lunes, 30 de noviembre de 2015

¡Mira ese cuadro! Erastus Salisbury Field

Cuando ví por primera vez este cuadro no podía creer lo que veían mis ojos. Aunque parezca una obra de arquitectura-ficción, sin embargo su autor, Erastus Salisbury Field (Leverett, Massachusetts 1805 - Sunderland, Massachusetts 1900) pintó esta obra llamada "Monumento Histórico de la República Americana" como un diseño de edificio con vistas a la conmemoración del centenario de la Unión en 1876. Si además pretendía que se llegase a construir ya lo ignoro. El edificio está concebido como un memorial, y a tal fin los paneles escultóricos que ornan todas sus torres trazaban un recorrido por los pasajes principales de la historia de los Estados Unidos de América, desde el presidente Washington, fundador del estado, hasta la mucho más reciente guerra civil entre el Sur y el Norte, liderado por el presidente Abraham Lincoln, del que Field era un fervoroso admirador. 

No soy experto en historia de América, por lo que no entraré a comentar las escenas históricas representadas ni su relevancia. Sí creo sin embargo que hubiese sido estupendo que alguien se hubiese propuesto construir de verdad este rarísimo edificio; así Washington, su capital, además de esos fríos edificios neoclásicos imitación del neoclasicismo francés que la caracterizan, contaría entre sus monumentos uno tan singular que no tendría paralelo en ningún otro lugar del mundo. Lástima de esa peste de las administraciones llamada "falta de presupuesto", hoy no hubiese hecho falta que otro visionario, Walt Disney, construyera un Disneyland en Orlando, sino que turistas de todo el mundo peregrinarían a la capital federal para ver este estrafalario Taj Mahal estadounidense, donde la historia de la nación se expondría como una apasionante narración teológica de la lucha entre el Bien y el Mal, lucha que, a través de las penalidades, acaba, cómo no, por llevar al pueblo americano  hacia su Destino Manifiesto, ahí es nada.




Erastus Salisbury Field. Historical Monumentt of the American Republic, 1876-1888. Museum of Fine Arts, Springfield, Massachusetts, The Morgan Wesson Memorial Collection.




lunes, 23 de noviembre de 2015

Ferdinand Hodler, paisajes

Es muy probable que si Ferdinand Hodler (Gurzelen, cantón de Berna 1853 - Ginebra 1918) hubiese nacido y vivido en París, en lugar de en Suiza, su obra hoy sería mucho más conocida y estaría más representada en todos los grandes museos del mundo, pero sin duda no habría pintado los maravillosos paisajes que pintó, para eso era necesario respirar el aire de los valles alpinos, haberse criado frente a esos inmensos macizos montañosos, haberse tumbado en la hierba a la orilla de sus lagos, haber vivido la experiencia de la Naturaleza con el esplendor que sólo tiene en Suiza. 

Hodler es un pintor que tuvo que luchar mucho para abrirse camino y por tanto trabajó otras muchas temáticas para llegar al éxito, así fue un gran decorador e hizo muchos retratos, pero siempre, desde sus inicios, la pintura de paisajes tuvo un lugar relevante en su producción artística. En sus comienzos será un paisaje aún muy influido por Corot y la escuela de Barbizon, a través de su maestro Bathélemy Menn, profesor de la escuela de bellas artes de Ginebra, amigo de Corot y discípulo de Ingres. Éste le introduce también en la obra del gran pintor realista de la época, Courbet, al que el joven Hodler imitará en sus primeros años. Sin embargo el estricto realismo de Courbet pronto deja paso a otras influencias y durante una larga época Hodler va a aproximarse al simbolismo y algunas de sus obras más famosas como "La Noche" se adscriben a esta corriente. 

El período que concluye el siglo XIX y comienza el XX es un hervidero de tendencias e ismos, donde los pintores se acuestan impresionistas y se levantan cubistas, para convertirse al surrealismo a la semana siguiente. Hodler, aunque viaja por Europa y participa en las grandes exposiciones en Paris, Zurich, Munich, Berlín o Viena, consigue sin embargo ir filtrando las influencias diversas y su obra transcurre y evoluciona dentro de una gran coherencia interna. Durante la parte central de su carrera va a estar muy ocupado pintando grandes murales  para lugares como el Palacio de Bellas Artes de Ginebra, la Universidad de Zurich o el Ayuntamiento de Hannover. 

Será más tarde cuando vuelva al paisaje y para entonces su obra ya habrá absorbido y madurado dentro de sí todas las influencias del medio europeo, el simbolismo, el impresionismo, el japonismo, el expresionismo. Al mismo tiempo su madurez artística le permite ir directo a lo esencial y así, cuando pinta, ya en los últimos años afectado de tuberculosis, la serie de vistas del lago de Ginebra, lo hace con una desnudez y un minimalismo que parecen adelantar la obra de un Rothko, los cuadros son franjas de color donde la forma está casi ausente en aras de un lirismo cada vez más afín a lo que él llamaba la "sustancia de la naturaleza". El paisaje ha sido despojado de todo dato anecdótico, de todo elemento no significativo y ha sido estilizado, sublimado para extraer esa sustancia que lo conduce a las puertas mismas de las abstracción, si bien, como Moisés al llegar a la tierra prometida, se detuvo en el mismo umbral. 

Un gran pintor y amigo, Manolo Mas, me decía que el pintor suele avanzar con los años en el sentido de ir quitando, de ir simplificando, este es un camino en el que muchos se extravían, o al que ni siquiera llegan. Hodler sin embargo avanzó por esta vía de un modo resuelto y admirable, produciendo en las primeras décadas del siglo XX algunos de los más bellos paisajes que la pintura europea haya concebido jamás.






 Ferdinand Hodler. Les Dents du Midi en las nubes, 1917.





Ferdinand Hodler. Tarde de niebla en el lago Thun, 1908.





 Ferdinand Hodler. Eiger, Monch y Jungfrau en el claro de luna, 1908.





Ferdinand Hodler. El gran Muveran, 1911.





 Ferdinand Hodler. Les Dents du Midi, 1912.





 Ferdinand Hodler.  El Jungfrau sobre un mar de niebla, 1908.





  Ferdinand Hodler. Lago de Ginebra y Saboya.





  Ferdinand Hodler. Lago de Ginebra y los Alpes de Saboya





Ferdinand Hodler. Lago de Ginebra visto desde Chexbres, 1911





 Ferdinand Hodler. Lago de Ginebra desde Chexbres al atardecer, 1895.





 Ferdinand Hodler. Lago de Ginebra, 1914.





Ferdinand Hodler. Atardecer en el lago de Ginebra visto desde Caux, 1917.






 Ferdinand Hodler. Cara de roca del Jungfrau, 1911.





 Ferdinand Hodler. Jungfrau y Silverhorn visto desde Murren





Ferdinand Hodler.  Macizo del Jungfrau y Swartzmonch, 1911.





Ferdinand Hodler.   Eiger, Monch y Jungfrau sobre la niebla, 1908.





Ferdinand Hodler.  Lago de Ginebra y Mont Blanc con nubes rosas, 1916.





Ferdinand Hodler.  Lago de Ginebra con el Mont Blanc.





 Ferdinand Hodler. Lago de Ginebra y el Mont Blanc en la Aurora, 1918.





Ferdinand Hodler. Vistas al lago de Ginebra, 1915.





 Ferdinand Hodler. Puesta de sol en el lago de Ginebra.





Ferdinand Hodler. Lago de Ginebra con el Jura, 1908.



martes, 17 de noviembre de 2015

Sofonisba Anguissola, una mujer a contracorriente

Me gustan las historias que acaban bien, me gusta la gente que consigue salirse con la suya, no a costa de los demás, sino gracias a su habilidad, a su ingenio o a su arte. Esta es una de esas historias, una historia de arte para pintar y arte para vivir, su protagonista es Sofonisba Anguissola (Cremona ca.1532 - Palermo 1625). Nace en el seno de una familia noble de origen genovés, su padre, Amilcare Anguissola, buscando el varón acabó engendrando seis hijas, noble y excéntrico para aquellos tiempos, educó a las hijas igual que al varón y procuró que todos sus hijos desarrollaran al máximo sus capacidades, así cinco de sus hijas aprenderán a pintar. Una de ellas, Lucía, hubiese quizás eclipsado a nuestra autora de no haber muerto muy joven, otra lo dejó cuando ingresó como monja en un convento y las otras dos cuando se casaron, así pues la única que será pintora es Sofonisba. Aún queda una sexta hermana, Minerva, que se hará escritora y latinista, como su hermano Asdrubale. Explico este detalle porque, incluso entre las familias aristocráticas de la época, no era tan frecuente que los hijos se educaran de esta manera y menos aún las hijas, lo de Don Amilcare era un caso muy singular.

Nuestra futura pintora recibirá lecciones de un pintor cremonés, Bernardino Campi y luego continuará con otro Bernardino, llamado Gatti. El hecho de tener su familia recursos le posibilitó continuar su formación en Roma, donde recibe, de modo informal, consejos y apoyo por parte de Miguel Angel, quien alaba su talento y seguramente la impulsa a seguir su vocación como pintora. Con todo no resultaba fácil para un miembro de la nobleza dedicarse a una profesión mercenaria como la pintura, que era considerada oficio de menestrales, y menos aún siendo mujer, ya que, que las mujeres de clase baja se ganasen la vida mediante algún oficio tenía su disculpa, pero las mujeres nobles estaban mucho más sometidas a los códigos sociales del honor y del recato, por lo que la vida les ofrecía sólo dos caminos: un matrimonio concertado o el convento. Su padre debía quererla mucho para apoyar su vocación sin forzarla al matrimonio.

Sofonisba frecuenta los ambientes artísticos italianos y va a ser en una estancia en Milán donde conozca al Duque de Alba, entonces gobernador de la ciudad en nombre del rey de España. Pinta un retrato del duque y éste, asombrado por su talento (y seguramente también un poco como rareza) la recomienda al rey Felipe II y la envía a Madrid. En ese momento el rey se acaba de casar con la mujer que se había prometido a su hijo Don Carlos, Isabel de Valois, de la que está profundamente enamorado. Apreciando las dotes pictóricas, pero también la nobleza de Sofonisba, el rey la nombra dama de honor de la nueva reina, de la que será maestra de dibujo y con la que le unirá una tierna amistad. En esa época pinta muchos retratos de los personajes de la corte, aprendiendo mucho de Alonso Sánchez Coello, el pintor de cámara del rey. Tan estrecha será su identificación que hoy algunos de los cuadros atribuidos a Coello se están reestudiando y algunos de ellos han sido reatribuidos finalmente a Anguissola .

La reina francesa muere de un mal parto y Sofonisba, cuarentona, o sea, incasable ya para los estándares de la época, se queda sin lugar en la corte. El rey, agradecido, le busca una colocación al estilo de aquellos tiempos, un matrimonio ventajoso con un noble de altos vuelos, Don Francisco de Moncada, hijo del Virrey de Sicilia. Así, durante los cinco años que durará el matrimonio, a Sofonisba se la traga la tierra, suponemos que acompañará a su marido y llevará el gobierno de su casa. El caso es que el marido de conveniencia tiene el buen acuerdo de morir pronto: Durante un viaje a Nápoles sufre un asalto de los piratas de Berbería y muere como un héroe dejando viuda, y rica, a nuestra Sofonisba. 

La reciente viuda decide regresar a su Cremona natal con su familia, pero el destino le prepara la sorpresa de su vida: El navío donde embarca desde Sicila hacia Génova es gobernado por un joven y apuesto capitán, Orazio Lomellino, este hombre será el gran amor de su vida en la edad madura. Ambos están muy enamorados y sin hacer caso de las numerosas presiones que van a recibir (ella es mayor que él, bastante, según parece, pero aún peor, él no es noble, ¡es un matrimonio desigual!) se casan y se instalan en Génova. Allí vivirá la pareja todavía bastantes años, hasta que se muden a Palermo, donde fallece en 1625. La última instantánea de su vida nos la aporta Van Dyck, que la visitó allí con noventa y tantos años y salió admirado de su carácter vivo, su buena memoria y su extrema amabilidad. Genio y figura hasta la sepultura.





 Sofonisba Anguissola. Retrato de su hermano y dos hermanas. ca 1555





Sofonisba Anguissola. La partida de ajedrez. 1555. Museo Narodowe, Poznam, Polonia





 Sofonisba Anguissola. Retrato de familia. 1557. Nivaagaard Museum, Dinamarca





 Sofonisba Anguissola. Retrato de la reina Isabel de Valois. Museo Nacional del Prado, Madrid





Sofonisba Anguissola. Retrato de la reina Ana de Austria. Museo Nacional del Prado, Madrid





Sofonisba Anguissola. Retrato del rey Felipe II. Museo Nacional del Prado, Madrid





Sofonisba Anguissola. La dama del armiño. ca 1610. Pollock House, Glasgow, UK.





Sofonisba Anguissola. Retrato de joven dama de perfil. 1565.





 Sofonisba Anguissola. Retrato de Elena Anguissola. Pinacoteca de Brera, Milán





Sofonisba Anguissola. Retrato de Giulio Clovio. 1556. Colección Eugenio Malgeri, Roma





Sofonisba Anguissola. Retrato de pareja desconocida. National Trust. Attingham Park





Sofonisba Anguissola. Autorretrato pintando. 1556. Museo Lancut, Polonia





Sofonisba Anguissola. Autorretrato. 1558. Frits Lug Collection, Paris.




Este completísimo, bien documentado e interesantísimo artículo podrá ilustrar a todos aquellos que quieran saber más de la vida de Sofonisba Anguissola. De verdad muy, muy recomendable:
http://www.homines.com/arte/sofonisba_anguissola/index.htm


jueves, 12 de noviembre de 2015

Caspar David Friedrich, Romanticismo.

Hoy, que hace un día tan otoñal, húmedo, oscuro y desapacible, es un día ideal para hablar de un artista como Caspar David Friedrich (Greifswald, Pomerania 1774 - Dresde, Alemania 1840). Sus paisajes nos llevan  al ocuro mar Báltico, a campos barridos por la nieve, a negros muñones de árboles cubiertos de escarcha, a barcos hundidos en el hielo bajo un cielo de acero, a embozados personajes contemplando la luna llena, a tumbas de cementerios olvidados, a esas tierras del Norte donde nunca sale el sol, a ruinas góticas entrevistas en la niebla. Paisajes que son del alma más que del mundo, aunque su mundo nórdico, invernal, ofrezca esos yermos de frío y silencio, silencio y frío de las noches interminables, de las nevadas interminables, noche del alma, la muerte siempre cerca.

Caspar David Friedrich tuvo temprano contacto con la muerte, su madre muere de viruela cuando él tiene siete años de edad, a los trece muere su hermano pequeño mientras intentaba salvarlo de una caída en un lago helado, a los diecisiete lo hace su hermana de tifus, estas experiencias conformarán un carácter triste e inestable, agobiado a partes iguales por la angustia de la culpa y por el presentimiento de la finitud.

El autor se formó en un ambiente provinciano y estrictamente protestante, crece en un mundo de estrechos horizontes. Afortunadamente a los veinticuatro años se establece en Dresde, donde entabla contacto con miembros destacados del romanticismo alemán. Hombre idealista de pensamiento ilustrado y  liberal, como Goethe y tantos otros, saluda a Napoleón como al liberador de la tiranía feudal. La derrota de éste devolverá a las monarquías europeas al poder tras el Congreso de Viena en una Europa resentida, reaccionaria y represora. Sus juveniles sueños de progreso humano se desvanecen, debe enfrentarse a la censura, al tiempo que el romanticismo que él encarna pasa de moda y su pintura es olvidada, aunque sigue conservando algunos importantes admiradores como el Zar Nicolas de Rusia. Con todo sus últimos tiempos son de penuria económica y depresión. 

Tras su muerte un largo olvido y silencio eclipsará su obra. Apenas una corriente subterránea lo sigue reivindicando como padre, así Böcklin, los simbolistas o el surrealismo. En los años 30 Hitler lo vuelve a consagrar como seña de identidad del arte alemán, flaco favor que habrá de pagar hasta que a partir de los años 70 una serie de exposiciones lo vuelvan a colocar en el lugar que merece ya sin mixtificaciones.

No sabría juzgar, no me atrevo, si Friedrich es un gran pintor o tan sólo un pintor menor, quizás técnicamente no se le pueda comparar con los otros dos grandes  paisajistas contemporáneos, Turner y Constable. Me quedo sin embargo con unas cuantas imágenes que pertenecen ya a mi imaginario personal y, creo, al imaginario universal: Ese barco hundido en un terrible mar de hielo, el caminante sobre un mar de nubes, la pareja misteriosa que contempla el claro de luna junto a un árbol fantasmal, el frío de una mañanita de Pascua o ese monje junto al mar, el retrato más acabado de la soledad que se haya pintado jamás.





Caspar David Friedrich. El mar de hielo. 1823-1824. Kunsthalle, Hamburg





 Caspar David Friedrich. El caminante sobre el mar de nubes. 1818. Kunsthalle, Hamburg





 Caspar David Friedrich. Acantilados blancos de Rügen.1818. Oskar Reinhart Collection, Winterthur





Caspar David Friedrich. Mañana de Pascua. 1833. Museo Thyssen Bornemisza, Madrid





 Caspar David Friedrich. Ruinas de Eldena. 1825. Alte Nationalgalerie, Berlin





Caspar David Friedrich. Abadía en un bosque de robles. 1808-1810. Schloss Charlottenburg, Berlin





 Caspar David Friedrich. Cementerio en el claustro bajo la nieve (Ilustración). 1810.





 Caspar David Friedrich. Cementerio bajo la nieve. 1826. Museum der bildenden Künste, Leipzig





Caspar David Friedrich. Campo arado. 1830. Kunsthalle, Hamburg





Caspar David Friedrich. Hombre y mujer contemplando la luna. 1824. Nationalgalerie, Berlin





 Caspar David Friedrich. Contemplando la luna junto al mar. 1821. Hermitage Museum, San Petersburgo





 Caspar David Friedrich. Paisaje de Invierno. 1811. National Gallery, London





Caspar David Friedrich. Monje a la orilla del mar. 1809. Nationalgalerie, Berlin





Caspar David Friedrich. Mujer en la escalera. 1825. Pommersches Landesmuseum, Greifswald