jueves, 29 de octubre de 2015

Carlos de Haes: El paisaje

La pintura de paisaje ha sido durante siglos la hermana pobre entre los géneros pictóricos. Hasta llegar al siglo XIX apenas hay unos pocos pintores que la cultiven. Seguramente esto tiene sus causas por una parte en el mercado del arte (la Iglesia, uno de los clientes "fuertes" de la pintura encargaba obras devocionales o de asunto religioso, y la nobleza o las monarquías encargaban retratos u obras histórico-alegóricas) y por otra en la preferencia que la crítica artística manifestó siempre, incluso hasta el siglo XIX, por la gran pintura de historia. De esta manera el paisaje se concebía apenas como un fondo sobre el que desarrollar una escena religiosa, histórica o mitológica, pero no se cultivaba por sí mismo.

Sólo algunos pintores, aún valiéndose de la convención de colocar en el paisaje una escena de repertorio, se interesaron por el paisaje propiamente, entre estos protopaisajistas podemos mencionar a Giorgione, Poussin o Claudio de Lorena. Los primeros sin embargo que se van a liberar de esta tiranía de la anécdota serán los holandeses y por influencia suya los flamencos ¿Por qué los holandeses? pues porque su versión calvinista del cristianismo, puritana e iconoclasta, les prohibe la pintura religiosa y es fuertemente hostil a la vanagloria del retrato, debiendo la pintura reorientarse hacia nuevos productos, surgiendo así los géneros de la llamada pintura burguesa: El bodegón, la escena de género o el paisaje. Así por fin nos encontramos en la pintura a un paisajista puro, como Ruisdael. 

No obstante lo dicho, la pintura de paisaje seguía siendo una corriente minoritaria hasta la llegada del siglo XIX. En esta época comienza a cambiar, no sólo el arte, sino la mirada que el hombre civilizado tiene de la Naturaleza. Dos elementos transforman, me parece, las mentalidades, por un lado la enorme influencia de Rousseau y su apelación a lo natural entre la generación que vivió el cambio del siglo XVIII al XIX, por otro la incipiente industrialización y el repudio la la nueva sociedad de la máquina hace volver al intelectual y al artista su mirada nostálgica hacia la Naturaleza, así no es casualidad, creo yo, que los primeros grandes paisajistas como Constable o Turner sean ingleses. 

El romanticismo nace con un sentimiento  religioso, casi panteísta, de veneración de la Naturaleza, que se puede observar en la obra de Friedrich, pero que no es ajeno a la pintura inglesa o rusa del momento. El paisaje es representado más como un ente idealizado, como un reflejo de Dios o del Ser, o bien como un modo de expresar el estado de ánimo del artista romántico, que contemplado en sus verdaderos valores espaciales o lumínicos.

Es sin embargo con la llegada de un nuevo movimiento artístico, el realismo, desde mediados de siglo, cuando la pintura de paisaje inicia una evolución que la llevará a las más altas cotas de calidad artística y a su mayor cultivo entre los pintores. En esta época surgen talentos como los grandes americanos William Morris, Thomas Moran o Edwin Church, ingleses como Thomas Cole, nórdicos como Akseli Gallen Kallela o Harald Sohlberg, rusos como Levitán, Aivazovsky, Shishkin o Dubovskoy, la escuela francesa de Babizon con Corot a su frente, etc. De repente el paisaje está de moda.

España sin embargo, tan provinciana en sus usos culturales, va a tardar en incorporarse a esta corriente. Lo hará finalmente gracias al magisterio de un español de origen belga, Carlos de Haes, quien obtiene en 1857 la cátedra de pintura de paisaje en la escuela superior de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y desde ahí va a trabajar incansablemente por abrir los ojos de los españoles al paisaje, al paisaje español, quitando la espesa capa de tipismo morisco que le habían añadido los románticos, poniendo ante los ojos del público, y del pintor, la realidad del verdadero paisaje de las comarcas y regiones de España. En esta búsqueda a traves de sus campañas por Elche, el país Vasco, Asturias, la Sierra del Guadarrama, Andalucía o Aragón, pintando por primera vez al aire libre, va a ser un adelantado a los institucionistas de la ILE o a los escritores de la Generación del 98. Carlos de Haes es el gran descubridor del paisaje español, sin su magisterio no hubiesen podido ni siquiera llegar a existir figuras extraordinarias de nuestro arte como Beruete, Regoyos, Morera, Sorolla, Mir o Rusiñol. Pero además merece nuestro homenaje por su inquebrantable honradez profesional, por su mirada escueta, exigente, sin concesiones, por su búsqueda de verdad artística en cada lienzo, que rehúsa lo bonito para alcanzar lo verdaderamente bello, un ideal de belleza clásico en el mejor sentido de la palabra, intemporal, eterno, donde, como escribiera Keats, "Belleza es Verdad, Verdad Belleza".





 Carlos de Haes. Canal de Mancorbo en los Picos de Europa. 1876





 Carlos de Haes. La vereda. 1871





 Carlos de Haes. Nieblas (Picos de Europa). 1874





 Carlos de Haes. Costa cantábrica. 1872





 Carlos de Haes. Rocas de Otoyo (Lequeitio). 1866-1872





 Carlos de Haes. Un país. Recuerdo de Andalucía. Costa del Maditerráneo junto a Torremolinos. 1860





 Carlos de Haes. Rompientes (Guethary). 1881





 Carlos de Haes. Rompientes (Guethary). 1881





 Carlos de Haes. Restos de un naufragio (San Juan de Luz). 1882.





 Carlos de Haes. Una alquería (Elche). 1861





 Carlos de Haes. Palmeras de Elche. 1861





 Carlos de Haes. Desfiladero (Jaraba de Aragón). 1872





 Carlos de Haes. Peñascos en el Monasterio de Piedra. 1872





 Carlos de Haes. Paisaje. Fecha desconocida





 Carlos de Haes. Paisaje de montaña. 1872-1875





 Carlos de Haes. Bosque de hayas (Alsasua). 1875





 Carlos de Haes. Paisaje flamenco. 1879





 Carlos de Haes. Cerca del Monasterio de Piedra (Aragón). 1856





 Carlos de Haes. Paisaje de la ribera del Manzanares. 1857





 Carlos de Haes. Tejares de la montaña de Príncipe Pío. 1874





Carlos de Haes. Paisaje de montaña (Sierra del Guadarrama). 1872