jueves, 18 de febrero de 2016

El "Zar del bosque": Iván Shishkin

El sonido sordo y cauteloso del fruto
Que cae del árbol,
En medio de una incesante melodía
Del profundo silencio del bosque...
 

Osip Mandelstam, 1908



A Iván Ivánovich Shishkin [Ива́н Ива́нович Ши́шкин] (Yelábuga 1832 - San Petersburgo 1898) sus compañeros le llamaban cariñosamente "el Zar del bosque", "el roble solitario", "el viejo pino" o "el Titán del bosque ruso"; todos estos apodos nos muestran el asombro y la admiración que su obra causaba entre sus contemporáneos. Nadie, nunca, ni antes ni después, ha pintado los árboles, los bosques, como Iván Shishkin. Es un hecho, ni en Rusia ni en ninguna otra parte del mundo. El amor por esa parte de la naturaleza en particular que son los bosques, los bosques rusos, su estudio y su representación cuidadosa es el dominio de Shishkin, donde reina solo e indiscutido. 

Igual que a Sorolla sus contemporáneos podían verlo en la playa de la Malvarrosa pintando incansable en las horas de más calor, estoicamente cegado por el sol, mientras trataba de capturar los cabrilleos de la espuma del mar sobre la orilla, el brillo especial de la piel mojada de un niño o de la luz sobre los ropajes de las paseantes, o así como Iván Aivazovsky consiguió representar los mil irisados matices de una gigantesca ola,  el pavor del mar embravecido, cuando agua y cielo apenas se distinguen,  el fulgor de la luna sobre un mar en calma, o la agonía de un barco engullido por la tormenta, Shishkin por su parte prefirió la melodía incesante, el profundo silencio del bosque, los plateados abedules de hoja caduca, las norteñas coníferas, los robles milenarios de rugoso tronco. 

Al contemplar los cuadros de Shishkin uno puede casi sentir la brisa que menea los árboles, escuchar el zumbido de los insectos veraniegos en un remanso del arroyo, intuir el brillo de la frágil telaraña delatada por un rayo de sol, oir el sonido del fruto al caer del árbol, o por el contrario estremecerse por la humedad de la niebla, el silencio de la nevada, el suave mecerse de los trigos ya granados, incluso oler el aire limpio tras la lluvia de primavera, los aromas a tierra y verdor,  percibir el repentino fresquito de un viento al atardecer, el tacto rugoso de una corteza de pino, o el irritante canto de la chicharra entre los zarzales.

Uno ve los cuadros de Shishkin y sueña con las ilimitadas estepas rusas, esos campos casi sin presencia humana, los bosques inmensos, las llanuras cuyo fin el ojo no distingue, un paisaje que es más poderoso que el hombre, que los hombres aún no han podido domesticar, apenas han conseguido recientemente explorarlo y cartografiarlo, pero aún no lo han colonizado del todo. Rusia, el país más extenso del planeta y el más desierto, y por eso mismo, el más bello. Shishkin, un apasionado de su tierra rusa nos pone todo eso ante los ojos, nos mete todo eso en el alma, su obra es un mensaje que debe ser escuchado, los bosques son la vida de la Tierra, los bosques nos permiten, todavía, respirar ¿Por cuánto tiempo? Ama la vida, ama los bosques.


A los interesados por la vida y obra de Iván Shishkin les dejo este vínculo a una maravillosa página que les dará toda la información que deben saber sobre este grandísimo artista ruso, auténtica gloria y orgullo nacional: http://russiapedia.rt.com/prominent-russians/art/ivan-shishkin/


 


 Iván Ivanovich Shishkin.  Mañana en un bosque de pinos, 1889.





 Iván Ivanovich Shishkin.  Lluvia en un bosque de encinas, 1891.





  Iván Ivanovich Shishkin. Bosque de pinos, 1895.





 Iván Ivanovich Shishkin.  Bosque de pinos





 Iván Ivanovich Shishkin.  El claro del bosque, 1896.





 Iván Ivanovich Shishkin.  Arboleda de mástil, 1898.





 Iván Ivanovich Shishkin.  Cementerio del bosque, 1893.





  Iván Ivanovich Shishkin. Bosque en Otoño, 1876.





 Iván Ivanovich Shishkin.  Invierno, 1890.
  




 Iván Ivanovich Shishkin.  Campo de trigo, 1878.





  Iván Ivanovich Shishkin. Mediodía, suburbios de Moscú, Bratsevo, 1866.





  Iván Ivanovich Shishkin. En el salvaje Norte, 1891.






  Iván Ivanovich Shishkin. Arroyo por la ladera de un bosque, 1880.





  Iván Ivanovich Shishkin. La corteza en el tronco seco, 1890.





  Iván Ivanovich Shishkin. Paisaje de verano con abedul





 Iván Ivanovich Shishkin. Camino de montaña, Crimea, 1879.





  Iván Ivanovich Shishkin.  Arroyo en el bosque.





 Iván Ivanovich Shishkin.  Tres raíces.





  Iván Ivanovich Shishkin. Amanita, 1879.





  Iván Ivanovich Shishkin. Flores en la cerca, 1880.





 
 Iván Ivanovich Shishkin. Los horizontes del bosque, 1884.





2 comentarios:

  1. ¡Impresionante! Sobresaliente representación lírica de las estaciones en una camaleónica naturaleza que, en alguna ocasión - como en la mágicamente atrayente del primer cuadro - ve acrecentada su vitalidad mediante el movimiento de sus inquilinos más revoltosos. Una auténtica invitación a soñar con la arcilla del realismo. Entrada insuperable, superman.

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    1. Como bien dices la obra de Shishkin significa para mí una invitación a soñar, soñar con toda esa naturaleza que yo nunca veré en persona, que es posible que ni siquiera exista ya (incluso en Rusia se han industrializado y urbanizado), pero que paradójicamente necesitamos porque es una especie de patria perdida, de lugar originario, un jardín del Edén al que no podemos renunciar.

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