viernes, 1 de septiembre de 2017

KITSCH I. El nacimiento de la cosa

¿Qué es el kitsch? ¿De verdad es algo tan malo, tan digno de rechazo? ¿o el rechazo del arte kitsch esconde en el fondo un desprecio elitista del culto, el entendido, hacia el vulgo, la masa? de ser así, y en una sociedad democrática pretendidamente igualitaria ¿Es posible seguir manteniendo esa clase de prejuicios estéticos que sólo esconderían una forma solapada de clasismo? No sé si voy a saber yo responder a todas estas cuestiones, vamos por partes.

En el siglo XIX se producen dos hechos relevantes que cambian la sociedad, y por ello también el arte. En primer lugar la Revolución Francesa inicia un ciclo de revoluciones políticas que provocan una sustitución en las clases dirigentes, donde antes estaba la aristocracia feudal y sus valores, ahora se ha asentado la nueva burguesía que impone unos valores completamente diferentes. En segundo lugar la Revolución Industrial crea las bases para una producción de bienes de consumo en masa. Ambos procesos no cambian a la sociedad de la noche a la mañana, sino que van modificando paulatinamente los modos y hábitos de vida de las personas, hasta crear la llamada sociedad capitalista, que es más o menos la que seguimos teniendo en la actualidad.

En el mundo del arte estos cambios tienen dos consecuencias principales: en primer lugar el nuevo destinatario de la obra de arte ya no es la aristocracia o la Iglesia, sino la nueva burguesía, que reclama otro tipo de arte; en segundo lugar la producción de tipo industrial acaba por alcanzar a las artes y surge un nuevo tipo de objeto de consumo artístico producido en serie, más barato, que abre el arte al público masivo: con la industria nace el arte popular. Géneros como el folletín, el artículo periodístico, la estampa, el affiche, se reclaman como productos al alcance de TODOS con nuevas convenciones e intenciones comunicativas.

En este ambiente artístico, coexistiendo con un arte que se vulgariza, o se democratiza, subsisten las estructuras del "arte culto" que se bifurca en dos caminos cada vez más divergentes: el arte académico oficial de los Salones, y el arte, inicialmente rechazado, de las vanguardias (impresionismo, cubismo, fauvismo, surrealismo, abstracción, etc.). El arte academicista poco a poco irá entrando en vía muerta, para ser poco a poco sustituido por las vanguardias como herederas legítimas del "arte culto".

El kitsch en todo este período es como la hermana pobre de las tendencias del arte oficial, sigue un paso detrás de las modas imperantes (algunos de sus representantes frecuentan incluso los salones, otros flirtean con las vanguardias, sólo lo justo para aggiornar su estilo), pero siempre con un cierto retardo, porque el arte kitsch es un arte comercial -esta es su primera característica a tener en cuenta- y no puede exponerse al rechazo, como las vanguardias, es un arte que no se propone ninguna misión trascendente más allá del éxito comercial. Al mismo tiempo, el arte culto se dirige a unas élites, sean aristócratas o burguesas, con una formación estética que les permite apreciar el producto, el arte kitsch se dirige más bien a las masas, a unas clases medias ineducadas o de educación precaria, que quieren tener un cuadro bonito que colgar en la pared, nada más, y que tienden a ser estéticamente conservadoras.

Un arte como el kitsch que pretenda llegar a TODOS necesariamente obviará el conflicto, la crítica, la fealdad, y se atendrá a una exigencia de representar "lo bonito" sin contrapartidas, es decir, sin drama, sin segundas lecturas, es un arte por tanto superficial y sin mensajes ocultos sólo para entendidos. En esa búsqueda de lo bonito al alcance de todos recurre a los tópicos: niños, flores, chicas, paisajes verdes, cachorritos, lujo, exotismo... es fácil de imaginar. Al mismo tiempo esta producción semiindustrial del arte lleva a la especialización del artista, como veremos en los artistas aquí representados, uno se dedica a los bebés encantadores, otro a las sedas brillantes, otro al orientalismo, otro a los niños con perrito o gatito, y así sucesivamente. El kitsch es el nuevo opio del pueblo, es decir, no pretende plantear debates, dudas o críticas, por el contrario su pretensión es relajar, evadir, calmar; no hay catarsis, sino apaciguamiento y conformismo.

Por no alargar más este rollo, les propongo que vean las muestra de autores que he seleccionado, hay que decir que, en esta selección, como sucede a menudo, son todos los que están, pero no están todos los que son, es decir, hay muchos autores del arte académico del ámbito de los Salones que en su tiempo eran considerados "arte culto" y que hoy los meteríamos gustosos en el kitsch, (véase Meissonier, Bourguereau, o casi toda la pintura historicista o mitológica del momento...), y al mismo tiempo, entre estos pintores del kitsch los hay con indudables valores artísticos genuinos, como Lemaire, Rochegrosse y hasta cierto punto Reggianini, mientras que otros son perpetradores infames o unos cursis como la copa de un pino, que, además, pintan fatal. 

En todo caso, les invito a contemplar esta selección con simpatía, sentido del humor e indulgencia. El paso del tiempo hace que ciertas cosas que a nuestros antepasados les gustaban mucho hoy nos den rubor, pero no de otra forma que, cuando nos vemos en una vieja fotografía, nos vemos vestidos de una guisa que también nos ruboriza o nos hace reírnos de nosotros mismos. Los gustos cambian y "de gustibus non est disputandum". En todo caso sí deberíamos, hoy que vivimos sumergidos hasta el cuello en el kitsch, hacernos mirar esa tentación elitista que tantas veces nos asalta y que también es muy kitsch. Verán obras que les horrorizarán, pero -y esto es lo más inquietante- verán algunas que les fascinarán, ¿Todos tenemos nuestra vena cursi? por supuesto. En todo caso, como dicen los británicos: Relax and enjoy it!





Léon Perrault, francés(1832-1908),  los cupidos más monos del mundo mundial.








Ferdinand Knab, alemán (1834-1902), o el paisajista daltónico.








Pierre Outin, francés (1840-1899), una pin-up del siglo XIX.





Madeleine Lemaire, francesa (1845-1928), la emperatriz de las rosas: lujo y erotismo, dos por uno.





Léon François Comerre, francés (1850-1916), porno blando para caballeros sensibles.








Jan van Beers, belga (1852-1927), hay mamás que tienen delito.





Paul Hermann Wagner, alemán (1852-1937), fantasía para un pederasta.





Arturo Ricci, italiano (1854-1919), el rey del casacón y la peluca empolvada.





Eduardo Léon Garrido, español (1856-1949), quan més sucre, més dolç.








Vittorio Reggianini, italiano (1858-1938), el brillo de las sedas.











Hans Zatzka, austríaco (1859-1945/49?), más, mucho más, o flores a cascoporro.








Georges Antoine Rochegrosse, francés (1859-1938), la dama de Elche más sexy.








Arthur John Elsley, británico (1860-1952), niños y animalitos, una fórmula que nunca falla.








Émile Vernon, francés (1872-1920), pastel, pastelón, no vomites, corazón.









4 comentarios:

  1. Sorprendente eclecticismo el de esta entrada. Debo de pertenecer al vulgo más vulgar, pues la mayoría de los cuadros me han encantado, y me reconozco incapaz de identificar a esos que, según indicas, "pintan fatal". Eso sí, mi predilección es clarísima hacia los de V. Reggianini. ¿Cómo puede lograrse ese brillo, ese exquisito realismo de los pliegues, esa perfección de los escorzos,...? ¡Qué delicia para la vista!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jejeje, lo que trataba de hacer es reivindicar en cierta medida el arte llamado kitsch. Hoy en día padecemos un grave fetichismo respecto de la obra de arte, del artista, a la vez que vivimos sumergidos hasta el cuello en el kitsch ya que toda nuestra cultura contemporánea se produce de un modo cuasiindustrial por entidades orientadas a la creación de la cultura de masas. Justamente por eso me parece que hay que desdramatizar nuestra relación con el arte y disfrutar de él de una manera más relajada. Todas estas obras nos gustan, a mí también (bueno, quizás todas es mucho decir) porque forman parte de nuestra memoria estética, no son obras maestras, es cierto, pero, como los carteles publicitarios u otras formas de arte más vulgar, han alimentado nuestras retinas desde pequeños y forman parte de lo que se nos ha enseñado como bello.

      Los que decía que no me parecen buenos pintores, bueno, Emile Vernon me parece demasiado cursi, en cuanto a Arthur J. Elesley me parece facilón el truco de niño con perrito, niño con gatito, niño con burrito... y Zatzka desconoce el principio del "menos es más", para él, como para Leon Garrido, "cuanto más, mejor". Sin embargo estoy totalmente de acuerdo contigo en que Reggianini pinta las sedas como nadie las había pintado antes de él, ni siquiera los maestros holandeses. En cuanto a Madeleine Lemaire, si lees algo sobre ella, fue un personaje fascinante que conoció a Proust y mantuvo un animado salón en París donde acudían todos los intelectuales, y Rochegrosse, si bien los cuadros que he puesto aquí probablemente son los más kitsch adrede, tiene mucha producción muy bonita y muy interesante.

      ¿Qué es kitsch? ¿Qué es cursi? y por el contrario ¿Qué es verdaderamente auténtico, genuino, innovador, profundo? los críticos llevan toda la historia del arte intentando definirlo sin éxito, menos voy a intentar definirlo yo, que no soy nadie.

      Eliminar
  2. Pues, para no ser nadie, te explicas como un perfecto ilustrado en la materia. Desconocía ese término porque no soy partidaria de utilizar extranjerismos en nuestro idioma, pero lo que está clarísimo es que tu selección de pinturas no tiene nada que ver con la general banalización de la cultura de los tiempos que corren, en que todo el mundo, experto o profano en la materia, se considera más que capacitado para valorar una obra que, en muchas ocasiones, bien poco tiene de artística. Creo que el arte debe responder a su tiempo, pero aspirar a la perdurabilidad, y para lograr esa condición 'sine qua non' el pintor debe sentir la necesidad de crear, de actuar como profeta al convertir una idea en una bella realidad justamente identificada como tal.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Que tenga mucha labia no quita para que siga siendo nadie, jeje. Lo del concepto del kitsch es una cosa que llevan toda una serie de sesudos intelectuales como Theodor Adorno, Walter Benjamin, a los cuales debo confesar que no he leído (ni ahora mismo tengo intención de), así como Milan Kundera, que sí he leído pero no sus reflexiones a este respecto. Alguien más accesible a nosotros es Umberto Eco que en distintas obras ha reflexionado con bastante lucidez sobre el asunto, yo he leído algunas de estas reflexiones suyas porque en la facultad me tocó leer varias obras suyas, es un señor que no sabes si es más brillante como ensayista o como novelista. Él se ha preocupado por el fenómeno que tú señalas de la banalización de la cultura.

      Yo, si te digo la verdad, creo que la palabra kitsch se usa como adjetivo arrojadizo contra la obra del competidor que nos parece demasiado fácil, demasiado decorativa, siempre desde unas posiciones de pretendida superioridad artística o moral que normalmente no se sustentan sobre otra cosa que sobre las pretensiones de quien hace la afirmación, de manera que es un término que bien podríamos excusarnos de seguir usando, porque no es descriptivo y sólo pretende descalificar sin aportar nada al debate.

      Eliminar