jueves, 5 de mayo de 2016

Viajar para ver: La Anunciación de Claudio Coello

En una de las calles cercanas a la Gran Vía madrileña, en la calle de San Roque, hay un convento antiguo que suele pasar bastante desapercibido a los turistas de visita por la capital. Desde fuera es un edificio no muy llamativo y la calle no es que tenga especiales encantos. Este monasterio, sin embargo, tiene mucha historia, y además bastante truculenta. Lo fundó un personaje un poco oscuro, un trepa diríamos hoy, Don Jerónimo  Villanueva, protonotario de Aragón, fichaje del Conde-Duque de Olivares para el gobierno de la nación, quien resultó ser muy eficiente, tanto en las tareas de gobierno, como en el hispánico afán de allegar riquezas gracias a un hábil uso del cargo. 

Este señor, quizás para lavar su imagen al modo que otros hoy donan dineros a ONGs, fundó un convento de monjas benedictinas con el nombre de San Plácido. Esta pía fundación dio mucho que hablar por varias aventuras un poco, un mucho escabrosas del tal Don Jerónimo y sus jefazos, el Conde-Duque y el propio rey Felipe, quienes parece que usaban el convento más como picadero privado que como oratorio. Sea como fuere, la Inquisición intervino y hubo mucho ruido, que se tapó gracias a las altas influencias del patrono, pero que volvió a arreciar tras la caída en desgracia del Valido Olivares. 

Un comienzo por todo lo alto; pero, si bien la reputación del convento en sus inicios no es que brillara por su santidad, lo que sí que no se escatimó fue en obras de arte y en refinamiento. Así, el propio pintor del rey, Diego Velázquez, pintó su famoso Cristo crucificado para este convento (hoy en el Museo del Prado) y para su altar mayor se buscó a una joven promesa del momento, un pintor que, pese a haber tenido una muerte temprana, fue sin duda el más grande epígono de la escuela madrileña del siglo XVII, Claudio Coello (1642-1693). 

El cuadro de altar de San Plácido fue uno de sus primeros encargos de relieve. Claudio Coello, como Velázquez, llegó a ser pintor de cámara del rey tras la muerte de Juan Carreño de Miranda, siendo el último de una gran estirpe de pintores españoles que hunden sus raíces en Tiziano, Tintoretto, Rubens, Velázquez o Luca Giordano, por citar sólo a los más conocidos, y que proporcionaron al barroco español el esplendor artístico que merecía una gran potencia como era la España de los Austrias. Este autor, en una especie de canto del cisne del barroco nacional, creo uno de los cuadros  más impresionantes, junto con Las Meninas, de toda la pintura española, "El milagro de la sagrada forma", obra que hoy se puede ver en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Poco después de la muerte de Claudio Coello cambia la dinastía y un nuevo rey francés buscará sus pintores en otros lugares y adeptos a otras modas y el gran arte español del XVII quedará en la penumbra de los altares para siempre jamás.

Mi contacto con este cuadro tuvo su gracia porque el horario de visita del convento, sujeto a las rutinas de las monjas, es un poco de pesadilla para cualquier turista. Como tenía muchas ganas de ver la obra pese a todo, conseguí un teléfono y me dijeron a qué horas podía visitarlo. Cuando llegué a la hora convenida me contestó al telefonillo una voz de señora mayor que me dijo que no podía enseñarme el convento porque la hermana no-sé-qué se había ido a visitar a sus pobres y no había nadie que pudiera hacerme de guía, que volviese más tarde. Creo que volví otras dos veces, hasta que finalmente la monja, creo que por lo pesado que me puse, accedió a enseñarme la iglesia, que ha sido recientemente restaurada, como el cuadro de Coello, y luce en todo su esplendor. La hermana estuvo amabilísima durante la visita y quedé muy agradecido por haber podido ver una maravilla inesperada en medio del Madrid más ruidoso, una pequeña isla de silencio y oración, mantenida por las últimas hermanas seguidoras del "ora et labora" de San Benito en el desierto de la gran ciudad.




Claudio Coello. La Anunciación, 1668. Convento de San Plácido, altar mayor. Madrid




Para saber más sobre el convento de San Plácido: http://manuelblasdos.blogspot.com.es/2013/01/iglesia-del-convento-de-san-placido-la.html
Para saber más sobre Claudio Coello: https://es.wikipedia.org/wiki/Claudio_Coello



2 comentarios:

  1. La contemplación en directo de esta ingente obra debe de ser impresionante. Su variado y brillante colorido, dinamismo de las figuras, sutileza de los detalles,...En suma, su admirable barroquismo es un excelente bálsamo para el espíritu. Tomo nota para mi próxima escapada madrileña.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Seguro que te encantará, además lo bueno de ser un lugar casi desconocido es que lo ves tú sola con la hermana que te lo enseña y sientes que estás disfrutando de un lujo de verdad. La pintura es de un tamaño más que considerable y es muy bonita. Madrid sin estas pequeñas joyas sería una ciudad más bien fea, pero ahí están por ejemplo el museo Sorolla,o el Lázaro Galdiano, la iglesia de San Antonio de los alemanes, la de San Marcos, el jardín del "El capricho" en la alameda de Osuna, más unos cuantos etcéteras que para mi gusto la convierten en la número uno (soy parcial, no lo puedo evitar, para mí Madrid siempre será la mejor)

      Eliminar