jueves, 26 de febrero de 2015

Nuréyev Superstar


Hay artistas cuya fama trasciende con mucho su disciplina artística y que se convierten en estrellas, en iconos de la cultura de su época. Hoy en la cultura de masas del pop-rock o del cine estamos  más acostumbrados a este fenómeno, aunque en nuestros días cuanto más brillo alcanza en su cenit, más efímero es su resplandor y apenas ha llegado a destellar cuando a la temporada siguiente ya nadie se acuerda de aquella estrella fugaz. 

Sólo unos pocos grandes consiguen escapar a este destino, algunos se convierten el leyenda por derecho propio. Uno de estos es Rudolf Nuréyev (Рудо́льф Хаме́тович Нуре́ев). Incluso las personas, como yo, completamente ignorantes del arte del ballet, hemos sentido admiración por su carisma y su extraordinario talento, pero también nos hemos sentido fascinados por su imagen, por el icono: el artista bello como un animal, con aspecto de bárbaro de las estepas, aquel duo maravilloso que formaba con Margot Fontaine, su deserción de la URSS, su vida escandalosa, su muerte por SIDA, todo ello contribuía a convertirlo en un ser mítico, en algo que va mucho más allá del hecho de ser un inmenso profesional de la danza. Se le ha llamado la estrella rock del ballet y es un buen apelativo, aunque se queda muy corto.

Algo parecido debió pensar Jamie Wyeth, un artista plástico perteneciente a una de las dinastías artísticas más amadas de los estadounidenses, hijo de Andrew Wyeth y nieto de NC Wyeth,  y retratista de fama que ya había pintado a personajes importantes como el presidente John Fitzgerald Kennedy y a Andy Warhol,  cuando en los años 70 tuvo la ocasión de hacer una serie de retratos de Nureyev, figura que, según confesión del pintor, le obsesionaba desde hacía tiempo, por su glamour, por su presencia física casi animal, pero también por el reto, dificilísimo para una artista plástico, (pintura=quietud vs. danza=movimiento) que suponía ser capaz de representar algo de ese universo hecho de movimientos, de secuencias, de presencia física, de sonidos, mediante dibujos o pinturas, es decir, usando un medio de expresión completamente ajeno a todo lo que pretendía representar. 

En mi humilde opinión las obras de Jamie Wyeth consiguen salir muy airosas de este reto y son una extraordinaria galería de imágenes que contribuirán también a su manera a configurar la leyenda de Rudolf Nuréyev, pues el pintor ha sabido hacer una cosa que yo he visto poquísimas veces en pintura: retratar el carisma.


 































































































VIDEOS

Capturing Nureyev: Interview with Jamie Wyeth. El artista plástico habla sobre cómo fue la experiencia de acometer el reto de hacer la serie de retratos de Rudolf Nuréyev durante los años 70.




Rudolf Nureyev performing Shoenberg's Pierrot Lunaire. Un video breve sobre la puesta en escena por Nuréyev de la famosa obra contemporánea, uno de los infrecuentes de su carrera.








lunes, 23 de febrero de 2015

BARRO


Del barro nacemos y al barro al cabo tornamos; ya dice el texto sagrado "memento homo quia pulvis es, et in pulverem reverteris", pues antes que el barro fue el polvo y antes que el polvo la nada. Recordando que hemos sido hechos de una pella de barro, pide un poeta que le den una copa, no de oro o plata, no de cristal luciente, mas de humilde y sencillo barro, que para beber un vino que alegre o que alivie ya basta. 

Escribió el poema un tal Diodoro Zonas, de Sardes, en el siglo I antes de nuestra era. Lo recogió, unos cuantos siglos después, junto a muchos otros breves de autores griegos un oscuro esclesiástico bizantino que sin duda amaba la poesía, Constantino Céfalas, en la compilación que hoy es conocida como la Antología Palatina. Gracias a este desconocido personaje que se ocupó en buscar los  poemas, juntarlos, organizarlos y copiarlos en sus ratos libres con primorosa caligrafía, nos ha llegado este bello epigrama que hoy os dejo, en la traducción de Don Ángel Lasso de la Vega, así como, por supuesto, en el original griego para quien tenga la suerte de poder apreciarlo.




Dadme una copa formada
Del barro en que yo he nacido,
Y que ha de ser algún día
Mi fúnebre lecho mismo.



δός μοι τοὐκ γαίης πεπονημένον ἁδὺ κύπελλον,  
ἇς γενόμην, καὶ ὑφ᾽ κείσομ᾽ ἀποφθίμεν.
                                                   Antología Palatina XI, 43.





Kylix ático, siglo IV a. de C.



miércoles, 18 de febrero de 2015

De la utilidad de lo inútil


El carpintero Shi de camino al reino de Qi llegó a Quyuan y vio un roble, dios sagrado de aquellas tierras. Tan inmenso que podía dar sombra a varios miles de bueyes, y su tronco medía unos cien palmos. Su altura rondaba la de una montaña y sus primeras ramas brotaban a veinticinco metros del suelo. Con sólo diez de ellas hubieran podido construirse barcos. Oleadas de gente se amontonaban en torno a él para admirarlo. El carpintero Shi, sin detenerse a mirar, prosiguió su camino. 

Su aprendiz, después de contemplarlo, se aproximó a Shi y le dijo: "Maestro, desde que manejo el hacha bajo tus órdenes, no he visto nunca un árbol tan bueno como éste. ¿Por qué continúas tu camino sin dignarte ni siquiera mirarlo?"

"¡Ya está bien, calla! -dijo el carpintero-, ¿No ves que su madera es inútil? ¡Haz barcos con ella y se hundirán! ¡Haz ataúdes y se pudrirán! ¡Haz herramientas y se romperán rápidamente! ¡Haz vigas y pilares y los devorará la carcoma! ¡Haz puertas y ventanas y rezumarán resina! Su madera es inservible y no vale para nada: por eso ha durado tanto tiempo".

Cuando regresó a su casa, el carpintero soñó que el roble le decía: "¿Con qué me has comparado?, ¿con los árboles nobles? A los acerolos, perales, naranjos, pomelos y otros árboles, cuando sus frutos están maduros, los despojan, los ultrajan, rompen sus grandes ramas y las pequeñas las arrancan. Su propia utilidad daña su vida, muriendo en pleno vigor sin acabar sus días por el Cielo decretados. Víctimas de sí mismos y víctimas del mundo. Ésa es la suerte de todas las cosas. En cuanto a mí, desde hace tiempo aspiro a ser inútil, y ahora, ya cerca de mi muerte, por fin lo he logrado: ésa es mi gran utilidad. Siendo útil, ¿habría durado tanto tiempo? Además, tú y yo somos seres. ¿Cómo puede un ser juzgar a otro? Hombre inútil condenado a la muerte, ¿qué sabrás tú de árboles inútiles?".

Al despertar el carpintero relató su sueño. El aprendiz le preguntó: "Si aspira a ser inútil, ¿por qué es un árbol sagrado?".

"¡Calla! ¡No digas nada más! Él tan sólo desempeña su papel ante los que no le comprenden. Si no se le considerara árbol sagrado, ¿no habría sido abatido? Se protege de manera diferente a los demás. Y usar del sentido común para juzgarlo, ¿no te parece un error?".

                                    Zhuang Zi, capítulos interiores IV, IV. 
                                    (Traducción de Pilar González España)





 Lin Shun Shiung, 2012.





  Lin Shun Shiung, 2012.





  Lin Shun Shiung, 2012.





  Lin Shun Shiung, 2012.





  Lin Shun Shiung 林順雄, acuarela, 2012





  Lin Shun Shiung 林順雄, acuarela, 2012.





  Lin Shun Shiung 林順雄, acuarela, 2012.





  Lin Shun Shiung 林順雄, acuarela, 2012.





  Lin Shun Shiung 林順雄, acuarela, 2012.





 Lin Shun Shiung 林順雄, acuarela, 2012.





Lin Shun Shiung 林順雄 (en pinyin Lin Shunxiong) es un artista taiwanés nacido en 1948. Se graduó en Artes aplicadas en la Universidad Nacional de Taipei. Obtuvo el premio Jin Jue de la Asocación de Pintura de la República China. Viene exponiendo, solo o en compañía con regularidad desde 1979 hasta nuestros días. Enseñó en la Universidad Nacional de Taipei, en el Departamento de Artes Aplicadas, desde 1982 a 1990. Lin fue galardonado con un premio por la Asociación de escritores y artistas chinos en su vigésimo tercera edición y ha sido jurado en al 44 edición de la Exposición de Bellas Artes de Taiwan. 

Su obra muestra la influencia de la pintura clásica china en los motivos, a la vez que utiliza las técnicas y materiles del arte occidental. Su pintura quieta y concisa aborda la naturaleza con una afinidad concentrada y poética, si su técnica puede ser muy occidental en ocasiones, su mirada es sin duda oriental, es la mirada del taoísta que no concibe una separación entre el yo que mira y la Naturaleza mirada. Me ha gustado especialemente su serie de acuarelas sobre troncos de árboles, producida en 2012, porque pienso que es una extraordinaria muestra de un arte maduro y reflexivo, de una belleza infrecuente y necesaria.



miércoles, 11 de febrero de 2015

Takeuchi Seiho


La era Meiji en Japón (1868-1912) fue una época de crecientes  contradicciones: Una intensa modernización social y económica y la apertura hacia Occidente se alternan con la revitalización de las tradiciones culturales y de la religión shintoísta, un ardiente nacionalismo y un activo militarismo. 

Japón en el tránsito hacia la modernidad se debate entre el deseo de conservar sus esencias y el de competir con las potencias industriales del momento, de un modo que los españoles podemos comprender muy bien, porque nuestros intentos de ingresar en la modernidad se han visto jalonados por idéntica ambivalencia entre la aprensión por la pérdida de las señas de identidad culturales asociadas a lo "Español" (que desembocará en un nacionalismo exacerbado) y un intenso deseo de modernización a toda costa, de emulación, incluso de complejo de inferioridad frente a todo lo extranjero.

Un artista que encarna muy bien esta contradictoria época Meiji es el pintor Takeuchi Seiho: nacido en Kyoto en 1864, su vida se prolonga hasta la guerra mundial, pues fallece en 1942. Durante este largo período el autor se va a configurar como el gran renovador del género Nihonga, es decir, el estilo de pintura japonesa tradicional. 

Este género, donde se pinta con pincel sobre papel de arroz o sobre seda usando pigmentos naturales diluidos en agua en las composiciones en color, o tinta china en las composiciones monócromas, estaba regido por estrictas normas tradicionales que regulaban el modo de representar los animales, los paisajes, los seres humanos, e incluso prescribía los tipos de trazo del pincel según lo representado o los efectos imitativos a lograr. Esta tradición se había quedado un tanto anquilosada por esta excesiva tendencia a lo canónico y es durante la época Meiji cuando se renueva gracias al intercambio con las técnicas y modos de representación del arte occidental. 

En su búsqueda de nuevos horizontes creativos Takeuchi Seiho viajará a París durante la Exposición Universal de 1900 y podrá conocer la obra de los paisajistas occidentales, como Turner o Corot, extrayendo sus propias lecciones del encuentro. Posteriormente el autor cambiará de orientación y pasará a inspirarse en la pintura tradicional china y en la poesía japonesa, en el Haiku; de nuevo el péndulo Occidente-Oriente.

El autor está muy concernido por la noción de capturar la vida del natural para plasmar la esencia del objeto pintado, lo que en japonés llama shasei, así sus representaciones de paisajes y de animales transmiten esta búsqueda formal. El autor en su trayectoria acumuló honores de todo tipo, llegando a ser pintor de la corte, y tuvo un gran número de discípulos por lo que su obra y su enseñanza tuvieron una gran influencia sobre la evolución posterior del arte nipón. 

Les dejo ante la obra de este extraordinario, y para mí hasta hace poco desconocido, artista, un creador de imágenes poderosas que dejan sin aliento. Que ustedes las disfruten.















































































































































miércoles, 4 de febrero de 2015

La lección de Édouard Vuillard


Jean-Édouard Vuillard (1868 -1940) forma parte desde las décadas finales del siglo XIX, junto a grandes pintores como Odilon Redon o Bonnard y algunos otros menos conocidos, del grupo que pasa a denominarse los Nabis (profetas). En este período postimpresionista París es el centro el arte en Europa y un núcleo donde confluyen todas las tendencias, allí se producen una interesantes sinergias e influencias mutuas entre impresionistas, expresionistas, fauvistas, japonistas, simbolistas, los autores de la pintura de los Salones, hoy llamados del Pompier, las emergentes vanguardias y otros muchos ismos y personalidades variados y diversos. 

Los Nabis en este contexto se distinguen por un marcado interés por el color, tanto en su aspecto de vehículo de expresión de la emoción, o de portador de simbolismo, como en su vertiente más decorativista. Así se interesan por lo oriental, influenciados por el japonismo, pero también por el orientalismo arabizante muy en boga en el París de la época, por el arte teatral con el que colaboran algunos de sus miembros, por ejemplo Vuillard, como pintores de escenografías. En general un rasgo muy característico de los Nabis será convertir el lienzo en una especie de mosaico o de tapiz donde toda la superficie está texturada, llena de colores, de estampados, el vacío no existe, el tema a menudo se funde con el fondo en un sinfín de pequeñas teselas de color.

Vuillard dentro de este movimiento encarna una mirada intimista. El pintor fue toda su vida un hombre de vida más bien casera, vive con su madre viuda, modista que cose en casa, y muchísimos de sus cuadros recrean escenas hogareñas, interiores o naturalezas muertas. En la pintura de Édouard Vuillard hay un deliberado deseo de trascender el objeto que el artista ve, el interior anodino de una casa burguesa, y convertirlo en un fragmento de pura poesía. 

Esta trasmutación opera mediante una cierta desmaterialización, la forma se diluye en un exquisita composición de colores y texturas que vibran con un delicado lirismo, así, un simple jarrón de flores, el objeto más banal que pintarse pueda, se trasforma en un pequeño poema íntimo, una armonía trabada mediante colores y texturas del mismo modo que el poema escrito lo es con palabras y ritmos, y con la misma exquisitez y rigor formal que podría encontrarse en un poema de Mallarmé o de Verlaine

Esteticismo consciente y militante que le hizo muy querido en los ambientes elegantes de fin de siècle, pero que preludiaron fatalmente su olvido en el agitado período de las vanguardias. En el feo mundo que nos ha tocado vivir la obra de Vuillard se nos presenta como algo incomprensible e inalcanzable, el canto del cisne de una civilización, la burguesa, que fue arrasada por la barbarie del siglo XX.





Édouard Vuillard. Tulipanes y estatuillas, 1919.





Édouard Vuillard. La chimenea, 1905. National Gallery, London





Édouard Vuillard. Guilder roses and the Venus de Milo, 1905.





Édouard Vuillard. Ramo de pensamientos, myosotis y margaritas en una jarra, 1901.





Édouard Vuillard. Jarrón de flores en la repisa, 1900.





Édouard Vuillard. Rosas en una vaso de cristal, 1919.





Édouard Vuillard. Anémonas en un jarrón chino, 1901.





Édouard Vuillard. Rincón de la chimenea en Les Clayes, ca. 1933-35





Édouard Vuillard. Rosas, 1910.





Édouard Vuillard. Naturaleza muerta con candelabro, 1900.





Édouard Vuillard. Flores en una jarra, 1905.





Édouard Vuillard. Naturaleza muerta con la maleta de pintura del artista, 1898.





Édouard Vuillard. Naturaleza muerta con Leda, 1902.





Édouard Vuillard. Estatuilla de Maillol y rosas rojas, ca. 1903-05.





Édouard Vuillard. Iris y pensamientos.





Édouard Vuillard. Cuatro manzanas.





Édouard Vuillard. La mesa, 1909.





Édouard Vuillard. Jarrón de flores, 1903.


*Salvo indicación en contrario puede entenderse que las obras pertenecen a colecciones particulares.