lunes, 25 de septiembre de 2017

Isabel Bishop, una mirada femenina

Isabel Bishop (Cincinnaty, 1902 - New York 1988) nace en una acomodada y culta familia de la Costa Este. Su padre es profesor de lenguas clásicas y su madre aspirante a escritora y militante sufragista, un hogar sensible a las inclinaciones artísticas de la joven, quien ya a los doce años acude los fines de semana a clases de dibujo del natural en la John Wickert Art School de Detroit, ciudad a la que la familia se había mudado por aquellos años. 

A los dieciséis años se marcha a Nueva York para seguir con su formación artística, allí comienza estudiando en la New York School for Applied Design for Women, ya que quiere ser ilustradora, mas pronto se pasa a la pintura y prosigue su formación en la Art Students League, donde permanece al menos cuatro años. Allí recibe la influencia de pintores como Guy Pène du Bois o Kenneth Hayes Miller de los que aprende una técnica realista que tiene sus antecedentes cercanos en la pintura realista francesa del XIX, pero que se inspira también en los maestros del barroco holandés.Estas influencias que acabo de mencionar Isabel las profundiza en el curso de sus viajes a Europa, donde entra en contacto con Rembrandt  y la pintura holandesa del XVII o con la obra de Daumier. 

Mujer perteneciente a un ambiente social convencional, en 1934 se casa con un prestigioso neurólogo y ahí podrían haber acabado sepultadas sus ambiciones artísticas. Sin embargo compatibilizará su labor de esposa y madre de familia con su trabajo como pintora, manteniendo su estudio próximo a Union Square y la calle 14 hasta 1984. Esta zona de la ciudad tiene lo que la pintora necesita para su inspiración, es una zona donde puede contemplarse el bullicio de la ciudad, los hombres y mujeres que van y vienen de sus trabajos o que toman algo en los puestos de comida callejeros, una zona concurrida y vibrante que permite a la artista captar esos momentos fugaces. 

Sus pinturas son a menudo instantáneas de escenas entrevistas al paso, gestos cotidianos, como el de la mujer que acaba de pintarse los labios y mira sus dientes por si están manchados del pintalabios, la mirada cruzada de las dos chicas que conversan sobre cualquier cotilleo banal, la pareja dormida que podría ser la del asiento de enfrente en el vagón del metro, la chica que habla confiada con un hombre en una esquina, la que se quita el abrigo al llegar a casa, las dos compañeras que pican algo rápido a mediodía en una pausa del trabajo, la gente que pasea, que está simplemente en la calle, los mendigos, los limpiabotas, el que lee tranquilamente el periódico, todos esos gestos y acciones, movimientos y escenas que de puro cotidianos nos resultan invisibles.

Ese mundo agitado y banal, pero profundamente humano en su discurrir indiferente, casi automático, esa vida cotidiana de la gran ciudad es lo que Isabel Bishop ha querido retratar; fijar lo fugaz, el momento que huye en el mismo momento que quiere desvanecerse ante nuestros ojos. La artista lo atrapa con una pintura precisa y ligera, densa o transparente cuando es preciso, con un tono ambarino que nos recuerda mucho a Rembrandt, pero con un dibujo nervioso y un punto satírico que es más de Daumier.

Se ha puesto a su arte la etiqueta de "arte social". Si es por lo de que pinta a la sociedad pase, pero no detecto una intención crítica o satírica, más bien es una mirada encariñada con el género humano, con el género humano femenino. Sí, la pintura de Isabel Bishop es una mirada femenina. Si alguien me hubiese preguntado si creía que existiera una mirada específicamente femenina en el arte, antes de conocer a esta pintora hubiese negado que tal cosa existiera; la obra de Bishop me ha convencido de que sí existe un modo de mirar femenino que repara en hechos, en acciones, en gestos, que un hombre con toda probabilidad, si los abordara, caso de percibirlos, lo haría de un modo muy diferente. No sabría explicar mucho más esto último que estoy afirmando, para mí es simplemente una evidencia.

Algún crítico enfático ha afirmado que Isabel Bishop es la mejor pintora de América, aunque odio esa clase de competiciones y ránkings, no estoy lejos de pensar que quien lo dijo tenía muchas y buenas razones para hacerlo, les dejo pues disfrutar de su bellísima obra seguro de que me darán la razón.




 Isabel Bishop. Two Girls, 1935.




 Isabel Bishop. Two Gils with a Book, 1938.




 Isabel Bishop. Double Date Delayed, 1948.




 Isabel Bishop. At the Tube.




Isabel Bishop. Two of Us.




   Isabel Bishop. Tidying Up, 1941.




  Isabel Bishop. Laughing Head, 1938.




  Isabel Bishop. Female Head, 1935.




Isabel Bishop. Female Head.




 Isabel Bishop. Nude n. 2, 1958.




  Isabel Bishop. Nude Bending, 1949.




 Isabel Bishop. Nude, 1934.




 Isabel Bishop. Nude.




Isabel Bishop. Alice Neel.




  Isabel Bishop. Encounter, 1940.




  Isabel Bishop. Lunch Counter, 1940.




  Isabel Bishop. Bootblack, 1933-34.




 Isabel Bishop, Fourteenth Street, 1932.




Isabel Bishop. Forgotten Men.




  Isabel Bishop. Union Square, 1931.




Isabel Bishop. Virgil and Dante in Union Square, 1932.



viernes, 15 de septiembre de 2017

Y alaridos de Ninfas en las cumbres

En el libro IV de la Eneida se nos cuentan los amores entre la reina Dido y el héroe Eneas. El troyano Eneas, tras llegar a las costas de Cartago empujado por la tempestad, recibe la hospitalidad de la reina del lugar, Dido. La madre Venus sin embargo no se fía de los pérfidos púnicos y quiere asegurar que su hijo Eneas sea bien acogido haciendo que Dido se enamore de él. Para ello urde una treta: envía a Cupido bajo la apariencia de Julo, hijo de Eneas, para que cuando la reina lo acoja en sus brazos éste le clave su flecha. Todo el libro es el relato de este amor, un amor infortunado, pues Eneas debe seguir su viaje hasta Hesperia por mandato de los dioses, abandonando a su amada.

En este proceso de enamoramiento de Dido hay un momento que marca el punto de no retorno, y por tanto el inicio de la futura tragedia. Tirios y Troyanos parten a una cacería organizada en honor del huésped por los alrededores de Cartago (el libreto de Dido y Eneas de Purcell nos dice que por estos mismos campos había marchado a la caza Acteón, quien, por ver lo que no debiera, cuando fue a cazar, fue transformado en ciervo y acabó siendo cazado por sus propios perros). Así también le sucederá a la reina Dido, que, yendo a cazar, será la que resulte al fin cazada en las redes del destino.

Las partidas de monteros y cazadores están batiendo el monte, ya divisan algunas piezas, cuando de repente el cielo se oscurece y se desata una terrible tormenta. Cada uno se refugia donde puede, Eneas y Dido acaban en una misma cueva, lo que pasa a continuación Virgilio nos lo cuenta con un exquisito arte de la elipsis....



Ilustración del Vergilius Romanus S. V(Cod, Vat. Lat. 3867). Dido y Eneas en la cueva.



Interea magno misceri murmure caelum
incipit, insequitur commixta grandine nimbus,
et Tyrii comites passim et Troiana iuventus
Dardaniusque nepos Veneris diversa per agros
tecta metu petiere; ruunt de montibus amnes.
speluncam Dido dux et Troianus eandem
deveniunt. prima et Tellus et pronuba Iuno
dant signum; fulsere ignes et conscius aether
conubiis summoque ulularunt vertice Nymphae.
ille dies primus leti primusque malorum
causa fuit; neque enim specie famave movetur
nec iam furtivum Dido meditatur amorem:
coniugium vocat, hoc praetexit nomine culpam.

                                              Aeneidos IV, 160-172



Stadhuis Nijmegen, Gobelino en la Burgerzaal. Dido y Eneas en la cueva. S. XVIII


                El cielo en tanto con fragor profundo
           empieza a retumbar, y en pos estalla
           repentino turbión de agua y granizo.
           Todos, Tirios y Teucros, y el dardanio
           nieto de Venus, desbandados huyen,
           buscando cada cual en la campiña
           refugio a su terror. De la montaña
           descienden desgalgados los torrentes.
           Bajo el abrigo de una misma gruta
           juntos penetran Dido y el Troyano.
           Dan la señal la Tierra la primera
           Y la prónuba Juno. Hubo fulmíneos
           brillos del Éter, de la boda cómplice,
           y alaridos de Ninfas en las cumbres.
           ¡Primer día de muerte fue este día,
           causa de todo mal! Ya no se mueve
           Dido ni por su honor ni por su fama
           ni piensa ya en furtivos amoríos;
           habla de matrimonio, y este nombre
           afirma audaz para velar su culpa.

                          Eneida,traducción de Aurelio Espinosa Pólit.



 Gaspard Dughet y Carlo Maratta. Paisaje con Dido y Eneas.


 George Arnald. Paisaje con Dido y Eneas


 Jackob Philipp Hackert. Dido y Eneas en la cueva.




 Gérard de Lairesse. Grabado ilustrando la escena de Dido y Eneas en la cueva. British Museum


  
      Dido y Eneas en la cueva. Ilustración perteneciente al libro De omnibus Veneris Schematibus, grabado sobre dibujos de Agostino Carracci.



viernes, 1 de septiembre de 2017

KITSCH I. El nacimiento de la cosa

¿Qué es el kitsch? ¿De verdad es algo tan malo, tan digno de rechazo? ¿o el rechazo del arte kitsch esconde en el fondo un desprecio elitista del culto, el entendido, hacia el vulgo, la masa? de ser así, y en una sociedad democrática pretendidamente igualitaria ¿Es posible seguir manteniendo esa clase de prejuicios estéticos que sólo esconderían una forma solapada de clasismo? No sé si voy a saber yo responder a todas estas cuestiones, vamos por partes.

En el siglo XIX se producen dos hechos relevantes que cambian la sociedad, y por ello también el arte. En primer lugar la Revolución Francesa inicia un ciclo de revoluciones políticas que provocan una sustitución en las clases dirigentes, donde antes estaba la aristocracia feudal y sus valores, ahora se ha asentado la nueva burguesía que impone unos valores completamente diferentes. En segundo lugar la Revolución Industrial crea las bases para una producción de bienes de consumo en masa. Ambos procesos no cambian a la sociedad de la noche a la mañana, sino que van modificando paulatinamente los modos y hábitos de vida de las personas, hasta crear la llamada sociedad capitalista, que es más o menos la que seguimos teniendo en la actualidad.

En el mundo del arte estos cambios tienen dos consecuencias principales: en primer lugar el nuevo destinatario de la obra de arte ya no es la aristocracia o la Iglesia, sino la nueva burguesía, que reclama otro tipo de arte; en segundo lugar la producción de tipo industrial acaba por alcanzar a las artes y surge un nuevo tipo de objeto de consumo artístico producido en serie, más barato, que abre el arte al público masivo: con la industria nace el arte popular. Géneros como el folletín, el artículo periodístico, la estampa, el affiche, se reclaman como productos al alcance de TODOS con nuevas convenciones e intenciones comunicativas.

En este ambiente artístico, coexistiendo con un arte que se vulgariza, o se democratiza, subsisten las estructuras del "arte culto" que se bifurca en dos caminos cada vez más divergentes: el arte académico oficial de los Salones, y el arte, inicialmente rechazado, de las vanguardias (impresionismo, cubismo, fauvismo, surrealismo, abstracción, etc.). El arte academicista poco a poco irá entrando en vía muerta, para ser poco a poco sustituido por las vanguardias como herederas legítimas del "arte culto".

El kitsch en todo este período es como la hermana pobre de las tendencias del arte oficial, sigue un paso detrás de las modas imperantes (algunos de sus representantes frecuentan incluso los salones, otros flirtean con las vanguardias, sólo lo justo para aggiornar su estilo), pero siempre con un cierto retardo, porque el arte kitsch es un arte comercial -esta es su primera característica a tener en cuenta- y no puede exponerse al rechazo, como las vanguardias, es un arte que no se propone ninguna misión trascendente más allá del éxito comercial. Al mismo tiempo, el arte culto se dirige a unas élites, sean aristócratas o burguesas, con una formación estética que les permite apreciar el producto, el arte kitsch se dirige más bien a las masas, a unas clases medias ineducadas o de educación precaria, que quieren tener un cuadro bonito que colgar en la pared, nada más, y que tienden a ser estéticamente conservadoras.

Un arte como el kitsch que pretenda llegar a TODOS necesariamente obviará el conflicto, la crítica, la fealdad, y se atendrá a una exigencia de representar "lo bonito" sin contrapartidas, es decir, sin drama, sin segundas lecturas, es un arte por tanto superficial y sin mensajes ocultos sólo para entendidos. En esa búsqueda de lo bonito al alcance de todos recurre a los tópicos: niños, flores, chicas, paisajes verdes, cachorritos, lujo, exotismo... es fácil de imaginar. Al mismo tiempo esta producción semiindustrial del arte lleva a la especialización del artista, como veremos en los artistas aquí representados, uno se dedica a los bebés encantadores, otro a las sedas brillantes, otro al orientalismo, otro a los niños con perrito o gatito, y así sucesivamente. El kitsch es el nuevo opio del pueblo, es decir, no pretende plantear debates, dudas o críticas, por el contrario su pretensión es relajar, evadir, calmar; no hay catarsis, sino apaciguamiento y conformismo.

Por no alargar más este rollo, les propongo que vean las muestra de autores que he seleccionado, hay que decir que, en esta selección, como sucede a menudo, son todos los que están, pero no están todos los que son, es decir, hay muchos autores del arte académico del ámbito de los Salones que en su tiempo eran considerados "arte culto" y que hoy los meteríamos gustosos en el kitsch, (véase Meissonier, Bourguereau, o casi toda la pintura historicista o mitológica del momento...), y al mismo tiempo, entre estos pintores del kitsch los hay con indudables valores artísticos genuinos, como Lemaire, Rochegrosse y hasta cierto punto Reggianini, mientras que otros son perpetradores infames o unos cursis como la copa de un pino, que, además, pintan fatal. 

En todo caso, les invito a contemplar esta selección con simpatía, sentido del humor e indulgencia. El paso del tiempo hace que ciertas cosas que a nuestros antepasados les gustaban mucho hoy nos den rubor, pero no de otra forma que, cuando nos vemos en una vieja fotografía, nos vemos vestidos de una guisa que también nos ruboriza o nos hace reírnos de nosotros mismos. Los gustos cambian y "de gustibus non est disputandum". En todo caso sí deberíamos, hoy que vivimos sumergidos hasta el cuello en el kitsch, hacernos mirar esa tentación elitista que tantas veces nos asalta y que también es muy kitsch. Verán obras que les horrorizarán, pero -y esto es lo más inquietante- verán algunas que les fascinarán, ¿Todos tenemos nuestra vena cursi? por supuesto. En todo caso, como dicen los británicos: Relax and enjoy it!





Léon Perrault, francés(1832-1908),  los cupidos más monos del mundo mundial.








Ferdinand Knab, alemán (1834-1902), o el paisajista daltónico.








Pierre Outin, francés (1840-1899), una pin-up del siglo XIX.





Madeleine Lemaire, francesa (1845-1928), la emperatriz de las rosas: lujo y erotismo, dos por uno.





Léon François Comerre, francés (1850-1916), porno blando para caballeros sensibles.








Jan van Beers, belga (1852-1927), hay mamás que tienen delito.





Paul Hermann Wagner, alemán (1852-1937), fantasía para un pederasta.





Arturo Ricci, italiano (1854-1919), el rey del casacón y la peluca empolvada.





Eduardo Léon Garrido, español (1856-1949), quan més sucre, més dolç.








Vittorio Reggianini, italiano (1858-1938), el brillo de las sedas.











Hans Zatzka, austríaco (1859-1945/49?), más, mucho más, o flores a cascoporro.








Georges Antoine Rochegrosse, francés (1859-1938), la dama de Elche más sexy.








Arthur John Elsley, británico (1860-1952), niños y animalitos, una fórmula que nunca falla.








Émile Vernon, francés (1872-1920), pastel, pastelón, no vomites, corazón.