hasta llegar a la cueva. Al llegar el obispo, entre las rendijas del muro restante que aún tapaba la cueva, encuentra el acta de martirio escrita trescientos años atrás con su sello intacto, rompe el sello y la lee ante la muchedumbre allí congregada para que todos puedan alabar a Dios y dar fe del milagro. 

Cuando entran en la cueva ven a los siete con una expresión en sus rostros, dice el cronista, como la de las rosas en plena floración. La noticia de este milagro corre por todo el imperio y llega a Constantinopla donde Teodosio penaba. El emperador sin pensarlo un momento parte inmediatamente para Éfeso a contemplar el milagro y así, en cuanto éste entró en la cueva los cuerpos de los siete volviéronse resplandecientes y sus rostros comenzaron a brillar como el sol. 

Teodosió se prosternó diciendo: -Al veros me parece estar viendo al mismísimo Lázaro resucitado. Maximiano, uno de los siete, le dijo: -Para tu consuelo el Señor nos ha resucitado antes del último día, para mostrar a los incrédulos que los muertos resucitarán, como enseña la santa madre Iglesia. Nosotros hemos dormido todos estos años como el niño que duerme en el vientre de su madre sin percibir nada de lo que sucedía alrededor para que por este signo todos creáis. Dicho esto los siete se reclinaron sobre la tierra y dulcemente se durmieron, esta vez para siempre. 

El emperador quiso hacer unos sarcófagos de oro para guardar sus reliquias, pero ellos se le aparecieron en sueños para decirle que sobre la tierra habían dormido durante trescientos años y sobre la tierra querían seguir descansando hasta el día de la Resurrección de los muertos. Así que el emperador tuvo que conformarse con cubrir la cueva de mármoles, convirtiéndola en el santuario que ha llegado hasta nuestros días y que aún se puede ver si uno visita Éfeso.



 Cueva de los siete Durmientes en Éfeso.




 Cueva de los siete Durmientes en Éfeso.




  Cueva de los siete Durmientes en Éfeso.



Esta historia se puede leer, mucho mejor contada que por mí,  en el libro La Leyenda Dorada, escrito en el siglo XIV por Jacopo Della Voragine, un gran libro que recomiendo de todo corazón y que fue en su tiempo un éxito de ventas absoluto, de ahí que las historias de santos que relata hasta hace poco las conociese cualquiera que tuviera siquiera unas pocas letras, y sin embargo hoy día no la conozcan ni los curas, que son del oficio. Sic transit Gloria Mundi.

 

6 comentarios:

  1. Me has facilitado un estupendo ejemplo para explicar en el aula la diferencia entre mito y leyenda - siempre explico las mismas leyendas.
    Es asombrosa la capacidad humana de rebuscar en el pasado la explicación maravillosa de la realidad intentando descubrir algo nuevo, algún mínimo resto del naufragio.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Esta historia de uno o unos que duermen durante un largo período y despiertan en un mundo para ellos incomprensible, con distintos añadidos y distintas moralejas anexas, es una historia muy recurrente en la tradición literaria y, a poco que el narrador tenga alguna habilidad, siempre se le saca partido a esa paradoja.

      Por cierto, ya que hablas de la diferencia entre leyenda y mito ¿cuáles son las características que pueden señalarse como diferenciadoras entre leyenda y mito? te lo pregunto porque yo a un nivel intuitivo lo tengo claro, o eso creo, pero conceptualmente no sabría trazar una divisoria clara...

      Eliminar
  2. Simplificando las cosas - que se trata de los niveles de la ESO - el mito se definiría como una narración fantástica en la que los protagonistas tienen más cualidades propias de los dioses que de los hombres. Vamos, las narraciones de la Antigüedad que tú conoces muchísimo mejor que yo serían ejemplos de mitos.
    La leyenda a los chicos les gusta más porque les cuento la de la isla de Benidorm (fragmento del Puigcampana) o la - para ellos más familiar - de la" Cara del moro" para que entiendan que se trata de la explicación fantástica de algo real, aunque, claro, para ello también intervienen personajes fabulosos.
    Tu estupenda narración sería un entretenidísimo ejemplo de leyenda, pues existe la cueva y sus galerías, y a ello se le ha dado una explicación maravillosa. Seguro que a los chicos les encantará. Muchas gracias, magister.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias a ti por tan esclarecedora explicación.

      Eliminar