martes, 8 de marzo de 2016

Una mujer (muy) trabajadora: Rosa Bonheur

Hoy, que se conmemora el día de la mujer trabajadora, me gustaría rendir homenaje a una mujer trabajadora del arte, una mujer libre, independiente y fuerte que hizo su propio camino y consiguió un notable éxito artístico en un tiempo en que no era nada habitual encontrar mujeres, ni libres, ni independientes, ni artistas.

Rosa Bonheur (1822 - 1899) fue en muchos aspectos una mujer a contracorriente, una excéntrica, un bicho raro, tanto para su tiempo como para nuestros contemporáneos, que le han pagado con el olvido. Esta hija de pintor no quiso seguir los estudios "femeninos", según se entendía entonces, de corte y confección, pero no pudo seguir los estudios normales de Bellas Artes (los alumnos se ejercitaban en la pintura del natural con modelos masculinos desnudos y en la época no se hubiese entendido que una mujer pudiera asistir a semejantes clases), de modo que tuvo que aprender en el taller de su padre, copiando las pinturas de los maestros en el museo del Louvre, o bien pintando paisajes y animales del natural en el campo, cosa que sin duda contribuyó a despertar su vocación por la pintura de animales. 

Tuvo al menos la suerte de haberse criado en un ambiente de ideas progresistas: su padre fue un devoto socialista, un saintsimoniano, esta familia socialista estaba especialmente concernida por la igualdad entre hombres y mujeres y por la abolición de las distinciones sociales, así su padre alentó su independencia y su temprano feminismo. Rosa Bonheur vivió desde joven abiertamente su homosexualidad, conviviendo primero con su compañera Nathalie Micas, desde 1856, y  después con la joven artista norteamericana Anna Klumpke a partir de 1889

Nuestra autora cultivó una cierta imagen andrógina por su vestimenta masculina (llevaba pantalones), su hábito de fumar puros y sus modales francos y un tanto rudos para lo socialmente considerado conveniente para el sexo femenino en el siglo XIX. No obstante esta anécdota que mencionan cuantos trataron a Rosa Bonheur, todos coinciden sin embargo en su carácter afable, su bondad y su simpatía, lo que la hará una artista muy famosa y querida en su tiempo y con amistades en muy diferentes  círculos sociales, así, republicana y socialista, recibirá en su casa a personajes como la emperatriz Eugenia de Montijo.

Su obra encuentra un nicho en el mercado del arte entre aquella burguesía que deseaba retratar a sus mascotas o entre aquellos que desean tener una imagen exótica de los animales africanos, como leones, tigres y otros especímenes salvajes (aún no se habían inventado los documentales de la 2), incluso entre un cierto público que conserva una cierta nostalgia de lo rural y sus tareas, el mundo bucólico de ovejitas, caballos, mulas y vaquitas pastando en bellos y mansos paisajes verdes. 

Lo valioso y auténtico, a mi modo de ver, de la obra de Bonheur es su consideración del sujeto animal al mismo nivel y con la misma seriedad con que un pintor de retratos considera a su sujetos humanos. Quizás en esta consideración le influyeron las ideas de Georges Sand y Felicité Robert de Lamennais, quien pensaba que todo ser vivo, también los animales, tenía un alma, son los antecedentes del movimiento animalista, sea como fuere, lo cierto es que Rosa Bonheur dota a sus perros, terneros, burros, leones o caballos de la misma alma que a cualquier sujeto humano, la pintora capta en la mirada del animal su cansancio, orgullo, curiosidad, fidelidad o cariño. Hoy que estamos  más acostumbrados a atribuir toda esta gama de sentimientos también a nuestros animales de compañía y que nos conmovemos por los sufrimientos de un toro o de un animal maltratado, estamos en mejores condiciones que los contemporáneos de Rosa Bonheur para comprender su arte y su simpatía por nuestros hermanos los animales.






























































































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