miércoles, 22 de abril de 2015

SENECTUD


Nuestra sociedad contemporánea vive en una incómoda contradicción respecto de la vejez, por una parte en nuestra época, gracias a los progresos de la atención sanitaria, la medicina y la mejora de los estándares de vida, es cuando más personas alcanzan la vejez en términos absolutos, al menos en nuestras sociedades occidentales desarrolladas, por otra parte el discurso social hegemónico ignora totalmente a los viejos; somos una sociedad por y para jóvenes. 

Naturalmente esto no resiste el más mínimo análisis y es sólo una ficción, una construcción del imaginario colectivo, pero se mire a donde se mire no se encontrará más que a jóvenes, o a maduros juvenilizados, porque el único discurso vigente es el que habla de la juventud y de los valores que se le asocian, como la vitalidad, la sexualidad, la belleza. La vejez hoy sería apenas un hueco, una negación. Del mismo modo que algunos teólogos definían el mal como la ausencia del bien, la vejez en nuestros días, más que un estado propio se definiría por ser un estado de ausencia, la no-juventud.

Preguntarnos por la vejez es hacernos un montón de preguntas incómodas y desagradables ¿Tendré bastante dinero? es decir ¿Me llegará la pensión? ¿Llegaré a ella en pareja? ¿Y si me quedo solo? ¿Mis hijos me cuidarán o acabaré en una residencia? (asilo es una palabra hoy evitada, como vejez, sólo se habla de residencias y de tercera edad) ¿Sufriré alguna enfermedad incapacitante? ¿Dependeré de los demás, acaso de desconocidos? ¿Podré morir con dignidad, cuando y como yo decida? ¿Padeceré Alzheimer? si es así ¿Seré capaz de darme cuenta y cómo? En el futuro va a haber cada vez más ancianos ¿Cómo será una sociedad de seniors? Preguntarse por la vejez es preguntarse por el final de los días, por la finalidad de la vida, por los valores y los contenidos que distinguen una vida digna, una vida llena, de una vida superflua, vacía, irrelevante, triste.

El anciano no puede esperar hoy, por desgracia, el apoyo de una sociedad que lo reverencie, que aprecie su sabiduría, la sociedad actual está idiotizada por el papanatismo de lo "nuevo", no vale la experiencia, no vale la antigüedad, lo viejo no vale ni para los museos. El anciano sólo puede esperar, en el mejor de los casos, una atención sanitaria que no colapse, una seguridad social que no le reduzca a la mendicidad y tendrá que intentar encontrar sus propias soluciones biográficas a un problema socialmente creado, la proliferación de la vejez: mantener sus redes sociales, seguir activo y conectado al mundo circundante, haber conseguido  procurarse unos ahorros para complementar su pensión, etc. Todos estos y otros muchos son los retos a los que el anciano va a tener que enfrentarse a solas en una sociedad, la del inmediato futuro, que sigue mirando hacia otro lado. 

¿Tendrán los ancianos que politizarse para superar el silencio y la irrelevancia? Quizás lo veamos, y más pronto que tarde. Un ejemplo ha sido la lucha de los preferentistas, mañana quizás sea la de los mayores reclamando una muerte digna o exigiendo residencias para todos, o mejores cuidados domiciliarios, o luchando por una buena ley de dependencia. El futuro sigue, como siempre, abierto.




La pintura se ha acercado a la vejez a su propia manera. El primer período del arte que va a contemplar un acercamiento naturalista a la vejez y va a encontrar en ella incluso un modo peculiar de belleza va a ser el barroco; así este retrato del autríaco Christian Seybold (1695-1768) nos muestra un rostro de anciana con una serena belleza, a la vez que se complace en delinear cada una de las arrugas que lo surcan.





El arte contemporáneo ha producido también acercamientos a la vejez extraordinarios, como este retrato de David Hockney de su madre, tan escueto formalmente como emocionalmente expresivo.





Este retrato del autor americano Jacob Collins (1964) parece remontar a la austeridad de un Velázquez por su fondo pardo, sus vestidos negros y su pose digna, algo reticente, la mirada cauta y sabia.





Modelos de lo socialmente aceptable o deseable en la vejez: la anciana vecina y sus tiestos, la anciana como la abuelita que hace tartas a sus nietos y que, jardinera infatigable, mantiene una terraza espectacular, el cuadro es del americano Grant Wood.





Imágenes también de lo temible en la vejez: El Alzheimer y la pérdida del yo, de la luz de la inteligencia, en este caso gracias a la mirada escrutadora, casi cruel, de Lucian Freud en uno de los retratos que hizo de su madre, la mirada perdida, vacía, de la madre resume todo el drama en esta bellísima a la vez que conmovedora obra.





La vejez y el espectro de la soledad, en este caso la impactante imagen es del americano Andrew Wyeth.





Otra imagen de la soledad, o del vacío, en la vejez, un anciano sentado mirando al horizonte, perdido en sus pensamientos. Recuerdo que cuando vi esta imagen por primera vez recordé a mi abuelo paterno, era muy suyo ese quedarse a ratos ausente así sentado, yo de crío no imaginaba qué podía pensar en esos momentos, hoy con no poca melancolía aún me lo pregunto. La obra es del pintor americano David Alexander Colville.





Imágenes de una feliz ancianidad: el abuelo y su nieto, una maravilla de Domenico Ghirlandaio (1449-1494)





Más ancianos felices, en este caso la conmovedora y algo almibarada imagen de abuelito y niña es de John Everett Millais.





Dentro de lo socialmente admitido y deseable, esta imagen de nieto leyéndole al abuelo, del suizo Albert Anker. En una sociedad campesina y protestante la imagen del anciano enfermo cuidado por los suyos toma un sesgo moralizante: muestra lo que debe ser.





El siglo XIX abunda en imágenes idealizadas o moralizantes de la vejez. En este caso nos muestra un desideratum: la pareja de ancianos que ha sabido/conseguido llegar juntos hasta el final de sus días en amor y buena compañía. La obra es del flamenco Edmond van Hove.





Si la mirada del siglo XIX tiende a ser sentimental o moralizante, la del XX en cambio es escrutadora, incómoda, interrogante. El cuerpo del viejo: la decrepitud, la fealdad, y al mismo tiempo un cierto modo de vindicación de otro modo diferente, alternativo, de ser. Lucian Freud de nuevo, esta vez un autorretrato.





Terry Rodgers en este desnudo de viejo vuelve a la carga contra lo que él llama la "política del cuerpo" vigente en nuestra sociedad actual y lo hace atacando donde más duele: frente al alienante modelo estándard de belleza joven y atlética, el cuerpo consumido, deforme de un viejo.





La pintua contemporánea ahonda en sus incómodos interrogantes, aquí de la mano de la joven pintora sudafricana Deborah Poynton ¿Hay sexualidad en la vejez? La imagen, turbadora precisamente por ser naturalista del modo más neutro posible, nos muestra una pareja de tercera edad, ¿Acaban de tener relaciones sexuales, o las van a tener? ¿Impúdico o un modo de reivindicar lo obvio?





Una imagen inquietante de la vejez: el medigo, el homeless. La imagen es del suizo Ernest Bieler.





Frente al mendigo, el anciano acomodado, el rodeado del respeto debido, en este caso el artista británico William Nicholson retrata a la famosa  Gertrude Jekyll, diseñadora de jardines de la época victoriana, una de las mujeres más influyentes de su época en Inglaterra.





Otro modelo del anciano protegido por el aura del respeto social: Lev Tolstoi fue el intelectual más influyente de su tiempo en Rusia, probablemente lo sigue siendo aún hoy. En sus últimos años Ilia Repin, que había documentado numerosos retratos suyos, pintó este retrato de su última senectud, el poderoso intelectual de otro tiempo aquí se nos muestra como un frágil anciano, la luz de su mirada ya vacilante y mortecina, el final está muy cercano.





Otro modelo de sociedad donde la vejez, la experiencia de los ancianos es reverenciada y ensalzada: en la patriarcal sociedad del judaísmo rabínico el rabino es por excelencia el paradigma del sabio y del anciano como realidades que forman una sola existencia. Este retrato de rabino es también del inigualable Ilia Repin.





Frente al anciano bueno, el modelo indeseable, la mala vieja, la bruja sospechosa, la Celestina, de Pablo Ruiz Picasso.





Otro modelo de lo inapropiado en la vejez: la vieja que quiere hacerse la moza, aquí en un cruel cuadro, cómo no, de un barroco: el italiano Bernardo Strozzi.





La vejez y la codicia: ¿Un tópico o, como se suele decir de los tópicos, una verdad muy repetida? En este caso la imagen moralizante da pie al español-napolitano José de Ribera para crear una imagen cruel, paradigmática, inolvidable: La vieja usurera.





La vejez como la pérdida del deseo, del atractivo, como la despedida de la belleza, la sensualidad, la vejez como odio de uno mismo, fascinante imagen ante el espejo este autorretrato de un ya mayor Konstantin Somov que evalúa como de refilón esa imagen deteriorada de sí mismo, rodeado el autrorretrato de todos esos símbolos de atractivo, un tocador con corbatas, perfume, flores, la lacerante despedida de todo eso.





La vejez como enfermedad, el retrato es del joven artista canadiense Shaun Downey quien pinta a su madre a los 89 años en su lecho de enferma.





La vejez y la muerte: Este anciano que reposa en su barca, pintado a la témpera por Andrew Wyeth, parece un antiguo rey vikingo abandonado en su esquife a merced de las olas para emprender, sereno, su último viaje.






viernes, 17 de abril de 2015

La belleza efímera: George Barbier


La primera guerra mundial (1914-1918) supuso un terrible trauma para la sociedad europea, para su estilo de vida y para el concepto que ésta tenía de sí misma. Por ello no es extraño que el período que sigue, el que se ha venido en llamar período de entreguerras, pero también los felices años 20, se caracterizara por un inmenso deseo de disfrutar de la vida, de mirar hacia adelante, de respirar, de gozar de cuantos placeres pudieran obtenerse. Así el arte popular de las revistas ilustradas y la publicidad alientan una imagen de lujo, sofisticación, cosmopolitismo, modernidad y hedonismo. 

Al amparo del crecimiento económico vertiginoso de los años veinte proliferan los nuevos ricos que quieren dar una capa de glamour a su reciente dinero y no ven mejor manera de hacerlo que vistiéndose en Poiret, Lanvin o Chanel, o comprando objetos de Lalique o de Cartier. La alta sociedad y sus rituales de exhibición de lujo y de modales florece en todo su esplendor. Sociedad ociosa y acelerada a un tiempo, "The show must go on": es la época dorada de Broadway , del Folies Bergère, de los cabarets canallas berlineses. Los ricos, y los no tan ricos, quieren diversión, y buscan y al final crean una estética a su medida; la estética que plasma este estado de ánimo, este estilo de vida es el ART DECÓ.

El Art decó funciona así en paralelo a las vanguardias, y mientras éstas se adentran mediante su búsqueda y experimentación formal en terrenos cada vez más distantes del gusto común del público, el Art decó ofrece una alternativa más pragmática y menos exclusivista, proporcionando una variedad de imágenes y de objetos artísticos que van a configurar el gusto moderno del momento, así esta tendencia impone sus modos en la arquitectura, la moda, la escultura, el diseño industrial, las revistas ilustradas, los libros, la decoración de interiores y el mobiliario, y, cómo no, la publicidad.

En este contexto la obra y la figura de George Barbier (Nantes 1882 - París 1932) es el paradigma del Art decó. Su obra, si uno repara en sus bellísimas ilustraciones una por una, no es especialmente original, sus fuentes pueden rastrearse con facilidad: el japonismo, el rococó, la pintura de los vasos griegos, el art nouveau, las miniaturas persas e indias y algunos autores más cercanos en el tiempo como Leo Bakst o Audrey Beardsley. 

Como ilustrador de revistas de moda y de publicaciones populares no tiene una gran inquietud por ser extremadamente original, lo suyo no es la obra única de elevado precio, sino la ilustración que llegará a todas las casas, que acaso acabará colgada de una chincheta de cualquier pared, su registro es el diseño de moda, de vestuarios y decorados para los ballets, tanto los descocados del Folies como los más rompedores ballets rusos de Nijinsky, su propósito es anunciar el perfume o el producto de moda, asociándolo a una imagen de lujo, de exotismo, de modernidad, pero todo ello al alcance de la mano, accesible a cualquier modistilla o ama de casa que pueda comprar la Gazette du bon ton, el Vogue o el Journal des dames et des modes. La belleza al alcance de las masas, una imagen de elegancia que te hace soñar con lejanos paraísos exóticos, con aventuras diciochescas, chinescos de cuento o femmes fatales de noche que por la mañana se transforman en oficinistas o en chicas de barrio.

El reinado de George Barbier durará apenas veinte años, desde 1912 en que expone por primera vez hasta 1932, fecha de su temprana muerte. Creador de moda, pintor, ilustrador de relatos, de revistas, publicista, diseñador de objetos de lujo, periodista de sociedad, dandy extravagante, él es el alma de todos los saraos, el arbiter elegantiarum de los felices 20 en París, su obra, como su tiempo, una belleza efímera que no tardará en ser arrasada por los tanques de Hitler y de la que sólo nos queda, como de un leve perfume, su recuerdo.

 






































































































































domingo, 12 de abril de 2015

El sueño de la razón: Alfred Kubin


"El sueño de la razón produce monstruos", así reza en un conocido grabado de Goya, quien será el primer artista en abrir una puerta al arte hacia el subconsciente, en sus grabados de la serie de "Los Caprichos" o en "Los Desastres de la guerra", compaginando así en su obra el prestar un testimonio de un tiempo convulso, pero sin pretender ser una crónica literal, sino filtrando sus vivencias a través de la lente deformante de su arte y dando acta de nacimiento a esa modalidad de creación artística tan española: el Esperpento. 

Del  mismo modo que la Guerra de Independencia fue una época convulsa para España, las dos guerras mundiales lo fueron para toda Europa y todo su absurdo y su locura destructiva tuvieron un extraordinario vate en el autor bohemio Alfred Kubin (Litomoíice, Bohemia 1877 - Zwickledt, Wernstein am Inn, Austria 1959). Kubin fue un hombre muy atormentado, de joven intenta suicidarse ante la tumba de su madre, pero su arma se encasquilla y falla, siendo internado en un sanatorio mental. No obstante recurrentes crisis depresivas, su carrera artística se desenvolverá a lo largo de toda su vida como una especie de terapia alternativa. 

Se forma en Munich con el expresionista Karl Schmidt Rottluff, posteriormente en 1901 entra en contacto con Max Klinger, influencia decisiva en su arte, junto con la de Goya o Edward Munch, y en 1905 viaja a París donde conoce a Odilon Redon, a través del cual entra en contacto con los círculos simbolistas franceses. Sobre 1905 o 1906 adquiere un antiguo castillo del siglo XIII en Zwickledt, en la Alta Austria, donde vivirá recluido prácticamente el resto de su vida. 

En 1909 muere su padre y sobre esa fecha comienza su carrera como escritor con la novela titulada "La otra parte" una obra importante en la lengua alemana, una extraña distopía, a la que seguirían otras ocho novelas más. Publicará ilustraciones para sus propias obras y para otros autores como Edgard Allan Poe, Hoffmann, Dostoyevski, Oscar Wilde o Gerard de Nerval. Hace también algunas incursiones en la pintura, aunque la mayor parte de su obra siguen siendo ilustraciones, hechas mediante dibujos a lápiz o a plumilla, litografías, acuarelas u otras variadas técnicas gráficas. 

Establece amistad con los pintores del movimiento Der Blaue Reiter, como Paul Klee y Franz Marc y como escritor frecuenta a Kafka y a Hermann Hesse. Es un intelectual muy respetado de la cultura centroeuropea, su obra va mucho más allá de los umbrales del simbolismo, para llegar a ser un precedente del movimiento surrealista en su reivindicación del sueño, del inconsciente, en su negra premonición de una Europa a punto de autodestruirse, en su conexión con el contemporáneo psicoanálisis. La muerte y el sexo son temas recurrentes en un mundo de pesadilla donde no hay salida, sus imágenes son claustrofóbicas y agobiantes y nos muestran esa "otra parte" hacia la que no nos gusta mirar, el subconsciente amenazador de nuestras fobias más íntimas.