jueves, 26 de mayo de 2016

Taurinos y antitaurinos: La Tauromaquia de Goya

Andamos los españoles hoy en día enconadamente divididos entorno a la antes llamada Fiesta Nacional, las corridas de toros. Los animalistas y antitaurinos escenifican sus protestas de maneras vistosas a veces, violentas alguna que otra, contra esta fiesta que tildan de bárbara y cruel, abogan por acabar con eso que llaman el maltrato animal. En el bando contrario los taurinos defienden el aspecto artístico y ritual de una fiesta que hunde sus raíces en una muy larga tradición, o bien aducen argumentos económicos, cómo no en estos tiempos, y nos ponen ante los ojos los puestos de trabajo y el montante económico que mueve la fiesta, así como el hecho incontrovertible de que, si se acabaran las corridas de toros, se extinguiría la raza del toro de lidia, ya que nadie gastaría las dehesas para criar un animal tan caro y ocioso. 

Permítaseme no decantarme ni por los unos ni por los otros. Comprendo los argumentos de ambos, me he sentido horrorizado como cualquiera en alguna ocasión viendo una cogida de un torero o una muerte particularmente cruel de algún toro, pero también siento una gran apego por ese cierto tipo de belleza intensa y al mismo tiempo delicada que desprende una buena faena de muleta o unas banderillas bien puestas. No me considero un aficionado a los toros, pero no me parece bien ese afán prohibicionista que aqueja a todo ilustrado español, especialmente si se allega a un puesto de poder. Hágase en buena hora todo el reproche social que se quiera a diversiones que uno en su legítimo derecho podría considerar brutales o incluso vulgares, pero no se limite la libertad de los conciudadanos.

En esta polémica estaba pensando cuando me he ido a dar de bruces con la serie de grabados que Goya publicó en 1816 con el título de la Tauromaquia. Situémonos, Goya está en uno de sus momentos menos boyantes, acaba de librarse a duras penas del proceso de depuración que tuvieron que afrontar, a la vuelta de Fernando VII, los funcionarios que habían sido acusados de colaborar con el régimen francés (siempre se ha acusado a Goya, probablemente con razón, de afrancesado), al mismo tiempo ha caído en desgracia de su cargo de pintor de cámara, siendo sustituído por Vicente López Portaña, más del gusto del rey, los encargos que en otro tiempo le llovían ahora escasean, así que el pintor para intentar sobrevivir y hacer caja produce una gran cantidad de grabados, de esos años son los Desastres de la Guerra, los Caprichos y esta Tauromaquia.

En las series de grabados Goya se acerca a las más altas cotas de expresividad artística, al tiempo que se adelanta a la sensiblidad de su época, su intensidad dramática, su libertad de diseño, su intención satírica o crítica serán un ejemplo para un arte que aún está por nacer. En relación a la serie de la Tauromaquia, creo que hay que tener en cuenta varios hechos contextuales, la previa prohibición por Carlos IV de las corridas de toros en 1805, a raíz de unas muertes sucesivas en las plazas y de una importante campaña de los ilustrados en esa dirección, así como el hecho de pertenecer Goya a esos círculos junto con otras importantes personalidades de la ilustración española como Gaspar Melchor de Jovellanos o su amigo e inspirador, según parece, de esta serie, Juan Agustín Ceán Bermúdez

Si uno mira honradamente los grabados de esta serie debe reconocer que la imagen de la fiesta que muestran no es en absoluto complaciente, en ocasiones es cruel y desconcertante su regodeo en el desorden, la muerte y el aspecto trágico de la fiesta, nada parecido a otras series de grabados de tema taurino, como la que grabó su contemporáneo Antonio Carnicero, mucho más bonita desde el punto de vista del amante de los toros. 

Sin embargo, si tuviera que decir que Goya era él mismo un antitaurino no me atrevería a afirmar tal extremo; las imágenes, al tiempo que violencia e incluso horror, tienen una plasticidad, una belleza, un dinamismo exultante que no hablan tanto de muerte, creo yo, como de vida, vida en un extremo heroico, épico. Su estética en este aspecto, más que a lo bello, se aproxima al concepto de lo sublime que acuñara Kant y que luego se apropiaron los románticos. 

No me cuesta entender a Goya en este aspecto, como a él la fiesta de los toros en ocasiones me repele, pero al mismo tiempo me conmueve de un modo y con una intensidad que no soy capaz de explicar, reconozco que consiste en algo trágico, la muerte de un bello y noble animal, pero es de ese tipo de cosas que nos aterran y al mismo tiempo, y por eso mismo, no podemos de dejar de mirar.



Francisco de Goya y Lucientes. El famoso americano Mariano Ceballos





Francisco de Goya y Lucientes. Plaza partida.





Francisco de Goya y Lucientes. Desgracias acaecidas en el tendido de la plaza de Madrid y muerte el Alcalde de Torrejón. 1815.





Francisco de Goya y Lucientes. Banderillas de fuego





Francisco de Goya y Lucientes. El diestrísimo Estudiante de Falces embozado burla al toro con sus quiebros. 1815





Francisco de Goya y Lucientes. Diversión en España.





Francisco de Goya y Lucientes. El animoso moro Gazul fue el primero que alanceó toros en regla.





Francisco de Goya y Lucientes. Temeridad de Martincho en la plaza de Madrid.





Francisco de Goya y Lucientes. Desjarrete de la canalla con lanzas, medias-lunas, banderillas y otras armas.





Francisco de Goya y Lucientes. Ligereza y atrevimiento de Juanito Arpiñami en la plaza de Madrid.





Francisco de Goya y Lucientes. Caballo derribado por un toro.





Francisco de Goya y Lucientes. Caída de un picador y de su caballo debajo del toro





Francisco de Goya y Lucientes. Bravo toro.





Francisco de Goya y Lucientes.





Francisco de Goya y Lucientes. Pedro Romero mata a un toro parado.





Francisco de Goya y Lucientes. La desgraciada muerte de Pepe Illo en la plaza de Madrid. 1815.


REFERENCIAS:

Para quien desee informarse sobre las circunstancias que rodean la creación de la serie La Tauromaquia de Goya, pueden hacerlo en esta estupenda página de la Calcografía Nacional: http://www.realacademiabellasartessanfernando.com/es/goya/goya-en-la-calcografia-nacional/tauromaquia

Una bellísima entrada en el blog PINTURA MALAGUEÑA DEL SIGLO XIX sobre la relación entre toros y artes plásticas, muy recomendable: El precio de la fiesta

Para tomar postura en la polémica taurinos-antitaurinos:

jueves, 19 de mayo de 2016

10 pinturas que siempre quisiste ver, pero no sabías dónde estaban

...hasta ahora. Estas diez maravillas puedes verlas siempre que quieras en el Museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, un precioso casón situado en pleno centro de Madrid, en la calle de Alcalá, a dos pasos de la Puerta del Sol. A pesar de los tesoros artísticos que contiene y de su situación tan céntrica, o quizás por eso mismo (como es bien sabido no hay mejor manera de ocultar algo que ponerlo lo más a la vista posible) es un lugar bastante desconocido. El museo de la Academia contiene una importantísima colección, fundamentalmente de arte español, pero también de arte italiano y flamenco, de los siglos XVI al XX. 

Sus salas pueden visitarse con total comodidad, ya que esta colección no es tan frecuentada como otras más conocidas del turista vandálico, como el Museo del Prado o el Reina Sofía. Esto es una delicia para el que desea disfrutar del arte con tranquilidad, ya que puede recorrer las salas a su gusto, sin verse molestado por el parloteo de los guías ni ver tapados los cuadros por los grupos de japoneses o de escolares. En este maravilloso entorno disfrutarás de sus obras casi en la intimidad con la sola compañía de los guardas y algún otro relajado visitante. En el vínculo contenido en el nombre del museo podrás ver todo lo que ofrece, yo no voy a contarte más, sólo añadiré que si me pidiesen que dijese cuál es mi museo favorito, sin duda éste es el primero que me viene a la mente. Sea este mi pequeño homenaje en el Día Internacional de los Museos a un lugar en el que he pasado tan buenos ratos.

Estos diez cuadros son sólo una selección muy personal, maniática y todo lo discutible que se quiera, apenas una pequeña muestra de lo que se puede encontrar en este lugar de visita imprescindible, pero, como se dice, para muestra un botón...



 Jusepe Ribera. Ascensión de María Magdalena. 1636





 Antonio de Pereda. El sueño del caballero. 1650





 Giuseppe Arcimboldo. Primavera. 1573





 Luis Paret y Alcázar. La circunspección de Diógenes. 1780





 Anton Raphael Mengs. Retrato de la marquesa de Llano. 1770





 Francisco de Goya y Lucientes. El entierro de la sardina. 1812-19





 Francisco de Goya y Lucientes. La Tirana. 1794





 Francisco de Goya y Lucientes. Autorretrato. 1790-95





 Antonio Muñoz Degrain. El Coloso de Rodas. 1914





Eduardo Chicharro Agüera. Las tentaciones de Buda. 1916-22




lunes, 16 de mayo de 2016

Una vida


Encendiste una cerilla y su llama te cegó
de manera que no pudiste encontrar en la oscuridad lo que buscabas
antes de que la cerilla se consumiese entre tus dedos quemándote
y el dolor te hizo olvidar qué era lo que buscabas.



Henrik Nordbrandt (1945-)                       
Traducción de Francisco J. Uriz                             
 







martes, 10 de mayo de 2016

¡Y yo con estos pelos!: Hyacinthe Rigaud, un catalán en la corte del Rey Sol

Los caballeros en el siglo XVII impusieron la moda de llevar largas y frondosas melenas y esto constituía una señal de hidalguía y elegancia. Así estaban las cosas cuando su majestad Luis XIV de Francia, el Rey Sol, comenzó a quedarse algo despejado de su majestuosa azotea. ¡Cielos! No podía ser, había que hacer algo al respecto. Así fue como se extendió la duradera moda de las pelucas. El rey, igual que llevaba unos zapatos con tacón alto para disimular su corta estatura, comenzó a llevar unos cada vez más frondosos, elevados y tupidos pelucones, que le daban un aspecto de lo más imponente. Era tal su afición a las pelucas que no se las quitaba ni delante de sus ayudas de cámara, no fuera que alguien al ver la calva regia, sintiera menos respeto por su real persona. Su peluquero principal, Monsieur Binette, se convirtió en el dictador de la moda.

En España, unos años más tarde, su nieto Felipe V encarga que se le hagan pelucas y especifica a su proveedor: "Los cabellos de que se han de componer estas pelucas es preciso que sean de caballeros o de señoritas, en esto no debe haber engaño [...] también desea que estos cabellos pertenezcan a personas conocidas, pues dice que podrían ser objeto de sortilegios". Lo de los sortilegios es lo que más preocupado me tiene, además de los consabidos piojos, si te descuidabas te echaban una maldición en la peluca e ibas de cráneo.

Esta era la moda de París y luego de toda la Europa elegante y así es como los ricos y los poderosos quieren ser representados con sus frondosas y molonas guedejas al viento. Es por estos adornos capilares que me ha venido a la cabeza el arte de un retratista que tuvo un inmenso éxito en la Francia del rey sol, un catalán, de Perpiñán para más señas, Hyacinthe Rigaud (Perpignan 1659 - Paris 1743). Este pintor catalán, descendiente de pintores doradores, se forma en sus inicios en Montpellier con Antoine Ranc, antes de viajar a Lyon, donde se familiariza con la gran tradición del retrato representada por Tiziano, Rubens y Van Dyck. En Paris hace una entrada por todo lo alto, en 1682 gana el premio de Roma, que le habilitaba para viajar pensionado a esta capital del arte, pero sigue el astuto consejo del pintor del rey, Le Brun, de quedarse en la corte y estudiar los retratos reales, y no le irá mal. 

Pronto comenzará a recibir infinitud de encargos, Rigaud es probablemente uno de los pintores que ha pintado a más personalidades europeas y que más lienzos ha producido, su catálogo sobrepasa de largo el millar de retratos. Por supuesto esto no lo hizo él solo, sino que trabajó, como era la costumbre, con un amplio taller de ayudantes, aunque las exigencias de calidad en la consecución del parecido con los modelos, de la textura  de los ropajes etc. era muy elevada, dado el destino de estas obras. 

Rigaud ejemplifica como nadie el tipo de retrato cortesano del barroco, ampuloso, dinámico, lisonjero, que proporciona a la clase dirigente de su tiempo la imagen de gloria y poder que ésta deseaba proyectar de sí misma. Como muestra un botón: el retrato del rey Luis XIV "en grand costume", es decir, con el ropón de la coronación. Este retrato debe sortear unos cuantos obstáculos que hacían del rey Luis un hombre poco agraciado, en primer lugar es un hombre mayor, casi sin dentadura, bajito y con una prominente nariz de loro. Rigaud consigue disimular la baja estatura del rey utilizando un punto de vista bajo que nos hace contemplar al rey casi desde el suelo, con lo que parece más alto, su escasez dental se remedia cerrando la boca con gesto entre autoritario y adusto y la nariz con un tres cuartos con el ovalo de la cara, que debía por esa época ser bastante más grueso, enmarcado por la majestuosa peluca. Finalmente, la figura de un hombre mayor, ya no muy gallarda y algo tripona se dismula con los drapeados de armiño y terciopelo y la pose, imitada del retrato de Carlos I de Van Dyck, graciosamente girada. Et voilà! un photoshop perfecto, Luis hecho un chaval, pese a su casi sesenta años, lleno de gloria y majestad, al tiempo que parece casi en trance de iniciar un paso de danza. No es extraño que los monarcas extranjeros hiciesen cola para pasar por la cámara de Monsieur Rigaud.

Debe reconocerse sin embargo que el autor, cuando las exigencias de la dignitas de los retratados le permite ser algo menos adulador y soltar un poco más su pincel, consigue mostrar el gran artista que lleva dentro; así son maravillosos, por ejemplo, los retratos de su madre, María Serra, o los de compañeros artistas o de intelectuales, o los no muy halagüeños de su protector, el banquero Everhard Jabach o de la amante del rey, Madame de Maintenon. Debemos a Rigaud la iconografía de toda una época y el haber sabido representar con el esplendor que exigía aquella edad de oro, la legendaria corte del Rey Sol.




 Hyacinthe Rigaud. Louis XIV en grand costume. 1701. Musée du Louvre, Paris





  Hyacinthe Rigaud. Luis XIV, rey de Francia. 1701. Museo del Prado, Madrid





  Hyacinthe Rigaud. Felipe V, rey de España. 1700. Museo del Prado, Madrid.





  Hyacinthe Rigaud. Louis XV en grand costume. 1727-29. Versailles, Musée National.





  Hyacinthe Rigaud. Louis de France, Duc de Bourgogne.






  Hyacinthe Rigaud. Cardinal Bouillon





  Hyacinthe Rigaud. Cardinal Fleury






 Hyacinthe Rigaud. Retrato de la familia Le Jugue. 1699. National Gallery of Canada, Ottawa.





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de la duquesa María de Nemours. 1705. Musée des Beaux Arts, Lausanne.





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de Madame de Maintenon





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de la duquesa palatina viuda. 1713. Palacio de Versalles





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de María Serra, madre del artista.





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de Gaspard Rigaud, hermano del artista.





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de La Fontaine





  Hyacinthe Rigaud. Retrato del filósofo Bernard le Bovier de Fontenelle.





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de Le Brun y Mignard. Musée du Louvre, Paris.





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de Pierre Vincent Bertin.





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de Everhard Jabach





  Hyacinthe Rigaud. Retrato de paje.





 Hyacinthe Rigaud. Autoportrait au turban. 1698. Perpignan, Museo Hyacinthe Rigaud.



Para saber más de Hyacinthe Rigaud: https://es.wikipedia.org/wiki/Hyacinthe_Rigaud

jueves, 5 de mayo de 2016

Viajar para ver: La Anunciación de Claudio Coello

En una de las calles cercanas a la Gran Vía madrileña, en la calle de San Roque, hay un convento antiguo que suele pasar bastante desapercibido a los turistas de visita por la capital. Desde fuera es un edificio no muy llamativo y la calle no es que tenga especiales encantos. Este monasterio, sin embargo, tiene mucha historia, y además bastante truculenta. Lo fundó un personaje un poco oscuro, un trepa diríamos hoy, Don Jerónimo  Villanueva, protonotario de Aragón, fichaje del Conde-Duque de Olivares para el gobierno de la nación, quien resultó ser muy eficiente, tanto en las tareas de gobierno, como en el hispánico afán de allegar riquezas gracias a un hábil uso del cargo. 

Este señor, quizás para lavar su imagen al modo que otros hoy donan dineros a ONGs, fundó un convento de monjas benedictinas con el nombre de San Plácido. Esta pía fundación dio mucho que hablar por varias aventuras un poco, un mucho escabrosas del tal Don Jerónimo y sus jefazos, el Conde-Duque y el propio rey Felipe, quienes parece que usaban el convento más como picadero privado que como oratorio. Sea como fuere, la Inquisición intervino y hubo mucho ruido, que se tapó gracias a las altas influencias del patrono, pero que volvió a arreciar tras la caída en desgracia del Valido Olivares. 

Un comienzo por todo lo alto; pero, si bien la reputación del convento en sus inicios no es que brillara por su santidad, lo que sí que no se escatimó fue en obras de arte y en refinamiento. Así, el propio pintor del rey, Diego Velázquez, pintó su famoso Cristo crucificado para este convento (hoy en el Museo del Prado) y para su altar mayor se buscó a una joven promesa del momento, un pintor que, pese a haber tenido una muerte temprana, fue sin duda el más grande epígono de la escuela madrileña del siglo XVII, Claudio Coello (1642-1693). 

El cuadro de altar de San Plácido fue uno de sus primeros encargos de relieve. Claudio Coello, como Velázquez, llegó a ser pintor de cámara del rey tras la muerte de Juan Carreño de Miranda, siendo el último de una gran estirpe de pintores españoles que hunden sus raíces en Tiziano, Tintoretto, Rubens, Velázquez o Luca Giordano, por citar sólo a los más conocidos, y que proporcionaron al barroco español el esplendor artístico que merecía una gran potencia como era la España de los Austrias. Este autor, en una especie de canto del cisne del barroco nacional, creo uno de los cuadros  más impresionantes, junto con Las Meninas, de toda la pintura española, "El milagro de la sagrada forma", obra que hoy se puede ver en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Poco después de la muerte de Claudio Coello cambia la dinastía y un nuevo rey francés buscará sus pintores en otros lugares y adeptos a otras modas y el gran arte español del XVII quedará en la penumbra de los altares para siempre jamás.

Mi contacto con este cuadro tuvo su gracia porque el horario de visita del convento, sujeto a las rutinas de las monjas, es un poco de pesadilla para cualquier turista. Como tenía muchas ganas de ver la obra pese a todo, conseguí un teléfono y me dijeron a qué horas podía visitarlo. Cuando llegué a la hora convenida me contestó al telefonillo una voz de señora mayor que me dijo que no podía enseñarme el convento porque la hermana no-sé-qué se había ido a visitar a sus pobres y no había nadie que pudiera hacerme de guía, que volviese más tarde. Creo que volví otras dos veces, hasta que finalmente la monja, creo que por lo pesado que me puse, accedió a enseñarme la iglesia, que ha sido recientemente restaurada, como el cuadro de Coello, y luce en todo su esplendor. La hermana estuvo amabilísima durante la visita y quedé muy agradecido por haber podido ver una maravilla inesperada en medio del Madrid más ruidoso, una pequeña isla de silencio y oración, mantenida por las últimas hermanas seguidoras del "ora et labora" de San Benito en el desierto de la gran ciudad.




Claudio Coello. La Anunciación, 1668. Convento de San Plácido, altar mayor. Madrid




Para saber más sobre el convento de San Plácido: http://manuelblasdos.blogspot.com.es/2013/01/iglesia-del-convento-de-san-placido-la.html
Para saber más sobre Claudio Coello: https://es.wikipedia.org/wiki/Claudio_Coello