jueves, 26 de enero de 2017

Viaje de invierno: Max Clarenbach

Para quienes vivimos en el extremo Sur de Europa, a orillas del Mediterráneo, el invierno es apenas una pausa, un breve periodo de licencia en que descansamos un poco del permanente calor, el sol nos quema un poco menos de lo habitual y las tardes acaban abruptamente, de manera que como te eches la siesta, te levantas ya de noche. Más allá de esto no suele haber grandes cambios, no es que llueva mucho más que de ordinario, es decir, casi no llueve, nevar es algo que no se conoce, si acaso el cielo suele adoptar una calidad gris acero y el viento, cuando sopla desde la meseta, hace maldecir a los peatones. 

Este año sin embargo, por esas excentricidades del cambio climático, ha hecho un invierno de los que contaremos a nuestros nietos en años venideros: la gripe galopa cual jinete del Apocalipsis, nieva hasta en la playa, llueve como en los tiempos de Noé  y hace un frío de mil demonios. Seguramente por eso es por lo que me ha venido a la cabeza un pintor tan invernal como Clarenbach.

Max Clarenbach (Neuss 1880 - Wittlaer 1952), estudió en la Academia de arte de Düsseldorff, su preferencia por el paisaje le conducirá a conectar con las escuelas de La Haya, Barbizon y con el movimiento impresionista. Junto con otros pintores funda en Düsseldorf el movimiento Sonderbund, que actúa como ariete para introducir en Alemania durante la primera década del siglo XX la nueva percepción del paisaje que venía de la vecina Francia. 

Con todo, y sin querer minimizar estas influencias, yo creo que Clarenbach consigue elaborar un estilo bastante personal; si se observan con un poco de detenimiento sus paisajes invernales, que son los que le han dado más celebridad, y se comparan estos con los paralelos inevitables de un Monet, Pissarro, Sisley o con cualquier otro impresionista francés o americano, o incluso con el paisajismo nórdico (piénsese por ejemplo en Akseli Gallen Kallela o en Eero Jarnefelt) o con los inevitables paisajes nevados de la escuela rusa (Duvovskoy, Savrasov, Levithan, Shishkin, etc), se podrá apreciar inmediatamente la originalidad de Clarenbach. 

Hay en este pintor una renuncia a representar el aspecto glorioso de la nieve, esas blancas superficies soleadas y algodonosas, luminosas extensiones de gélido azul; su contacto con la estación invernal tiene una nota más íntima y menos espectacular: prefiere los días grises, la nieve sucia, que decía Dostoyevski, las zonas pardas de vegetación muerta, los perfiles imprecisos de cuando empieza tímida la primavera y junto a la nieve se ven despuntar retales de hierba aqui y allá. 

No veremos en Clarenbach celajes azules, ni aguas cristalinas, más bien hay una opción estética deliberada por operar con una paleta de color reducida a mínimos: grises que viran hacia el azul o el malva, pero sin dejar de ser grises, blancos apagados, sucios, marrón, o más bien verde amarronado, la nieve amortigua y casi mata el color: ése es el paisaje invernal que quiere mostrarnos, esa carencia, esa nota amortiguada y silente. 

Tiene esta pintura sin embargo una poesía triste y al mismo tiempo muy entrañable, nos habla desde el sosiego de una naturaleza ciertamente no amigable ni risueña, pero tampoco hostil. Los paisajes de Clarenbach transmiten  paz, quietud, un deseo de silencio y ausencia. Si tuviera que comparar el arte de Max Clarenbach con algo diría que se parece a ese canto del mirlo que escuchamos solitario en medio de la noche. Silencio, ausencia, espera, melancolía, eso es el invierno ¿o no?








































































































Como todo melómano sabe, Viaje de invierno es el título de un ciclo de canciones de Franz Schubert. Las pinturas de Max Clarenbach me llevan inevitablemente a acordarme de este ciclo de Schubert. Yo lo había oído en la versión de Dietrich Fischer-Dieskau, que hizo una versión maravillosa de este ciclo, y hasta hoy pensaba que era sin discusión la mejor que se había hecho y que podía llegar a hacerse, hasta que me he topado, es la palabra exacta, con esta versión de Thomas Quasthoff. Oigan Vds. y juzguen por sí mismos, y sobre todo opinen.

Franz Schubert. Der Leiermann, lied perteneciente a la serie Winterreise
Thomas Quasthoff, bajo-barítono, y Daniel Barenboim, piano.


miércoles, 18 de enero de 2017

La sonrisa de Carl Spitzweg


La sonrisa es un arte delicado que no está al alcance de todos los talentos; hay personas intensas que, bien ríen a carcajadas, bien se enfadan terriblemente, bien lloran como niños, pero sin embargo jamás han podido sonreir. Los fanáticos tampoco sonríen nunca, no sólo no sonríen ellos, sino que no toleran que nadie se sonría a su alrededor, ni siquiera para sus adentros, lo consideran una ofensa; para el fanático todo es perfectamente serio: el bien, el mal... Sonreir expresa un distanciamiento irónico que no cabe en su mundo sin matices. 

Quien sonríe, aunque sea para sus adentros, expresa en efecto un distanciamiento, una disidencia, una disidencia burlona, pero en tono delicado y cortés. Quien sonríe no será el tipo de persona que señala con el dedo al diferente, ni el que se burla de las caídas del prójimo, más bien me parece uno de esos tipos que se ha reído ya no poco de sí mismo y que por tanto se atreve a sonreir también ante las torpezas, la ilusiones, los autoengaños, las coqueterías de sus vecinos, pero sobre todo se sonríe, y mucho, de la fatuidad, la prepotencia, los humos o la intolerancia de algunos.

La sonrisa es algo así como una crítica en ciernes, una que no se atreve a ser pronunciada por pura delicadeza, por educación, o simplemente por la caritativa consideración de que, al fin y al cabo, todos somos más o menos ridículos, según se mire, y no tenemos que tomarnos nada demasiado en serio, especialmente no tenemos que tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio. 

Por eso siempre he pensado que una sociedad civilizada siempre sería aquella en la que más y mejor sonriésemos, o sea, justo lo contrario de lo que vivimos en la actualidad, donde cada quisque tiene sus intocables, vocifera sus verdades no pedidas y nos acribilla con acerbas críticas si nos hemos atrevido a sonreir, aunque sea levemente, sobre alguna de sus creencias sagradas. Pobre de ti si haces broma de cualquier colectivo de los que tienen la patente de corso de la indignación oficial. Los nuevos inquisidores vendrán en masa a increparte y ponerte en tu lugar, la picota.

Por eso, y no porque crea que sea un pintor magistral (aparte ¿qué es un pintor magistral?) me gusta tanto el bávaro Carl Spitzweg (1808 - 1885). Este pintor encarna en su pintura el buen humor, la sonrisa bienitencionada. La distancia entre Spitzweg y sus contemporáneos se entiende en un segundo si uno se para a comparar el hombre solitario del cuadro de Caspar Friedrich "El caminante sobre un mar de niebla" con los personajes solitarios que tan a menudo aparecen en los cuadros de Spitzweg, mientras el personaje de Friedrich parece abismado en profundos pensamientos o trascendiendo en su comunión con la Naturaleza, los solterones de Spitzweg, cada uno cultivando sus peculiares manías, nos convidan a mirarnos a nosotros mismos y cultivar una sana autoironía.

El humor de Spitzweg apunta en todas direcciones: soldados que vigilan murallas que nadie parece a punto de querer atacar, enamorados líricos y tontorrones, los graciosos, los artistas y sus ínfulas, los solitarios-solterones (probablemente como el autor mismo, cuya larga y burguesa vida deja pocas anécdotas que contar), el clero, al que, frente al aura mística de un Franz Oehme en "La catedral en invierno", en lugar de representarlo rezando o en actitud heroica, nos lo muestra siempre enfrascado en actividades cotidianas y banales.

Sin embargo este humor no es nunca malvado ni pretende ser hiriente, ni tampoco moralista ni aleccionador, es una sátira en tono menor cuyo perfume, como mandan los cánones de la buena educación, casi no se nota. Es captado por las almas inteligentes y avisadas y resbala sobre los duros de mollera y de este modo los esquiva. Que Vds. lo disfruten.



Carl Spitzweg. El poeta pobre, 1839.






 Carl Spitzweg. Miércoles de Ceniza






 Carl Spitzweg. La rata de biblioteca






 Carl Spitzweg. El cazador de mariposas






 Carl Spitzweg. Haciendo punto en el puesto de avanzada.






 Carl Spitzweg. Una visita.






 Carl Spitzweg. El brujo.






 Carl Spitzweg. Monje cocinando.






 Carl Spitzweg. Monjes disputando.






 Carl Spitzweg. Eremita haciendo punto.






 Carl Spitzweg. El amigo de las flores.






 Carl Spitzweg. De guardia.






 Carl Spitzweg. El naturalista.






 Carl Spitzweg. El vendedor de libros.






 Carl Spitzweg. El escritor.






 Carl Spitzweg. El jardinero aficionado.






 Carl Spitzweg. El pintor bajo el paraguas en el bosque.






 Carl Spitzweg.El pintor de paisaje.






 Carl Spitzweg.El cactus.



Gracias a una extraordinaria coincidencia de la que me acaban de informar, Juan Muro, editor del conocido blog de arte El Dibujante acaba de publicar una excelente entrada sobre Carl Spitzweg que merece ser leída, ya que es muy interesante e informativa. He aquí el vínculo:


Del mismo modo Ignacio Viloria en su blog Líneas sobre arte también hbla de la obra de Spitzweg (éste sí que lo había leído). Muy interesante: